Ricardo Bogrand

 

Señas de identidad: tres poetas y una ciudad

 

El Salvador, en la América Central, es uno de los países más pequeños del Continente americano. Con una superficie aproximada de 20 mil kilómetros cuadrados, es también uno de los más poblados. Así como no hay una cifra exacta de su extensión territorial, debido a la falta de definición, hasta el momento, de sus límites con la vecina Honduras,1 tampoco se sabe con exactitud el número de habitantes. Los datos del último censo, levantado en 1992, no son muy confiables. Se habla de una población total que fluctúa entre seis y seis millones y medio de habitantes. Pero esta cifra deja fuera más de dos millones de salvadoreños que han emigrado, especialmente a los Estados Unidos de Norteamérica.

No obstante la pequeñez territorial, existe acuerdo en dividir el territorio en tres zonas. De los catorce departamentos, tres corresponden a la Zona Occidental; siete a la Central y cuatro a la Oriental. Posteriormente, algunas secretarías de Estado, especialmente el Ministerio de Salud Pública, probablemente obedeciendo a razones de carácter administrativo, estableció dentro de la Zona Central la que se ha designado como Zona Paracentral. De las tres zonas geográficas tradicionales, dos tienen un carácter histórico (Occidente y Oriente) y una (Oriente) sería la única que podría considerarse, desde el punto de vista histórico-geográfico, una región.2 En cada una de las tres zonas existe una ciudad importante, que, desde la época colonial, juega el papel de metrópoli regional. La ciudad de San Salvador, además de ser la capital de la República, es la más importante no sólo de la Zona Central, sino del país; San Miguel, en la Zona Oriental, y Santa Ana, para la Occidental.

A Santa Ana, coloquialmente, se le llama la "ciudad morena". Ha sido, desde hace mucho, la puerta de arribo tradicional de los viajeros guatemaltecos, debido a su ubicación a pocos kilómetros de la frontera con Guatemala. Este carácter de ciudad fronteriza, como lo es también la cercana ciudad de Ahuachapán, ha jugado, para bien o para mal, un papel importante: ser vía casi obligada para el comercio entre El Salvador y Guatemala; y el haberse visto más de una vez invadida y ocupada por tropas del vecino país; especialmente en la segunda mitad del siglo XIX, durante las guerras generalmente entre liberales (salvadoreños) y conservadores y a veces también liberales (guatemaltecos).

Santa Ana, ciudad cantada por sus músicos —David Granadino y su conocido vals Bajo el almendro; y por sus poetas—, es la cuna de tres importantes intelectuales: los poetas Serafín Quiteño (1906-1987), Pedro Geoffroy Rivas (1908-1979) y Carlo Antonio Castro (1926). Cada uno, en su momento y en su estilo, ha expresado su amor por la ciudad; por su paisaje, siempre verde y florido; por sus cuidados cafetales y por esa pupila perennemente azul mirando al cielo y reflejando nubes, que es el lago de Coatepeque.3

Gran parte de la literatura y el arte salvadoreños permanece ignorada fuera de las fronteras del país. Sin embargo, las expresiones literarias y artísticas; la creación poética ha estado presente desde la época colonial. Juan Ramón Uriarte habla de una corriente neoclásica que "se inicia con las últimas décadas del coloniaje y concluye con la primera mitad del siglo XIX" (cit. en Gallegos, 1987). Miguel Álvarez Castro (1795-1856) es el primer poeta que registra la historia de la poesía salvadoreña, al mismo tiempo que el primer neoclásico. Este poeta nació en una hacienda cercana a la ciudad de San Miguel; estudió en Guatemala; fue partidario de las ideas y luchas unionistas del general Francisco Morazán, a quien acompañó en más de una ocasión por Centroamérica y Perú. Murió pobre y víctima de la tuberculosis en una hacienda del Departamento de San Miguel (Gallegos, 1987: 33).

Ese desconocimiento de una parte de la literatura y de la poesía salvadoreña en el exterior podría deberse, entre otras causas, a la escasez de casas editoriales y a la deficiente distribución de los pocos libros publicados. Situación agravada en los últimos años por la crisis económica y por los elevados costos que ocasiona el envío de libros al exterior. Aún así, tanto la Dirección de Publicaciones del Ministerio de Educación, como algunas editoriales universitarias, sobre todo UCA Editores de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, desarrollan una modesta labor editorial. Ambas dan prioridad a la publicación de obras sobre ensayo y narrativa; no así a los libros de poesía. La editorial de la Universidad de El Salvador no ha podido recuperarse de la destrucción y saqueo de que fue objeto por parte del ejército y los llamados cuerpos de seguridad pública, al ser bombardeada y ocupadas las instalaciones de la Ciudad Universitaria antes y durante la guerra civil, desde 1980 hasta 1992.

Pero al reanudar el tema de la ciudad de Santa Ana y sus tres poetas, es necesario también volver la mirada a un momento de la historia de la literatura y, en especial, de la poesía salvadoreña. Dentro del proceso evolutivo seguido por la literatura se designa con el término "Vanguardia" a las obras producidas, sobre todo en Europa, en el periodo que se sitúa entre el final de la Primera Guerra Mundial y mediados del siglo XX. Y quizás por lo indiscriminado del término, ha cabido holgadamente dentro del mismo el legado de "ismos" surgidos en el lapso anotado: cubismo, futurismo, dadaísmo, surrealismo, etcétera.

En un reciente como importante trabajo, María José Bustos Fernández (1996), investigadora argentina, sobre la producción vanguardista del también argentino Macedonio Fernández (1874-1952), del colombiano José Félix Fuenmayor (1885-1966) y del mexicano Jaime Torres Bodet (1902-1974), hace las siguientes consideraciones acerca del "vanguardismo":

La palabra "vanguardia" acarrea ciertas connotaciones inmediatas: La metáfora militar que implica cualquier movimiento que tomando una valiente iniciativa adelanta sus pasos hacia una "batalla", el conjunto de movimientos estéticos europeos surgidos después de la Primera Guerra Mundial que se conocen como los "ismos" (futurismo, dadaísmo, expresionismo, ultraísmo etc.), un grupo de artistas que conscientemente y como grupo se enfrenta a la tradición cultural dominante y, en el sentido más lato, cualquier manifestación artística que se opone y desafía una tradición con un gesto "escandaloso", etc. Todas y cada una de estas connotaciones tienen su validez e iluminan el campo de estudio. La dificultad se acrecienta al comprobar la internacionalización del movimiento, lo cual da cuenta de manifestaciones "vanguardistas" surgidas en diferentes contextos políticos, geográficos y sociales. [Szabolcsi, 1972: 4-17, citado en Bustos, 1996: 11-12] El término vanguardia viene a ser, entonces, "el pez enjabonado" de la historia literaria, [Rama, 1982: 20-26, en Bustos, 1996: 12] metáfora con la cual Ángel Rama designó a la novela latinoamericana. Uniendo así la metáfora en ambos conceptos se concluye que "la narrativa latinoamericana de vanguardia" es doblemente un "pez enjabonado" que se resiste a cualquier intento de definición. (Subrayado nuestro).

Las manifestaciones "vanguardistas" europeas, aunque un poco tardíamente, tuvieron eco en América Latina. Aproximadamente desde 1919, en México empezó a tomar forma el Estridentismo. En 1924, Manuel Maples Arce (1900-1981) da a la estampa Andamios interiores y también publica Urbe, poemas interdictos, obra de mayor definición vanguardista; el chileno Vicente Huidobro (1893-1947), que vivía en París, se adhirió a las nuevas corrientes y, en 1925, dio a conocer su Manifiesto en el que establecía las líneas directrices de su tendencia bajo el título de "Creacionismo". No es el caso referir el contenido del Manifiesto, baste con citar expresiones como que se "crea un poema como se siembra un árbol", o, en sus concepciones sobre estética que "El poeta es el hombre que recuerda los sueños seculares que los demás han olvidado". Su obra fundamental de ese momento fue Altazor.

Uno de los pocos estudiosos de la literatura salvadoreña, Juan Felipe Toruño (1958), al plantear las manifestaciones del postmodernismo en El Salvador, lo hace considerando como iniciador de este movimiento al poeta Julio Enrique Ávila (1892-1968). Aunque Ávila pertenece a la generación de 1915, aparece incorporado a la del 20, junto con los poetas Carlos Bustamante y Manuel Andino, quienes fundaron la revista literaria Cenit. Julio Enrique Ávila era conocedor de las innovaciones literarias que se daban en Francia, y comenzó a elaborar una poesía que se apartaba de los moldes de creación comunes en las letras salvadoreñas de ese momento. Podría decirse que con él se daba una poesía de ruptura de los metros tradicionales, aunque conservando el consonante, la rima. Es importante mencionar estas formas iniciales en la poesía de Julio Enrique Ávila porque, años más tarde, entre 1930 y 1945, aparecerán nuevas generaciones de poetas que darán a su creación tímidas formas "vanguardistas".

En la generación que parte de 1930, afirma Toruño (1958: 344), "había dos tendencias: la conservadora y la que viraba hacia el futuro, removiendo las causas y ateniéndose más a éstas que a paramentos". De acuerdo con este autor, no tuvieron entrada en El Salvador las por él denominadas "formas extravagantes y quienes utilizaron diferentes ritmos no se atrevieron a oscurecer completamente los contenidos ni urdir adivinanzas". (Toruño, 1958: 344)

Serafín Quiteño

Aunque Serafín Quiteño, como se dijo, nacido en la ciudad de Santa Ana, elabora una inicial poesía postmodernista y gusta de formas sencillas, más bien tradicionales, que se acercan más a su naturaleza retraída, sentimental, elegíaca, su poesía participa de buena manera de las nuevas corrientes creadoras. Este poeta, prácticamente de un solo libro, Corasón con S (Quiteño, 1941), representa, junto con Pedro Geoffroy Rivas, la más importante expresión de la poesía salvadoreña de 1930. Serafín Quiteño, con tonalidades diferentes, que se acomodan mejor a una temática más bien sentimental, es probable que represente, en cierta manera, la vertiente conservadora a que se refiere Juan Felipe Toruño. Dedicó gran parte de su vida al periodismo, primero en el Diario de Occidente, publicado en su ciudad natal, y posteriormente en El Diario de Hoy, de San Salvador, en cuyas páginas mantuvo por más de quince años una columna, "Ventana de colores", firmada con el seudónimo de Pedro C. Maravilla. En 1955 se celebró en El Salvador el Primer Certamen Nacional de Cultura, y junto con el poeta nicaragüense Alberto Ordóñez Argüello, participó Serafín Quiteño con el libro de poemas Tórrido sueño, que ganó el Segundo Premio y fue publicada en 1957 (Quiteño y Ordóñez, 1957).

La obra de Serafín Quiteño, a pesar de ser más bien modesta, ha dado lugar a comentarios críticos positivos. A los análisis de Toruño y Gallegos Valdés se han unido las autorizadas expresiones de Claudia Lars (1969), la más importante voz de la poesía femenina de El Salvador, para quien Quiteño "en Corasón con S, nos entrega la tierra de Cuscatlán, y con ella a la mujer-amante, a la mujer-esposa, a la mujer-madre... Su provincialismo tiene la fresca gracia de lo auténtico. El paisaje lírico que nos regala es húmedo y verde, o seco y esplendente como ciertos días de nuestro mes de abril."

Si en Corasón con S vuelca Serafín Quiteño poemas donde la ironía y el humor muestran sus señales, a menudo laten en esos versos, desde raíces profundas, el dolor cotidiano y la nostalgia evocada desde los sentimientos más nobles y mas hondos. La obra contiene notables poemas, como "Evocación de la madre":

Atlántida de lágrimas. Paraíso de niños.
Mujer hecha de arrullos y de trinos.
Su voz venía en círculos celestes
empujando mi canto desde antes que naciera.

De harina eran sus manos, de pan tibio
fácil para los huérfanos y para los mendigos.
Eran de cal —de cal blanca de amor, de cal tranquila
pegada sobre el frío de los cuartos de hospicio.

O como el poema titulado "Aquella muchacha de la joyería", en el que el humor y la ironía se ponen de acuerdo, como en el siguiente fragmento:

Aquella muchacha de la joyería
¡que bien estaría
fulgiendo en la clara vitrina del día!
[…]

Las gentes normales:
señores de rango, damas conventuales,
representativos del tanto por ciento
y orgullos enormes como catedrales
(¡glorias de cemento!)
llegan y no saben del deslumbramiento.

En Tórrido sueño, el poemario del que es coautor con el nicaragüense Ordóñez Argüello, vuelve Serafín Quiteño al paisaje familiar del terruño. "Son juegos de color y de luz —expresa Gallegos Valdés (1987: 262)—, persecución de los verdes, tan matizados en el trópico; ambos poetas, conservando su personalidad, han logrado fundir sus modos de ver en una sola mirada, que se pasea por los montes, por el mar, captando como un pintor impresionista los reflejos de la luz y los cambios más sutiles del color en la naturaleza."

Finalmente, del libro Corasón con S, un fragmento del poema "Canto íntimo a Santa Ana (Regreso a la ciudad nativa)":

Ciudad —puerto del alma—,
refugio del cansancio y del olvido.
Manos claras de novia deshojando
dalias en el crepúsculo amarillo.

Ciudad mía en la noche sin clemencia
lámpara familiar de la terneza:
¡qué suave en ti la suavidad del tiempo!
¡Qué suavidad de sombra tu voz queda!

[…]

De tu recuerdo se llenó mi verso
como el campo, de oro atardecido.
Vino el primer amor de tu añoranza
y el último también llegó contigo.

Pedro Geoffroy Rivas

La otra voz importante de la generación de 1930 fue la del poeta Pedro Geoffroy Rivas. Nació en Santa Ana el 16 de septiembre de 1908 y murió en San Salvador, el 10 de noviembre de 1979. En una entrevista, poco tiempo antes de su muerte, Pedro Geoffroy declaró: "Mi primer verso titulado 'La búsqueda' lo escribí cuando aún era un adolescente, en mi tierra natal, Santa Ana. Era estudiante. Dicho verso lo leyó Jacinto Castellanos y lo publicó en el Diario de Santa Ana en noviembre de 1927 y me apenaba cuando por la calle me decían poeta." (Gallegos, 1987: 264)

Luego de un frustrado intento de estudiar la carrera de medicina en la Universidad de El Salvador, en 1931 se marchó a Guatemala y posteriormente a la Ciudad de México. En la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México cursó la carrera de abogado y se recibió en 1937. La situación económica y política de El Salvador, para esas fechas, era sumamente difícil. En enero de 1932, había ocurrido el alzamiento campesino; como consecuencia, en parte, de la crisis de los años 29-30, y en parte como una respuesta por los despojos de que habían sido objeto los campesinos a manos de los hacendados cafetaleros, a fines del siglo XIX. Pedro Geoffroy ya no pudo regresar a El Salvador. Después de la masacre de campesinos, indígenas y mestizos, la recién instaurada dictadura de los trece años del general Maximiliano Hernández Martínez persiguió y reprimió la más leve manifestación en contra de su régimen. Prácticamente en el exilio, Geoffroy Rivas aprovechó su estancia en México para, además de trabajar, continuar su formación académica. A la caída de la dictadura martinista, como consecuencia del alzamiento cívico-militar del 2 de abril de 1944, y de las jornadas de mayo del mismo año, que culminaron con la "huelga general de brazos caídos", Pedro Geoffroy regresó a El Salvador y fundó el periódico La Tribuna, el citado año 1944. Pero la dictadura militar, reafirmada con otro hombre fuerte, el coronel Osmín Aguirre y Salinas, y apoyada por la oligarquía agro-exportadora, se consolidó nuevamente en el poder. De manera reiterada se agudizaron los problemas políticos y el poeta se vio obligado a regresar a México. En la década de 1950 aprovechó para estudiar lingüística en la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Formó parte de la generación de Guillermo Bonfil Batalla, Mercedes Olivera, Leonel Durán, Mario Vázquez Rubalcaba, entre otros. El régimen del coronel José María Lemus decretó una amnistía general, y regresó al país en 1957.

Como Serafín Quiteño, Pedro Geoffroy Rivas inició la creación de su poesía en el ambiente provinciano de Santa Ana. De esa época son los primeros versos dedicados a la novia quinceañera, como aquellos que dicen:

Novia,
te quiero como quiero a mis zapatos viejos.

Porque estás hecha a mi medida,
porque no me estorbas,
porque no me aprietas.

Porque cuando estoy contigo
siento como cuando estoy descalzo.
Por eso te quiero,
novia,
como quiero a mis zapatos viejos.

Si Julio Enrique Ávila, para 1916, había introducido cambios en el hacer literario y sobre todo poético en El Salvador de esa época, sin lograr que variaran ciertos cánones tradicionales, en su trayectoria cambiante, Geoffroy Rivas sí sacrificó la forma, abandonó todo aquello que significara pasado; se alzó contra sistemas, destruyó criterios apergaminados dentro del arte y orientó hacia rumbos renovadores su poesía. Desterró su pasado de señorito hijo de terrateniente y se afilió al alba, a todo lo que significara un avance hacia una nueva sociedad, más justa y más digna del hombre. Su militancia dentro de las filas de la izquierda entró en contradicciones más de una vez; sin embargo, fue con su verso que, dejadas atrás las expresiones sentimentales de su juventud, enfiló hacia la denuncia de una sociedad insensible y ajena al dolor lacerante del pueblo.

Fuera de sus trabajos antropológicos en el campo de la lingüística, Geoffroy Rivas publicó Rumbo, México, 1934; Canciones en el viento, 1936; Solo amor, San Salvador 1963; Yulcuicat, San Salvador, 1965; Los nietos del jaguar, San Salvador, 1977. Algunas muestras de su poesía son los siguientes fragmentos. Del poema "Santa Ana":

Santa Ana:
te agradezco las mañanas
que le diste a mi niñez atónita.

Te agradezco tu cerro y tu barranca
y tus tardes de octubre
llenas de barriletes.

Te agradezco tus parques soñolientos
donde hay pomuncios locos
y almendros de cristal.

Tus calles empedradas
y tus techos de teja,
tus campanarios tristes
y tus largos crepúsculos.

Te agradezco la escuelita aquella
donde había una pila con pecesitos rojos
y un amate con pájaros.

Te agradezco la tristeza que dejaron en mi alma
tus noches cundidas de estrellas y luciérnagas.

Te agradezco el amigo que se llevó la muerte
y la novia morena
que aún llena mi vida.

Y hasta mi primer gran dolor
a ti te lo agradezco
mi Santa Ana.

Pedro Geoffroy escribió en México una colección de poemas que reunió bajo el título de Cuadernos del exilio. En esa colección figura el celebrado poema "Vida, pasión y muerte del antihombre", dividido en cinco partes. De la parte cinco reproducimos el siguiente fragmento:

Vivíamos sobre una base falsa,
cabalgando en el vértice de un asqueroso mundo de mentiras,
trepados en andamios ilusorios,
fabricando castillos en el aire,
inflando vanas pompas de jabón,
desarticulando sueños.

Y mientras,
otros amasaban con sangre nuestro pan,
otros tendían con manos dolorosas nuestro lecho engreído
y sudaban para nosotros la leche que sus hijos no tuvieron nunca.

Ah, mi vida de antes sin mayor objeto
que cantar, cantar, cantar,
como cualquier canario de solterona beata.
Ah, mis veinticinco años tirados a la calle.
Veinticinco años podridos que a nadie le sirvieron de nada.
Pobrecito poeta que era yo, burgués y bueno.
Espermatozoide de abogado con clientela,
oruga de terrateniente con grandes cafetales y millares de esclavos,
embrión de gran señor violador de mengalas y de morenas siervas
[campesinas.

Carlo Antonio Castro

La primera noticia que tuve de Carlo Antonio Castro fue cuando encontré, en 1960, en la vieja biblioteca del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), en las calles de Moneda en la Ciudad de México, algunos de los volúmenes de la serie "Papeles de la Chinantla", producto de una importante investigación etnográfica realizada por Carlo Antonio Castro, en colaboración con el recordado antropólogo Roberto J. Weitlaner, en comunidades indígenas chinantecas. Después, en conversaciones con compañeros y amigos, o maestros y estudiantes de antropología, en las tertulias entre clase y clase en el café Moneda, punto de reunión obligado a pocos pasos del edificio colonial que albergaba entonces a la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), encontré el nombre de Carlo Antonio Castro, con el correr de los años, en más de alguna publicación de la Universidad Veracruzana, especialmente en las páginas de la revista La palabra y el hombre, de cuyo Comité Editorial sigue siendo miembro titular (Bogrand, 2002).

A fines de 1992, con motivo de la conmemoración del V centenario del "Encuentro de dos mundos", como también se le ha designado al llamado descubrimiento de América, nos encontramos con Carlo Antonio Castro en la Universidad Veracruzana. Varios miembros del Colegio Mexicano de Antropólogos y de la Sociedad Mexicana de Antropología viajamos desde la Ciudad de México hasta Xalapa, y junto con los colegas de la UV, organizamos y presentamos un coloquio. Aunque habíamos intercambiado alguna correspondencia y algunos libros, no conocíamos personalmente a Carlo Antonio.

Carlo Antonio Castro Guevara nació el 18 de julio de 1926 también en Santa Ana, El Salvador, como Serafín Quiteño y Pedro Geoffroy Rivas. Se vio obligado a emigrar junto con su padre y el resto de su familia, en 1938, presionados por los conflictivos años de la dictadura martinista. Llegó a la república mexicana el 19 de diciembre de 1938, donde encontraron protección y asilo.

Yo me atrevería a decir que existe no uno ni dos, sino varios Carlo Antonio Castro. El etnólogo y el lingüista; el maestro y el investigador; el narrador y traductor, y también el reconocido poeta. Es muy corta una exposición como ésta para referirme nada más a una de las facetas de Carlo Antonio: la del poeta. Su poesía la encontramos en libros como Íntima fauna (1962), del que ha escrito un importante como detenido análisis V. Antonio Tejeda-Moreno (2000), de igual manera que del resto de la obra de Carlo Antonio Castro. En cambio, de lo muy poco que se ha publicado sobre Carlo Antonio en El Salvador, es Luis Gallegos Valdés (1987) quien dedica, sin mayor análisis, algunos párrafos a Íntima fauna:

Carlo Antonio Castro, aunque su actividad se ha desarrollado en México, ha mantenido vínculos con El Salvador. Íntima fauna (poema, prólogo de Ermilo Abreu Gómez, Universidad Veracruzana, Xalapa, México, 1962), extrae del mundo maya, del silencio maya, el tierno hábitat de sus animalitos como el "tlaquatl cierto animalejo" que dijo Fray Alonso de Molina. Busca las claves vitales de ese mundo, a ras del suelo, de bestezuelas que remueven la maleza tras su alimento, o de aves nocturnas como el búho.

En la edición de abril-junio de 1995 de La palabra y el hombre, Revista de la Universidad Veracruzana, Carlo Antonio Castro publicó "Imagen primigenia"; un extenso poema repartido en catorce sonetos. Se trata de un poema autobiográfico, que arranca desde la niñez santaneca del autor, y, aunque no menciona por su nombre a Santa Ana, sí refiere hazañas infantiles en rincones queridos de la ciudad, como Santa Lucía; parques con sombras de almendros y, sobre todo, algunas personas queridas, como los padres, la abuela, la niñera (la China) quiché venida desde Chichicastenango. Referencias a hechos históricos, como la lucha de Sandino y su "pequeño ejército loco" para echar a los yankees de Nicaragua; la Guerra Civil española, y la masacre de campesinos en Izalco, Juayúa y otras comunidades del Occidente de El Salvador, ordenada por el teósofo ametrallador, el dictador Martínez. Al final, en el soneto número 14, el abandono obligado del país, y el encuentro con el padre en tierra chiapaneca, en el hospitalario y seguro territorio mexicano. Son catorce sonetos creados con maestría, con seguro manejo del arte de la rima. El poeta buscó la forma más difícil de escribir una autobiografía. Me recuerda un poco, aunque en un contexto bastante diferente, el poema autobiográfico de León Felipe, quien escogió la posiblemente más flexible y cómoda vía del verso libre.

Se la puede ubicar geográficamente a la mayor producción literaria y poética de Carlo Antonio Castro, sin mayor análisis, en los estados mexicanos de Chiapas y Veracruz, en donde ha permanecido más tiempo, dedicado a la investigación antropológica. Desde finales de la década de 1950 reside en Xalapa, ciudad capital de Veracruz, dedicado a la investigación y la docencia universitaria. Sin embargo, la nostalgia de la "ciudad morena", Santa Ana, siempre lo ha acompañado, de ello dan testimonio diversas piezas literarias, elaboradas con una fresca prosa poética, que enmarcan pasajes de la vida cotidiana santaneca, sin faltar personajes del barrio y, sobre todo, el reiterado tema familiar de los años de infancia. Aunque, como se anotó, los poemas relacionados con la ciudad natal se han publicado en La palabra y el hombre, también han aparecido en la revista Cultura de El Salvador, cuando era dirigida por Claudia Lars.4

No he hablado de la también excelente narrativa y de otras obras poéticas de Carlo Antonio Castro. En esta ocasión, he tratado de hablar de una morena ciudad salvadoreña y de tres de sus hijos más distinguidos. Espero que mi deseo, por lo menos, se haya acercado al cumplimiento de mi sincera intención. LC

Notas

1 Después del fallo de la Corte Internacional de Justicia de La Haya, de fecha 16 de septiembre de 1992, las fronteras entre El Salvador y Honduras no han sido totalmente demarcadas.

2 A diferencia del resto del país, lo que hoy es la Zona Oriental estuvo habitada, entre otras etnias, por indígenas lencas, cuyos dominios se extendían ampliamente dentro de la actual República de Honduras; y en donde, más que en El Salvador, en que prácticamente desaparecieron, hay una considerable presencia étnica que lucha por sobrevivir. La parte salvadoreña habitada en la época prehispánica por los lencas es conocida también como Provincia de Chaparrastique, separada por el río Lempa del resto del territorio nacional.

3 Topónimo de origen náhuatl: Coatepec.

4 Cultura, una publicación salvadoreña de larga tradición y prestigio, prácticamente ha desaparecido.

Bibliografía

Bogrand, Ricardo (2002), "Derivaciones. Una obra, una vida, un hombre", Tres mil, Suplemento Cultural de CoLatino, San Salvador, Núm. 610, 16-02-2002.
Bustos Fernández, María (1996), Vanguardia y renovación en la narrativa latinoamericana, Madrid, Editorial Pliegos.
Castro, Carlo Antonio (1962), Íntima fauna, Serie "Ficción", Xalapa, Universidad Veracruzana, Núm. 49, [Pról. de Ermilo Abreu Gómez].
Gallegos Valdés, Luis (1987), Panorama de la literatura salvadoreña. Del período precolombino a 1980, San Salvador, Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, UCA Editores.
Lars, Claudia (1969), "Reseña bibliográfica", Cultura, San Salvador, Ministerio de Educación, Núm. 54, octubre-diciembre.
Quiteño, Serafín (1941), Corasón con S, San Salvador.
_____ y Alberto Ordóñez Argüello (1957), Tórrido sueño, San Salvador, Ministerio de Cultura-Departamento Editorial.
Rama, Ángel (1982), "La formación de la novela latinoamericana", en La novela en América Latina. Panorama 1920-1980, Bogotá, Procultura.
Szabolcsi, Miklós (1972), "La 'vanguardia' literaria y artística como fenómeno internacional", Casa de las Américas, La Habana, Vol. XII, Núm. 74, septiembre-octubre pp. 4-17.
Toruño, Juan Felipe (1958), Desarrollo literario de El Salvador, San Salvador, Ministerio de Cultura-Departamento Editorial.


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