Juan Antonio
Rosado Zacarías

 

El miedo lejano

 

En su adolescencia jamás imaginó que el amor pudiera convertirse en necesidad, y ahora, a sus casi veintiún años, padecía de la acaso irremediable tensión entre esa necedad de rehusarse a no amar y a no ser amado y el vacío de la ausencia. Ese día, en la azotea de su casa, con la absorbente oscuridad y el viento frío de la madrugada, Enrique sintió que poco a poco su realidad se consumía. Al percatarse de su temblor corporal, que por momentos parecía cuartear las fibras bajo la piel para hacerle sentir en los huesos un quebrantamiento que chocaba con los nervios, experimentó presiones intensas desde el interior hacia las costillas y desde las costillas hacia el interior, con relativa rapidez… Como si un paraguas se abriera y se cerrara dentro de mi pecho, encajándome sus picos en las costillas, queriendo salir de mí… Un ansia muscular le impulsó a coger un pedazo de papel higiénico, sonarse, abrirlo y embarrar los mocos en la cerradura del cuarto de servicio. Con pasos atolondrados, se dirigió nuevamente al borde de la azotea. Desde allí contempló el pequeño jardín que tanto cuidaba su madre cuando vivía.

Enrique sintió el imperante deseo de caminar por las calles. Apenas ayer su novia Alejandra lo había mandado a la chingada y le costaba conciliar el sueño. Vio su reloj. Casi las seis de la mañana de un común y corriente 19 de septiembre. Bajó de la azotea y se encaminó hacia la calle. El viento frío le removía un poco su rizado cabello rubio y le congelaba la nariz, pero eso era lo de menos: otro Enrique deseaba surgir de los escombros en su interior luego de la difícil ruptura. Se puso el chaleco gris que llevaba sostenido debajo del sobaco. Sus grandes ojos verdes se fijaron en la Luna y en la acera poco transitada. "¡Es reconfortante que a estas horas casi no haya personas!"

Recordó los goces sensuales que Ale le había obsequiado durante seis meses; goces intensos, frescos, acompañados por la entrega apasionada y las ideas comunes. El pensamiento sobre su futura vida sentimental (y sexual), sobre el rumbo sin rumbo que seguirían sus emociones, lo colmó de un miedo atroz, inexplicable, que le intentaba quitar el aire y le colocaba el estómago en el pecho y el corazón en el estómago, listo para ser deglutido, digerido y defecado, como los últimos tacos de carnitas que había comido con Ale justamente ayer, antes de la discusión que lo había enviado directo, sin escalas, a la chingada.

Entonces, después de cruzar la ancha avenida e introducirse por una calle desconocida, Enrique halló a una niña en harapos, de no más de doce años, quien lo tomó de la mano y lo condujo a un lugar cercano pero muy contrastante. La miseria, untada como manteca desabrida por todos los rincones, también pululaba en las mentes y los cuerpos de quienes, por sus circunstancias, la habían asumido como normal. Basura. Alcantarillas destapadas que dejaban escapar desagradables hedores. Se respiraba una atmósfera impregnada de sudor, de olor a heces y a pegamento para madera que los niños de siete u ocho años ponían en bolsas de plástico y aspiraban y aspiraban hasta quedar completamente drogados.

Enrique, que conservaba cierta tranquilidad y confianza a pesar de esas crudas imágenes, se dejó llevar sin reparar en los lugares por donde caminaba. Su amarillenta mano derecha con el movimiento de un péndulo integraba sus dedos entre los de la inocente niña sucia y aceptaba la amistad. Eso le impidió sacar del bolsillo de la camisa su cigarrillo favorito, un Delicado sin filtro, para darle profundas bocanadas mientras hacía de turista por los barrios bajos.

De repente, Enrique vislumbró dos pequeños edificios, con tres pisos cada uno y separados entre sí por un angosto callejón. La niña apretó la mano del joven y lo condujo por esa estrecha callejuela, que al final formaba otra. La estructura de ambas, vista desde la azotea de uno de los edificios, tenía la forma de una T mayúscula. Apenas estaba amaneciendo. Poco a poco se distinguía la naciente luz del alba.

Al llegar al fondo del callejón, niña y hombre caminaron hacia la derecha hasta topar con una reja, que debía abrirse para acceder a una puerta de madera amatista, medio podrida. La pequeña sacó una llave, abrió la reja, que rechinó con fuerza, y luego la puerta. Entraron a un cuartucho descuidado. Sobre una cama de aluminio reposaba una señora que parecía madrota de una casa de citas. Enrique sintió una erección.

—Hola —su cara era inexpresiva. Algunas heridas sin cicatrizar le cubrían la mejilla izquierda.

—¿Qué tal? —Enrique soltó la mano de la niña para acercarse sonriente a la jovial dama. En tanto se aproximaba al lecho, la mujer se recargaba contra el respaldo y le abría los brazos, como diciéndole "soy tuya, sólo tuya". Un beso largo se infiltró en sus sensaciones. Enrique se recostó junto a la mujer. La niña veía —los párpados entrecerrados y una sonrisa menuda— cómo la señora se subía la falda y conducía la mano de él hacia su vulva. El rubio empezó a masturbarla con el dedo índice. Sin embargo, al cabo de unos instantes, ella se inquietó. Parecía que recordaba algo molesto, muy desagradable. Se separó rápido del individuo y gritó con fuerza, en medio de lentas y continuas convulsiones que, al aumentar la brusquedad de sus movimientos, hicieron brincar a Enrique fuera de la cama…

—¿Pero qué le sucede?

Sin aviso, dos señoras aparecieron por una puerta; otra, que semejaba a una Venus paleolítica, salió del baño. Entre las tres lo acorralaron. Las dos primeras (una flaca con voz gallinácea y otra de aspecto simpático y tonto) lo desvistieron. Luego, la flaca lo sostuvo fuertemente, mientras otra que acababa de entrar lo amordazaba con cinta canela y le amarraba las manos con una cuerda. Dejaron a Enrique en calzoncillos.

—Ra, ra… —escuchó el joven.

La mujer, sobre la cama, los observaba con ojos saltones cuyas capas vidriosas reflejaban la luz del foco que colgaba del techo. Se cubría boca y nariz con una mano; con la otra se acariciaba el clítoris, con movimientos cada vez más intensos. Sobre el güero, quien inútilmente trataba de balbucear, la humillación derramaba sus tentáculos de carne humana, demasiado humana, tan humana como la traición de la niña, a quien llegó a considerar la única amiga en su soledad mañanera. ¡Quién lo hubiera pensado: una niña! ¡Qué decepción!

Las señoras encerraron a la pequeña en el baño para no darle mal ejemplo y, así, poder esculcar en las ropas de su víctima. Ocultaron todo el dinero en el fondo de una cajita de vidrio opaco. Por todas partes dejaron esparcidas cosas diversas y credenciales. Enseguida, golpearon a Enrique hasta dejarlo casi inconsciente. Le atoraron sus credenciales y las llaves de su casa en el resorte del calzoncillo. Súbitamente, el foco comenzó a agitarse, con tanta violencia que alcanzó a golpear el techo y se rompió. El cuarto quedó en completa oscuridad.

—¡Caray! ¿Qué pasa?

Como si estuvieran dentro del vaso negro de una licuadora, los movimientos telúricos se tornaron cada vez más bruscos. El techo empezó a cuartearse. Se escuchaban gritos por doquier. Polvo y pedazos de cemento cayeron sobre la cama.

—¡Ámonos de aquí! ¡Está temblando, cabronas!

—¡Nichi, sal del baño! ¡Pélale, pélale!

—¡Pélenle todas…!

Enrique se incorporó al sentir el contacto de algo duro y pesado que le cayó cerca del hombro y al mirar cómo las mujeres salían corriendo a toda prisa. Por fortuna no le habían amarrado los pies y pudo rápidamente salir a la callejuela antes de que el techo se desplomara y el edificio se viniera abajo. Ni siquiera recordó que estaba en calzoncillos, con las manos amarradas y una cinta en la boca.

—Mmmm… Mmmm…

Sólo sus oídos y su cuerpo percibían las vibraciones desgarradoras de los múltiples alaridos, de las estructuras que caían con estrépito, del agresivo movimiento terrestre que aún continuaba y parecía eterno. Enrique se vio envuelto en un torbellino de polvo sobre la avenida, entre decenas de sirenas, focos rojos, ambulancias… Un coche que se acercaba a gran velocidad se detuvo en seco frente a sus pies. Bajó un hombre corpulento y cuadrado. Antes de recibir un golpe en pleno rostro, Enrique pudo ver una placa de policía judicial en la mano izquierda del individuo. Sólo alcanzó a pensar que ya era demasiado, que la chingada adonde lo habían mandado estaba devorándolo sin piedad. En el interior del coche se incorporó. Ambos policías bebían de una botellita de ron.

—¿Qué hacías encuerado a mitad de calle, cabrón?

—Me asaltaron.

—Te vamos a llevar al ministerio, hijo de puta. O te sueltas con una lana o decimos que el kilo de mota que traemos en la cajuela era tuyo, güey; que te agarramos saliendo de tu casa encuerado y que allí encontramos la droga. Mira, güero, traemos tus identificaciones y tus llaves —el judicial se las mostró con presunción infantil—. No sé qué chingaos hacían en tus calzones, güerito, pero con esto ya te jodiste.

—Está bien… Llévenme a mi casa.

—Primero antes vamos a dar un paseíto, mientras se calma todo este desmadre… Después nos vas a decir cómo llegar a tu jaula y no nos vas a mentir, hijo de papi. ¡Mira la pinche ciudad…! Se está cayendo, así que no te andes con pendejadas… ¿Quieres un poco de ron?

—Sí, por favor…

—No seas grosero. ¿Cómo se dice?

—Gracias.

Tras tomar un breve trago de la botella, Enrique recordó que había sacado una buena cantidad de dinero del banco la semana pasada: anhelaba salir de vacaciones con Alejandra. Los judiciales recorrieron la zona, despacio, por lo menos ocho veces. Eran ya casi las nueve de la mañana cuando llegaron a la casa del güero, la cual no había sufrido nada por el terremoto. El joven, con un nuevo miedo en la garganta, entregó todo su dinero a los "guardianes del orden". Por la noche, cuando su padre volviera del trabajo, le explicaría que había sufrido un asalto. Por el momento, lo único que se le ocurrió fue vestirse, recostarse en la cama y mantener su vista fija en el techo, como cuando de niño abría los ojos al amanecer. No había energía eléctrica, pero ni falta le hacía. Tampoco le interesaba ya la humillación del amor ni el miedo por su próxima vida sentimental. Ahora sólo buscaba en el techo la ubicación exacta de la chingada. "Todo se está yendo al meritito carajo, al caño más profundo y pestilente." Era mejor levantarse y abrir el cajón del escritorio: allí había Delicados sin filtro.

Largas bocanadas te permiten pensar en la vida, en el conjunto de la vida, que es muchas veces más fantástica, inverosímil y absurda que toda la literatura. Ni tus nervios ni tu nuevo temor se calman; sólo el miedo, ya lejano, a la soledad. Ahora imaginas lo que hay y lo que ya no hay ni nunca habrá fuera de ti, en los otros, en los barrios devastados por la naturaleza y por la negligencia de los ingenieros que utilizaron plastilina para construir edificios. Con toda esa carga de nerviosismo, piensas en llevar el absurdo al extremo y en continuar tu pesquisa por la chingada, en medio del humo del cigarro, tal vez afuera, con los demás, con los que remueven escombros para encontrar cuerpos con vida o cadáveres, con la ciudad, que te reclamaba, que intentaba sacudirte de tu letargo, porque tu vida, desde hoy, ya no es sólo tuya. LC


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