Mariano Rodríguez González

 

Tras las marcas del mal

 

Desde las más fatídicas calamidades naturales que han acechado al hombre hasta el espejismo infinito en que se fractura el continuo extravío de la libertad, el mal ha presidido la vida humana. Desde los inocuos espacios del extrovertido cosmos de la vida humana hasta las más aberrantes tendencias interiores que anidan, cual bullicio de estridentes demonios, en el corazón humano, el mal orquesta las multivalentes caras de la expresión espiritual. No es el bien el que domina las redes de los destinos humanos, sino la cadenciosa y bailarina carcajada del mal la que baraja, con sutil movimiento lúdico, las voluptuosidades y deseos que mueven el escenario cotidiano del hombre.

Por ser el hombre un "animal no fijado", tiene posibilidades infinitas que lo ciñen como un ser que está llamado a inventarse a sí mismo de manera continua e indefinida. En este errático proceso, el mal es el precio que ha de pagarse por la libertad. En realidad, el mal es el mismo drama de la libertad humana, pues protagoniza la creatividad y renovación de los horizontes, las fracturas inéditas de la temporalidad, las grietas que erosionan el tiempo y fertilizan la febril tensión entre caos y cosmos, tiempo y eternidad, vida y muerte, luz y sombra.

La conciencia es una abertura abismal en el tiempo que se desploma en una caída que no logra tocar fondo, pues su indefinición prolonga sus límites de manera ilimitada, de ahí que se entrega sin más, cual gato en el aire, a una espontaneidad creadora que se sumerge en un laberinto de fuerzas y tensiones, los cuales hacen del gran escenario de la vida un cruel devorar y ser devorado, al regenerar con exuberante fertilidad el abismo de un sepulcro eternamente abierto y al contemplar el cuerpo todo de la naturaleza como un monstruo que devora y rumia eternamente continuos dolores de parto. El hombre es un animal del abismo, y la afirmación de su ser nace de la lucha, y su grandeza brota del poder de su voluntad, la cual deja pasar a través de él la fuerza de las energías en circulación, el fluido de intensidades y movimientos convulsivos de la voluntad que fertilizan el pavoroso desierto del espacio vacío sobre el que irrumpe la libertad.

El papel que juega el mal en este trágico escenario es el de fertilizante que acelera el energético dinamismo de la vida, porque, después de todo, el mal activa las fuerzas más poderosas de destrucción y de creación, de acción y reacción, de unión y disolución, de corrupción y seducción. Mientras el bien limita, exige, resuelve para mantener y conservar en una armonía ideal la masa informe de lo real, el mal, en cambio, incita, excita y se desborda en lo ilimitado; promueve y disuelve, en una promiscua comunión, las pulsiones vitales de los seres que, una vez abrazados en lasciva pasión, habrán de desgarrarse en el desesperado anhelo de sacrificio, la destrucción mutua y la autodestrucción. Sin embargo, aunque parezca que la destrucción total señala el fin del mal, en realidad es su inicio, ya que nada de lo existente puede permanecer en el ser si no logra su renovación: su regeneración periódica, que no puede ser posible sin el poder de la disolución y de la aniquilación.

La destrucción no equivale a la nada, ni a la anulación total, pues tiene el poder soberano de ejercer una limpia, una purga, un exorcismo de las perversas fuerzas de la decadencia y de las pantanosas vacuidades en que el ser se corrompe por el estancamiento y en un aparente estado de bien-estar. De ahí que se deba superar el imaginario, sobre todo religioso, que sustantiva y personifica al mal, pues éste no es un ser, un ente o una sustancia negativa que con sus perversas maquinaciones viene a romper la armonía de la creación. El mal es un proceso y un resultado del dinamismo relacional de fuerzas en continua autoafirmación. El bien sería una armonía estéril, hueca y descarnada sin el empuje vital del mal: el bien es el límite que confiere proporción, armonía y equilibrio a las cosas; el mal es la fuerza de transgresión de dicho límite que le da a la armonía dinamismo, fuerza y vida, y evita que se momifique en su inerte perfección. Gracias al mal el universo tiene soplo vital. El mal es transgresión porque es el momento del proceso en que la vida rompe sus propios límites para ser tal y permanecer incesantemente nueva.

En Fausto, de Goethe, hay un ejemplo paradigmático de la simpatía y colaboración que tiene el Maligno con Dios debido a que el mal es parte del plan divino:

Entre todos los espíritus negadores,
es el Maligno quien menos me molesta.
La actividad del hombre se relaja con demasiada facilidad,
enseguida se complace en el reposo absoluto;
por este motivo me ha complacido darle este compañero
quien le aguijonea y estimula y, como diablo que es, debe trabajar" (Eliade, 1962: 98)

Dios y el Diablo tienen una especie de simpatía y hasta de hermandad, pues se corresponden en la acción de crear, conducir y ordenar el mundo humano. Además, no puede estar demasiado tiempo el uno sin el otro, ya que cuando el cielo se cierra y los arcángeles desaparecen, como se dice en el Fausto, Mefistófeles queda solo, y reconoce que, de vez en cuando, satisface al "Viejo", quien llega a extrañarlo: "Mefistófeles estimula la actividad humana. Para Goethe, el mal lo mismo que el error, son productivos. 'Si no cometes errores, no obtendrás la comprensión', dice Mefistófeles a Homunculus (v. 7847). 'La contradicción nos hace productivos', confiaba Goethe… y una de sus máximas 'a veces no comprendemos cómo un error es capaz de movernos y de incitarnos a la acción con la misma fuerza que lo haría una verdad'. O, más claramente todavía: 'la naturaleza no se preocupa de los errores; los repara en ella misma sin preocuparse de lo que pueda salir de todo aquello'" (Eliade, 1962: 99).

El mal, lo mismo que el error, son productivos. Desde este ángulo, el mal no es lo que han concebido las odiseas optimistas de la metafísica tradicional de Occidente: el mal como un "no ser", una nada o una falta de ser, pues en esta concepción que viene desde Platón, el mal no participa del ser; es decir, el mal no tiene entidad positiva, es más bien disminución o privación del ser. El mal es el "No".

Al condenar al Mal a errar sin rumbo y eternamente por las tierras inhóspitas del no ser y del no bien, esta concepción degeneró en la desacreditación judeocristiana del cuerpo, de la materia y, en general, en la desacralización del mundo y en su desarraigo, como la noche profunda y oscura del espíritu contemporáneo, lo cual se resume técnicamente en la palabra nihilismo.

Este afán de exiliar al mal a los infernales avatares de lo adverso y a las irreverentes regiones del "no", es también un afán de exorcizar la obscena positividad del mal, posición que conserva y protege la inmaculada unidad del bien, y alivia la conciencia de la imposibilidad de contaminarse de la presencia obscena y repelente al haber un velo de separación con lo demoniaco.

Por otra parte, el mal es en realidad una fuerza creadora de ser; es una potencia positiva y existente cuya raíz debe hallarse en el carácter dislocado, pero siempre constituido en el ser en tanto que siendo. Así, el mal, como un elemento necesario para que el ser sea, debe ser considerado una fuerza positiva que espolea de manera incesante la vida, para que ésta se supere a sí misma. El mal es la raíz del bien. Del mal —de la transgresión culpable— surge lo que realmente tiene derecho a ser considerado. Esta inevitabilidad del mal como la correspondiente positiva de lo que es bueno y óptimo (el bien) exige superar la concepción de un dualismo excluyente y una conciencia más vigilante y piadosa, que no humille ni desacredite parcialmente la exuberancia de lo vital, y, en cambio, afirme la eterna regeneración de lo que se afirma terrenalmente como ser. Asimismo, no se puede dejar de pecar si no es como resultado de acumular las más profundas culpas: hay que renunciar a la sacralidad terrena de nuestro mundano habitar. Y ante la inevitabilidad del maligno acicate que nos estimula a regenerarnos en el bien con su látigo delirante, es mejor hacer el mal que ser malo.

El mal es el delirio mismo de la vida que se desborda en embriagante afirmación y exaltación, y envía su veneno delirante con penetrante silencio desde la raíz más secreta hasta la copa más enardecida y espumeante; en los momentos de mayor candidez y seducción, lo mismo que en la descarada liberación de las fuerzas de la destrucción.

Al ser un proceso, un dinamismo de relación, el mal no tiene cara, ni se reduce a una faceta, pues subyace y se reserva en todo momento de la existencia. El mal es proteico porque nunca deja de tener una relación continua con el bien, tanto como la muerte coexiste con la sustancia misma de la vida. El mal puede revestirse de todas las máscaras posibles del bien, sin que éste pueda hacer lo mismo, porque el mal tiene el carácter lúdico del engaño y de la seducción. El bien tiende hacia la unidad; el mal tiende hacia la promiscuidad y el libertinaje de la diferencia.

Dios es monolítico y unívoco, como la esperanza de los hombres (no sólo en el más allá sino en la elección de pareja o de trabajo o en el cumplimiento de una vocación). El Diablo es plural, impredecible y mudable, como la realidad.

Entre esta expectativa de totalidad cumplida y la perpetua y decepcionante adaptación a los hechos, transcurre el ser humano. Ni siquiera en el amor —instancia acaso suprema de la experiencia (del mal)— lo real consigue coincidir con la materia de los sueños, porque la otredad del ser amado difiere siempre e inevitablemente (un gesto, un rasgo de carácter, una palabra inesperada) de lo que esperamos. Esta frustración perpetua, la distancia insalvable entre lo deseado y lo conseguido está en el origen de la creación de los dioses y de los paraísos: Dios y el Edén son el ser y el lugar que abolirán la búsqueda insaciable, la contradicción y el desencanto, la lucha interminable contra la adversidad.

El mal es abrasivo. Es como el fuego. Se sabe que no se puede estar en él, pero por su poder magnético se deja uno consumir y quemar, pues es irresistible, subyugante. El mal no es un impulso o una pulsión, pues estaría limitado, esquematizado y restringido, sino que, más bien, genera y provoca impulsos, porque es una tentación constante; más todavía, una tentación divina que desata fuerzas incontrolables para la voluntad porque son fuerzas demoniacas que arrastran hacia el delirio y la exaltación. Por eso sucumbimos ante él: es seducción. Al mal le gusta cubrirse con la bondad, porque el mal es un juego, por su irrenunciable estigma, con la muerte.

El mal no nace del bien; es el bien el que nace del mal. No podemos anticiparnos a que haya bien para que el mal sea reconocido; al contrario: el bien es reconocido cuando el mal es la evidencia primaria. El sentido del bien está en el mal. La terrible zozobra en que nos deja la contemplación del abismo de la maldad humana nos hace tener ojos para reconocer el bien, y no a la inversa. En el bien se generan muchos males; en cambio, del mal sólo se genera un bien, el mejor. Porque el bien es como una incubadora fértil cuya pulcritud y pureza propicia fácilmente el caos; pero cuando hay un mal terrible por su dureza y crueldad, lo que de él salga tendrá que ser, aunque uno, el bien más excelso, fuerte y engrandecido.

La verdadera vida comienza en el mal, no en el bien, pues éste es sólo respuesta, resultado, reacción, quizá artificio para protegerse de la arrolladora fuerza del mal. El bien es efecto del mal, tal como el arcoiris no es un fenómeno primario, sino el resultado de un juego de fuerzas e intercambios originales. Antes que ser un fin en sí mismo, el bien es una reacción ante el mal, pese a que se le vea como un velo de protección y un subterfugio ante la acechanza del mal, pues el primer movimiento estratégico ante la prepotencia de lo real es buscar refugio a pesar de la condición originaria de apertura en que se constituye el espíritu. El bien es la isla firme que se halla gracias a los continuos y desesperados intentos de retirada ante los embates de las oleadas del mal insondable. De hecho, el primer móvil que tiene quien se reviste de bondad es el de mantenerse en reserva y a distancia los enervantes llamados y clamores de las oscuras fuerzas del mal que lo habitan, y no tanto provocar las del otro, como las de sí mismo a fin de evitar los puntos de fuga por los que puedan escapar y liberarse las indómitas fuerzas del mal. Uno es "bueno" por sospecha, alarma o previsión. La bondad nace de la prudencia, que no es más que una virtud militante, en tanto estrategia de defensa.

En consecuencia, Dios y el Diablo representan dos fuerzas o principios opuestos pero complementarios; dos maneras insustituibles de llenar nuestro vacío; dos motores que alimentan la sospecha de inmortalidad o la implacable rigidez del tiempo. No se trata, por tanto, de elegir entre uno y otro, sino de reconocer y asimilar ambos en nosotros, ya que nada ni nadie más que nosotros (los únicos que somos y no simplemente estamos, en este pequeño planeta de este secundario sistema, que navega atado a una sola galaxia) somos, en verdad, su campo de batalla.

La rebeldía del Diablo, su acuciante individualidad y su apuesta por el caos generador de renovados estímulos no se llevan bien con el orden impuesto por el miedo, ni con la sumisión y la uniformidad que los pastores exigen del rebaño. Por ello se le ignora y se le menosprecia, y una larga campaña de desprestigio lo ha convertido en un fantoche apto sólo para asustar a los necios y, peor aún, lo ha dejado en manos de las ridículas y patéticas sectas satánicas, que con sus misas negras y otras caricaturas rituales no hacen otra cosa que llevar agua al molino de los poderosos.

Los más astutos e inteligentes no olvidan ni perdonan la ofensa del peligroso Diablo en el comienzo de los tiempos: apartar a los seres humanos de la monotonía absorta que les proponía la inmortalidad del Paraíso, para sumergirlos en la vida imprevisible, en la precariedad apasionada y en el inagotable laberinto por el que discurre el pensamiento. LC

Bibliografía

Eliade, Mircea (1962), Mefistófeles y el Andrógino, España, Punto Omega.


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