Inocente Peñaloza García

 

José María Bustillos. Poeta del Instituto Científico y Literario

 


En el muro de honor del edificio de Rectoría de la Universidad Autónoma del Estado de México hay una placa de bronce en la que puede leerse la siguiente inscripción:

A la memoria del poeta
José María Bustillos, catedrático del antiguo Instituto
Científico y Literario. Nació en Tacubaya, D.F. el 6 de
septiembre de 1866.

Murió en Toluca el 20 de junio de 1899.
Patrimonio Cultural, 1977.

Bustillos, autor de un solo libro —que fue publicado después de su muerte— fue catedrático del Instituto a partir de 1898 y ocupó simultáneamente el puesto de director de la Biblioteca Pública Central del Estado de México, instalada en un edificio de la Plaza de los Mártires de Toluca.

Poeta y bohemio

Surgido a la poesía en plena época modernista, el poeta Bustillos, miembro de conocida familia de farmacéuticos de la ciudad de México, fue discípulo de Ignacio Manuel Altamirano en la Escuela Nacional Preparatoria y frecuentó los círculos literarios de aquel tiempo, en los que se relacionó con los mejores poetas.

De Bustillos se cuenta que estuvo ligado sentimentalmente con Margarita de la Peña, hermana de Rosario de la Peña, anfitriona de tertulias literarias y musa trágica de Manuel Acuña.

Así, la primera parte de la vida del poeta transcurrió en el ambiente bohemio de la capital del país y algunos de sus versos aparecieron en la Revista Azul —periódico literario del maestro Altamirano— en el Siglo XIX y en otros periódicos capitalinos.

El bibliófilo Gonzalo Pérez Gómez —biógrafo de Bustillos— señala dos poemas sueltos de aquella época: Las rocas del lago y La gruta de Cicalco, ambos de tipo descriptivo e inspirados en las antiguas culturas de la meseta central de México.

Las inquietudes culturales del poeta lo llevaron a pertenecer al Liceo Mexicano, sociedad literaria donde alternó con escritores como Ángel del Campo Micrós, Luis G. Urbina, Balbino Dávalos, Antonio de la Peña y otros.

Protegido de Villada

Hacia finales del siglo XIX, José María Bustillos tuvo oportunidad de conocer al gobernador del Estado de México, general José Vicente Villada, quien lo invitó a vivir en Toluca y a trabajar en el Instituto y en la biblioteca pública.

En Toluca, cultivó amistad con Juan B. Garza, Felipe Villarello y Francisco Modesto de Olaguíbel, poeta modernista que acababa de publicar su libro de versos Oro y negro, motivo de encendida polémica con el maestro Andrés Molina Enríquez, enemigo jurado del modernismo.

Como la tarea de catedrático de Bustillos se extendió a la Escuela Normal para Profesores, tuvo oportunidad de conocer a la poetisa Laura Méndez de Cuenca, quien fue maestra y directora de la institución.

Muerte en la biblioteca

La vida del poeta Bustillos se extinguió rápidamente cuando fungía como director de la biblioteca pública, a consecuencia de un problema gástrico que no pudo ser controlado y que provocó su muerte prematura —tenía sólo 33 años— en el edificio de la biblioteca.

Su cuerpo fue sepultado en el panteón general de Toluca. En 1974, cuando se inauguró la Rotonda de los hombres Ilustres, los restos de Bustillos no fueron trasladados —como sucedió con los de Garza, Villarello, Venegas y Cuenca— debido a que no era originario del Estado de México.

A manera de homenaje póstumo, el Gobierno del Estado de México reunió los poemas de Bustillos y los publicó en un volumen con el título de: Versos (1884-1898) y con el pie de imprenta de la Escuela de Artes y Oficios, edición de 1890. En 1979, el propio gobierno patrocinó una edición facsimilar.

Aunque su vida literaria estuvo ligada a poetas modernistas y perteneció al grupo de colaboradores de la Revista Azul, órgano oficial del modernismo junto con la Revista Moderna de Amado Nervo, Bustillos no entra plenamente a la estética de esa corriente entonces en boga, sino que se mantiene anclado en la escuela anterior, que expresaba efluvios románticos en formas clásicas, a la cual pertenecieron Ignacio Manuel Altamirano y su maestro Ignacio Ramírez El Nigromante.

En aquel tiempo, el maestro Altamirano, desde las páginas de El Renacimiento, proponía que la literatura buscara las raíces de lo nacional, para proyectarlo a lo universal, y contribuyera a fortalecer la educación del pueblo.
A esa corriente pertenece la obra de José María Bustillos.

"Coleccionista de recuerdos"

El historiador Alfonso Sánchez Arteche publicó en la revista La Colmena (2003) unos apuntes debido a la pluma del maestro institutense José Remedios Colón, acerca de maestros y compañeros suyos, apuntes que fueron publicados por el cronista Ramón Pérez ("RAPE") en su sección dominical del diario El Sol de Toluca en el año 1952.

De esa colección de recuerdos, entresacamos el que se refiere a José María Bustillos, que apareció el 24 de febrero:

José María Bustillos. Una mañana, mientras leía El Imparcial, que traía la noticia del incendio de un cajón de ropa en Toluca, se me acercó un caballero de mediana estatura, y tocándome la espalda me saludó y me condujo a su despacho. Era el poeta José María Bustillos, pulcramente vestido, de facciones delicadas, de mirada dura y de semblante noble que revelaba desde luego una finísima educación. Apenas habíamos tomado asiento, cuando llegó el señor José Sánchez Correa, corresponsal que había transmitido la noticia del incendio, que él mismo leyó en voz alta, y cuando concluyó, el culto poeta hizo una crítica tan atinada y correcta del párrafo reporteril, que me hizo comprender dos cosas: que era de pluma brillante y hablaba con positiva corrección. Correa se retiró "tostado". Desde entonces, sin que esto indique de mi parte ser una autoridad en la materia, lo estimé y más todavía, cuando por indicación suya tomábamos los alimentos en una modernísima (sic) fonda (…) situada en el costado poniente del Mercado Antiguo. En medio de la clase más humilde nos sentábamos a comer y me decía que le llenaba de angustia ver que la clase desheredada careciera de pan y abrigo y sabe Dios cuántos años pasarían antes de salir de la ignorancia. Por las noches, lo acompañaba una o dos horas en la Biblioteca y ahí me recitaba con gran sentimiento y amor sus composiciones. Alguna vez se me anudó la garganta cuando recitó la conocida poesía "El carpintero". Porque despertó en mí el recuerdo de mi pobreza. El amable poeta ocupaba un departamento anexo a la biblioteca y sólo tenía como muebles los más indispensables para él, ya que no tenía arrestos de orgullo, pues se notaba muy resignado con su modestísima situación, no obstante contar con el afecto sin límites y protección del señor general José Vicente Villada. Además del empleo de director de la biblioteca, tenía a su cargo la cátedra de recitación en el Instituto y en la Escuela Normal para Profesoras, era muy querido y respetado. Sin aspavientos entraba a la clase, saludaba con fineza a los educandos y después leía composiciones suyas o de otros autores en medio de la expectación de sus alumnos, quienes lo aplaudían con gran calor. (El Sol de Toluca, 24-02-52). LC


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