Marcela Solís-Quiroga

 

El éxtasis del limbo:
Juan Antonio Rosado como narrador

 

El escritor, en un afán por aprehender cada uno de los instantes de su condición fragmentaria y camaleónica, centra su atención en encontrar esa voz que emerge y se esconde, esa voz que se manifiesta siempre distinta y en diversos registros: su propia voz. Sin embargo, el lector se deja llevar muchas veces por la fascinación de un género o de un autor y tiende a menospreciar lo desconocido. Al conocer un material que nos seduce o impacta, resulta difícil imaginarse a ese mismo autor escribiendo textos distintos a lo que ya conocíamos. Tal pareciera que, muy en el inconsciente y sin sentido alguno, asociáramos el contenido y la forma de un texto con la personalidad del escritor, cuando la realidad puede ser totalmente contraria a este imaginario homogéneo. Un escritor, dada la amplitud de los terrenos de la literatura, puede trabajar y desenvolverse en diversos ámbitos, de acuerdo con su percepción del mundo: el ensayo académico, el ensayo a la Montaigne, la narración breve, la narración de largo aliento, la poesía lírica culta y popular, los géneros híbridos…

Juan Antonio Rosado (México, 1964), a quien siempre se le ha vinculado con la labor del investigador serio, con la figura del ensayista académico –aunque no por ello sin pasión e individualidad alguna–, o con su actividad docente, poco se le ha reconocido como narrador, aunque esto no significa que sus cuentos no tengan valor literario: todo lo contrario. Si bien es cierto que muchos ensayistas y académicos se dejan absorber por completo por el escrutinio racional y la labor casi mecánica del analista, Rosado es una de las pocas y agradables excepciones: es capaz de moverse en varios ámbitos al desarrollarse no sólo como uno de los críticos literarios más serios de nuestros tiempos, sino también como un narrador sólido, en cuyas historias existe una representación de la vida con la complejidad de sus avatares, tantas veces inverosímiles o absurdos.

El primer libro de cuentos de Juan Antonio –y esperamos que no sea el último– se titula Las dulzuras del limbo (Praxis, 2003). Desde la portada, ilustrada con una obra de José Luis Cuevas, podemos advertir que se trata de un libro de confrontaciones, por lo que no nos debe extrañar que, lejos de constituirse en una unidad temática, cobre vida en la diversidad. Podríamos decir que la fuerza de Las dulzuras del limbo se halla en que sigue la tradición de la ruptura a la que aludió Paz para hablar sobre la era moderna. Sin lugar a dudas, los personajes de Rosado son producto de la modernidad y, sobre todo, del ritmo de vida urbana, de ese aliento perdido en la cíclica confusión que, a pesar de sus giros, nunca aparece como la misma. Los temas de los nueve cuentos del libro son también herencia de esa mirada moderna en medio del caos ordenado de una gran urbe: el tedio de vivir en el anonimato de la masa, la prostitución, el amor y el erotismo sentidos desde la piel de la transgresión, la ciencia ficción, la tecnología… y podríamos seguir nombrando variedades temáticas que, a fin de cuentas, se entrelazan en un continuo vital: el cuerpo que irrumpe en otros cuerpos.

Lo corpóreo, lo tangible, resulta fundamental en la prosa de Rosado, en ese universo donde la realidad, las circunstancias, cobran vida propia, una vida que adquiere múltiples dimensiones en cada una de sus contradicciones. Asimismo, la búsqueda de los personajes por llegar al otro se convierte, si no en obsesión, por lo menos en un objetivo. La otredad no sólo debe ser producto de la imaginación, sino que debe encontrar su máxima manifestación en la carne: "yo al menos –dice el protagonista de "Prótesis"– quiero algo más tangible: su cuerpo, que es de cualquier forma, la representación más palpable de lo espiritual. Sin la belleza, el supuesto espíritu no podría mostrarse, quedaría reducido a un concepto, a meras palabras". En este sentido, el cuerpo implica, como apariencia, como lo primero que se nos presenta, una primera condición para acercarse al otro y profundizar en él. No se trata de seguir al pie de la letra el lugar común "cuerpo sano en mente sana", más bien se busca reemplazar el valor de lo sano, por un concepto más amplio y perceptible: el de lo bello.

Por otro lado, en los cuentos de Las dulzuras… no es extraño encontrar interrogantes existenciales abrazadas con el humor y la ironía de lo absurdo. Aunque en cuentos como "Florido Laude" la farsa y lo grotesco llegan al extremo, esto no molesta al lector porque todos los personajes son fieles a su lógica interna y, finalmente, nos hacen percibir con su autenticidad que casi siempre el hombre es caricatura de sí mismo. En "Vuelta de paseo", el protagonista, Arturo, lleva una vida monótona y pretende darle un giro radical a sus circunstancias. En vías de una solución a su tedio –por cierto inesperada–, este personaje "como si los hilos invisibles de un titiritero lo movilizaran, […] ni siquiera alteraba la cantidad de comida ni la cantidad de propina ni la cantidad de pasos que daba hacia lo más cercano del cielo y de la nada." El hecho de que Arturo se nos muestre como marioneta resulta caricaturesco y produce en el lector una mezcla de sensaciones. ¿Cuántas veces en una situación trágica nos hemos echado a reír sarcásticamente? ¿Cuántas veces nos hemos dejado de sentir nosotros mismos? Si no hallamos respuestas a una de estas preguntas en alguno de los cuentos, por lo menos recobraremos con el humor y la intensidad de la prosa de Rosado una parte de vitalidad perdida, tal como le sucedió a Claudia en "Revelación": "Descubrí mis manos llenas de vida y me di cuenta de que las manos inutilizadas y sangrantes representaban mi abulia, mi apatía, mi desgano".

La intensidad se presenta de modo distinto en cada relato: en algunos, la tensión se encuentra en la incertidumbre, en no imaginar lo que sucederá –como ocurre en "Las luces opacas" o en "Destino de átomos"–; en otros, la fuerza del lenguaje y de las atmósferas bien construidas estremece con violencia al lector hasta dejarlo atónito. Tal es el caso de "El nombre en el espejo", cuyo personaje principal es una prostituta de los barrios bajos de la ciudad de México. En este mismo tono, pero en un estilo más llano, podemos mencionar la historia de la joven prostituta de "Higiénica entrega", quien deja de ser, sólo por unos instantes, el simple objeto del deseo de uno de sus clientes más asiduos. No obstante, su condición de puta no la salva del anonimato: "Las putas no tienen rostro" y "hay cosas perfectamente sustituibles y […] los cuerpos son una de ellas".

En los cuentos de corte amoroso y erótico, Juan Antonio Rosado luce sus habilidades narrativas, explota la profundidad sicológica femenina en momentos cruciales que se alejan de lo convencional. Con esto no quiero decir que los cuentos con otras temáticas no sean buenos. Sólo quiero destacar que, por ser el amor y el erotismo temas que se prestan al lugar común, no deja de sorprendernos la maestría con la que son tratadas estas obsesiones; la capacidad de hacernos vivir nuestra realidad extática a partir del éxtasis del otro. Las dulzuras del limbo, tanto el cuento que da título al libro como el libro en su totalidad nos muestran, desde el límite de lo ilimitado, algunas posibilidades con que enfrentamos la incertidumbre que sazona cada día, nos recuerdan que no todo polvo blanco es sal o azúcar, que cada dulzura tiene su violencia. LC

Las dulzuras del limbo, Juan Antonio Rosado, México, Praxis, 2003, 105 pp.


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