Elvia Montes de Oca Navas

 

Enriqueta Ochoa, un viaje entre el amor humano y el amor divino

 

En el principio era el Verbo, y el Verbo era con
Dios, y el Verbo era Dios. (Juan 1:1)

 

Enriqueta Ochoa nació en Torreón, Coahuila, el 2 de mayo de 1928. Contemporánea de Jaime Sabines, Rosario Castellanos, Dolores Castro, Juan Rulfo, José Revueltas, Octavio Paz, Rubén Bonifaz Nuño. Amiga de Luis G. Basurto, Margarita Peña, Antonio Castro Leal, Emmanuel Carballo, Luis Mario Schneider, Sergio Pitol, Orlando Guillén, Fidela Rivera, Margarita Paz Paredes, Ermilo Abreu Gómez, entre otros personajes reconocidos y conocidos más que ella misma, y a quienes dedicó algunos de sus versos. Varias de estas amistades las estableció en su paso por la ciudad de México (urbe donde actualmente radica), por Toluca y Jalapa:

Jalapa es una mujer redonda, menudita,
mitad misterio de retrato antiguo
y mitad sibarita.
(Ochoa, 1986: 135)

"La lluviosa ciudad veracruzana, situada tan lejos de su árida Torreón, le ofreció una hospitalidad en la que pudo volver a escribir y volver a amar […]" (Hernández, s. f.: 136). Por otro lado, Toluca, ciudad fría al contrario de Torreón, también le dio abrigo a Enriqueta; aquí se desenvolvió como maestra de literatura en la Facultad de Humanidades y en la Preparatoria núm. 1. En Toluca hizo grandes y buenos amigos, como Guadalupe Cárdenas, Raúl Cáceres Carenzo, Eugenio Núñez Ang, Juan Maccise y Abraham Talavera, quienes le ayudaron a hacer más llevadera su vida lejos de los suyos, pero siempre cerca de su hija. Esa amistad se conserva hasta hoy con quienes todavía tienen la oportunidad de disfrutarla.

En las antologías de poetisas frecuentemente se desconoce el trabajo literario de Enriqueta Ochoa; aparecen incluidas Sor Juana Inés de la Cruz, Rosario Castellanos, Guadalupe Amor, Margarita Paz Paredes y algunas más, pero no Enriqueta. Ella misma es consciente de esta omisión y por eso escribe: "En vano envejecerás doblado en los archivos,/no encontrarás mi nombre" (Ochoa, 1986: 19).

La poesía de Enriqueta posee hondas raíces cristianas y amorosas, se ocupa de asuntos tanto humanos como divinos. Es autora de diversos libros, entre estos se hallan: Las urgencias de un Dios, Los himnos del ciego, Retorno de Electra, Canción de Moisés, Bajo el oro pequeño de los trigos, Asaltos a la memoria.
El libro Las urgencias de un Dios alcanzó fama y rápidamente se agotó por el escándalo que produjo. Enriqueta tenía 19 años, y su profesor Rafael del Río, editor de la obra, al ver el efecto producido, justificó dicha obra poética con base en la juventud de Enriqueta. Las urgencias de un Dios fue un libro prohibido por los sacerdotes de Torreón y de San Luis Potosí, calificado desde los púlpitos de herético y pornográfico.

Rafael del Río, en la presentación que hizo de esta obra de Enriqueta, escribió acerca de la poesía: "La poesía, que muchas veces parece ser únicamente un hábil ejercicio, es, en realidad, angustiosa tragedia"; yo aumento tragedia y salvación, como ocurrió en el caso de Enriqueta Ochoa, en quien Del Río reconoció la calidad de su producción literaria, que "ya evidencia una fuerza creadora de tal importancia que hace adivinar el advenimiento de una nueva, potente y valiosa voz femenina mexicana" (Rafael del Río, en Ochoa, 1950: 10).

El artista, en este caso Enriqueta Ochoa, hace visible lo invisible; ella lo logra a través de la palabra, la poesía, que le ayuda como vehículo de expresión de una necesidad interior profundamente humana: comunicarse con los otros. La palabra como búsqueda del mundo interior expuesto al mundo externo; la búsqueda de uno mismo que, según expresa Enriqueta, "sólo se da en el apartado silencio", en la sola compañía con uno mismo.

La poesía de Enriqueta habla de la vida misma, con palabras que consiguen nacer, salir, y con otras que mueren antes de lograrlo, ante la impotencia del poeta:

A veces ocurre que de tan hambrientos
inventamos el sueño, la esperanza…
y mortalmente heridos agonizamos
por todos los hijos que nos quedaron dentro,
y por las palabras desquebrajadas, presas
entre los molares apretados del miedo,
las que luchan por sobrevivir
y a veces se nos caen de la boca
como un aborto ciego y doloroso.
(Ochoa, 1968: 57)

Enriqueta no se cansa de hablar, incluso de las palabras que no se pronuncian, que no nacen, que no llegan, pero que salvan y sanan:

¡Cuántas cosas he dicho!,
palabras que se arrancan
por no llorar de rabia.
(Ochoa, 1968: 30)

En la poesía de Enriqueta, caminan juntas la vida y la muerte, y en la poetisa provocan fascinación y rechazo:

Yo luché a tempestad de gritos en el vientre,
y te dije que no, que no, y que no;
que en mí no dispersaras el polvo de otro polvo,
que no abrieras conmigo más rutas de la sangre,
mas mi voz fue enterrada por campanas de duelo
y espigada mi forma entre la piel y el suelo.
(Ochoa, 1950: 21)

La vida y la muerte están siempre cerca, como las dos caras de una misma moneda:

Caminando conmigo desde siempre…
con tormentas de incendio me sopló en la cara;
me apadrinó en mis nupcias con la tierra;
la garganta inauguró con sed y arenas;
y en verano caliente abrió carrera,
por los montes nocturnos de mis venas.
(Ochoa, 1950: 25)

La poesía es portadora de un mundo interior, muchas veces doloroso y empañado por la muerte de nuestros seres más cercanos. Enriqueta dio salida a través de su poesía a la tristeza provocada por la muerte de sus seres más queridos, por ejemplo, su hermana:

Amiga, compañera, hermana,
hombro que se juntaba con mi hombro
para arrastrar con menos peso
nuestro mutuo cansancio.
(Ochoa, 1986: 142)

Los rayos del Sol, la oscuridad, la vida, la muerte; todo entra por puertas y ventanas, aunque estén apenas entreabiertas:

Todo hombre está hecho
de puertas y ventanas.
Yo entreabrí las ventanas,
erraba el sol sobre las altas cumbres.
(Ochoa, 1968: 20)

La condición del ser humano, que nace y vive ciego a pesar de estar hecho de puertas y ventanas. Ella misma, "por un delirio virgen de los primeros años", no abrió las puertas: "¿Es que voy a morir como flor marchita/entre las páginas de un libro?" (Ochoa, 1968: 20).

Nacemos ciegos como los animales, en nosotros está la posibilidad de abrir los ojos a la vida. El ser humano como posibilidad, como potencia que se puede perder, abortar, y nunca convertirse en acto: no dar el paso de una al otro, a la manera de Aristóteles y su teoría del cambio por el paso de la potencia al acto. En Los himnos del ciego, Enriqueta escribe:

El que canta es un ciego
con los ojos de faro
y los labios de raíz obscura.
(Ochoa, 1968: 9)

Ojos abiertos que no ven, como los del ciego; finitud y desesperación del hombre que quiere alcanzar más de lo que puede; límites infinitos que no alcanza un ser limitado como lo es el humano; el ansia de ir más allá de lo que puede y la frustración que ello le provoca:

¿Qué ha visto el hombre?
Nada.
Ciego y desnudo llegó,
desnudo y ciego se irá
del polvo al polvo.
(Ochoa, 1968: 13)

Estos "rasgos existenciales" nos hermanan, nos hacen semejantes: "¡Qué fugaces, qué solos,/qué iguales, Señor mío!" (Ochoa, 1986: 41). La vida nos iguala, el temor a la muerte, la fugacidad de la vida, el miedo a la libertad nos igualan; la posibilidad que las mujeres tenemos de dar origen a otro ser nos iguala:

Alguien forró mi vientre
con un mantillo de hierba tierna:
allí gestó sus nueve relámpagos de lucidez
la gracia del amor que se hizo aliento en mi cuerpo,
esta abeja que construye con el misterio
las celdillas del sol.
(Ochoa, 1986: 66)

Estos rasgos nos igualan; pero, a su vez, la manera cómo los enfrentamos, los vivimos y los comunicamos nos hace diferentes. En este caso, Enriqueta lo hace a través de su expresión poética y sus libros. No cualquiera puede hacer esto.

El empuje interno, el élan vital del que nos habló Henri Bergson, lo que conduce la vida de cada quien rumbo a una dirección dada, en el caso de Enriqueta es la búsqueda de un Dios frente a una vida imprevisible no regida por determinismos, pero en la que se mantiene el misterio de la creación y del creador; y es ésta una de sus direcciones.

Enriqueta, a la manera de Bergson, logró ir más allá de lo que pueden aportar los sentidos y la inteligencia; consiguió llegar hasta la intuición, que se mueve en un mundo de libertad y de acción creadora, mediante la poesía, que no detiene sino que libera. Ochoa encuentra el camino de la intuición creadora en la poesía, terreno donde las ciencias no consiguen explicar ese mundo creador, un mundo que se mueve por fines, más que por causas (las cuales son objeto de búsqueda de las ciencias). La poeta coahuilense siente el mundo, lo vive, lo entiende, lo comunica a través de su obra creadora. Enriqueta posee una inteligencia intuitiva que ella misma reconoce cuando en la entrevista con Edna Gabriela, Ochoa expresó: "Yo estoy segura que la poesía casi toda es un poco inconsciente. Yo así lo siento, […] como si alguien nos dictara" (Villicaña, 1989: 183). Mezcla del consciente y del inconsciente (nada raro entre los verdaderos creadores de la cultura).

El proceso de creación se muestra como un terreno un tanto misterioso e incomprensible, si tratamos de entenderlo según lo dicta el racionalismo más puro y ortodoxo, "a la luz de la razón"; en lugar del cual debemos dar sitio a los sueños, las emociones, las intuiciones, a "las voces que nos hablan" pero que no todos somos capaces de escuchar, menos de interpretar y expresar, pues ello sólo lo consiguen los artistas, como Enriqueta a través de su poesía.

La poesía amorosa de Enriqueta Ochoa conduce inevitablemente a Dios, un dios que a la poeta no le ayudaron a conocer cuando era niña: "En la casa familiar se hablaba de Dios como de una fuerza suprema, pero nunca se mencionaba la religión, quedaba en los niños un interés que debían saciar por su cuenta" (Hernández, s. f.: 129). Enriqueta refiere esta ausencia de Dios en su poesía:

¡Lo que nos pasa a veces!…
Si cuando niña se me hubiera dicho:
ante Dios,
afloja la rodilla y baja el rostro,
lo hubiera obedecido;
pero nadie sopló luces de mitos en mi frente
ni se movió en los nervios de mis actos.
(Ochoa, 1950: 12)

Enriqueta se forjó la idea de un Dios creador y a la vez creado; idea que provocó escándalo en su tiempo:

Recordad que Dios es el espejo
más contradictorio y bifurcado,
acomodado a todas las pupilas.
Yo lo esculpo a mi modo y le doy forma.
(Ochoa, 1950: 16)

Un Dios creador de todo cuanto existe, que a la vez es creado en la intuición poética de la autora. La palabra es ilimitada para nombrar, para crear incluso a Dios, para comunicarse con Él, para convivir con Él. Un Dios que ama a su creatura, que le evita dolores y sufrimiento, aun cuando éstos existan. ¿Por qué?, tal vez a la manera de san Agustín de Hipona cuando explica el mal no como una creación de Dios, pues Él es un ser perfecto, sino como la ausencia de bien. Enriqueta dice: "Yo creo que Dios no quiere el dolor, quiere que aprendamos del dolor […]" (Villicaña, 1989: 207).

Dios, su Dios, el de sus pupilas, es buscado incesantemente por Enriqueta. En Retorno de Electra, el amor humano es sustituido por el amor místico, y ambos tienen el mismo peso en su poesía; "ella misma se extrañó al ver su poema en una antología de poesía erótica", me dijo su amigo Eugenio Núñez. Enriqueta expresó al respecto: "O sea que la gente ve [en sus versos] lo que uno no puede ver porque es casi un acto inconsciente. Yo realmente nunca creí que anduviera lo místico y lo erótico ahí […] Esto lo reflejé en la poesía pero sin que me lo propusiera" (Villicaña, 1989: 181).

El tema central de Retorno de Electra es el amor divino y humano en una conjunción indisoluble: la mujer, como un ser fragmentado entre su cuerpo y el de los demás, en la búsqueda de un dios personal, invisible y sin intermediarios, a la manera de Lutero; la naturaleza como obra de Dios; Dios como misterio, pero con la posibilidad de acercarse a él a través del autoconocimiento, a la manera de san Agustín de Hipona: "la verdad está dentro de ti mismo". En la naturaleza está la presencia de Dios, y la palabra, hecha poesía, no tiene límites para nombrar y servir como puente de comunicación entre el hombre y Dios. "Dios mismo vive en ella [en la poeta]; en sus entrañas corre, fluyendo cual líquido que la hace vivir gozando de su presencia" (Villicaña, 1989: 49).

Dios es accesible, no es intangible: Enriqueta lo lleva en el cuerpo y le canta; sus poemas son el resultado de sus búsquedas, reflexiones y vivencias. Su reclusión durante seis meses en un convento en busca del amor divino, y su amor apasionado por François Toussaint, en busca del amor humano, permiten que de ella se diga: "Su vida y su obra están signadas por las paradojas" (Hernández, s. f.: 129).

Poesía erótica y sensual, no sujeta a la exigencia estructural "que muchas veces condiciona las emociones" (Villicaña, 1989: 15). Enriqueta da rienda suelta a sus sensibilidades sin moldes, obsesionada sólo por el uso de la palabra convertida en imágenes y metáforas, acompañadas éstas por el ritmo. "En la poesía erótica de Retorno de Electra Enriqueta Ochoa parece olvidarse de la concepción occidental del erotismo, y más bien, considera el principio erótico-místico que excluye a las parejas amantes de la culpa del pecado original" (Villicaña, 1989: 145).

Porque yo estuve loca por Dios,
anduve trastornada por él,
arrojando el anzuelo de mi lengua
para alcanzar su oído.
(Ocha, 1986: 77)

El proceso creador que recorre la poeta inició como un esbozo, un ensayo; pero, poco a poco, se fue concretando hasta adquirir sentido en un acto de plena libertad en su poesía: libertad en la palabra creadora. Bergson sostuvo que el hombre es libre en su propio proceso creador, como ocurre en el trabajo del poeta; a pesar del temor que provoca el hacer uso pleno de la libertad. El hombre libre, además de vivir la vida, pone atención a la vida.

Acción, creación, intuición, libertad y amor se unen en la obra literaria de Enriqueta Ochoa, un impulso amoroso con una visión del mundo y de Dios que va más allá de la experiencia y de las sensaciones, e incluso de la inteligencia; labor creadora que sólo alcanzan quienes han puesto atención a la vida, como lo asumió Bergson y como lo manifiesta Enriqueta Ochoa en su poesía. LC

Bibliografía

Hernández Palacios Mirón, Esther del Carmen [s. f.], La condición femenina como configuración místico erótica en la poesía de Enriqueta Ochoa, tesis presentada para la obtención del grado de doctora en Letras Modernas, México, Universidad Iberoamericana.
Ochoa, Enriqueta (1950), Las urgencias de un Dios, México, Papel de Poesía.
_____ (1968), Los himnos del ciego, Jalapa, Ver., El Caracol Marino, Revista de Literatura.
_____ (1986), Retorno de Electra, México, SEP (Lecturas Mexicanas, 72).
_____ (2004), Asaltos a la memoria, Toluca, México, UAEM.
Villicaña Moctezuma, Edna Gabriela (1989), Dualidad místico-erótica en Retorno de Electra, de Enriqueta Ochoa, tesis para la obtención del título de licenciada en Letras Españolas, Toluca, México, UAEM.
Xirau, Joaquín (1943), Vida, pensamiento y obra de Henri Bergson, México, Leyenda.


Regresar al sumario
Volver a página principal