Juan Antonio Rosado Zacarías

 

El drama de Calixto

 

…el éxito santifica los medios.
Karlheinz Deschner.

Con la muerte de su padre, poco después de cumplir los dieciocho años, Cayo Carpóforo Valeriano conquistó su herencia y los derechos que sólo adquirían los huérfanos de padre. Esto le proporcionó la libertad que muchos de sus amigos jamás gozaron. Vivió épocas de estudio y despilfarro, llenas de amor a la lectura y al ejercicio. Contrajo matrimonio tres veces y tuvo que sustentar a una considerable cantidad de hijos naturales y adoptivos. Se había cuidado de que la mayoría de sus esclavos le saliera gratis: era vieja su afición por tener más esclavas que esclavos para hacerlas parir al menos una vez por año, de modo que sus sirvientes se multiplicaban cada vez más. Gracias a la venta de cincuenta esclavos, Carpóforo pudo invertir el dinero necesario para fundar un banco cerca del mercado de pescados, con el fin de atraer la atención de los nuevos ricos, sobre todo de los cristianos. Era la época en que buena parte de ellos se había enriquecido mediante el negocio de destruir templos a los dioses y con las ruinas erigir otros a los nuevos santos, con sus inevitables estatuas y profundas, profundas alcancías. Hubo dioses y diosas que se convirtieron en santos de la noche a la mañana.

Un día de febrero, durante la fiesta de las Lupercalias, dedicadas a Pan, ahuyentador de lobos, Carpóforo pagó veinticinco sestercios por una habitación en el burdel de Lica, a espaldas del circo. Nada podía hacer para que sus manos regordetas y el vientre inflado y tenso como un tambor dejaran de notarse. Una ramera de anchas caderas y pechos abombados se despidió con efusividad mientras el viejo, con los ojos aún encendidos por la lujuria, se acomodaba la elegante toga amarilla. El encanecido Carpóforo había adquirido la costumbre de caminar lejos de las puertas por el hábito común de vaciar las bacinicas en la calle desde lo alto de las ventanas. Sin saber a ciencia cierta por qué, un fuerte olor a mierda le hizo recordar sus años de juventud y sus primeros anhelos de especular con dinero ajeno. Fue entonces cuando decidió hablar con un liberto llamado Calixto sobre la posibilidad de atender un banco. Hacía años que Calixto había sido querido del obispo Víctor y muy amigo de la cristiana Marcia, favorita del emperador Comodo, lo que acentuó la confianza del negociante.

Carpóforo necesitaba a un hombre educado en el seno del cristianismo para promover la confianza y la seguridad de su empresa. A pesar de la tolerancia del Imperio en materia religiosa —tolerancia que, en cambio, no existía en el mundo político—, eran los años en que los primeros cristianos falsificaban testimonios y creaban mártires al por mayor. Esta argucia publicitaria incrementaba la riqueza del obispo de Roma y de la secta paulina. No hacía mucho, un obispo había inventado a dos santos en la ciudad de Milán. Carpóforo sabía bien que con las ruinas de un templo dedicado a Baco y destruido por los cristianos, ese obispo les había erigido a ambos santos unos modestos altares con alcancías, de las que obtuvo cuantiosas ganancias. Por ello pensó en Calixto como el hombre más idóneo para dirigir su banco.

El liberto era duro, decidido, capaz de todo. Aún no cumplía los dieciséis años y era ya cabecilla de una banda de asaltantes. Por haber sido liberado a los catorce, siendo esclavo de un noble, se sentía con el privilegio de salir por las noches a violar mujeres de mala fama, hacer estropicios en los mercados y burlarse a grito pelado de los estoicos. Participó en algunos enredos de los que salió beneficiado. Se llegó a rumorar que el incendio de una biblioteca conocida por su enorme cantidad de libros anticristianos fue provocado por Calixto y sus secuaces. En ese tiempo se hizo muy amigo de Carpóforo, miembro de la corte imperial y antecesor del arzobispo Marcinco, con quien tenía negocios ilícitos.

Un día, a la hora en que el sol se ocultaba, los comercios cerraban, la gente se retiraba a sus domicilios, a las tabernas o a los burdeles, el liberto salía del mercado de pescados y mariscos en medio de túnicas y togas de distintos colores para ver a Carpóforo, quien lo esperaba frente a uno de los edificios oficiales cercano a la muralla que rodeaba la ciudad. Cuando Calixto llegó, los dos optaron por caminar en los alrededores de los baños de Labeón, a los que acudía el viejo debido a sus púberes visitantes.

—Calixto, confío en tu educación y en la nobleza de quien fue tu amo. Te he llamado para proponerte que te encargues de una casa de ahorro. Amasaríamos una fortuna a corto plazo.

—Sería para mí un honor colaborar con una empresa de tal calibre —gangueó Calixto con un gesto de triunfo. Sus ojos se tornaron ávidos y brillantes—. ¿Cuándo empezamos?

—Lo antes posible, querido —contestó Carpóforo—. ¿Sabes? Julia, mi esposa, está harta de lucir una imitación de la famosa joya de siete hileras del templo alejandrino de Afrodita. ¡Los caprichos de las mujeres! En Alejandría hay todavía muchos paganos —Carpóforo pronunció esa palabra con un ademán de desprecio—. Mi mujer quiere el collar original, ¡el del mismo templo!

Un carro tirado por caballos interrumpió brevemente la plática. Luego, acariciándose la mejilla con serenidad, continuó Calixto:

—En eso tiene razón. —Su mirada de águila sonreía de modo ambiguo—. Aunque esos ignorantes campesinos creen que las perlas del collar son las mismas que se unieron a la concha de donde nació Afrodita… ¡Por Cristo que me volvería pagano si esas estupideces fueran ciertas!

—Nuestro credo triunfará, mi estimado Calixto. Venceremos a como dé lugar. ¡Cuánto más mártires haya,