Germán Iván Martínez Gómez

 

El valor de la Ilíada

 

Entiendo el ensayo como una forma académica de abordar un tema sin agotarlo. Como tentativa siempre, como aproximación a un objeto de estudio; es más, como hermenéutica, como un ejercicio personalísimo de interpretación que se sujeta, necesariamente, a los límites y posibilidades de quien interpreta. Ensayo es, como lo veo, "travesía y travesura" (Martínez, 2007);1 viaje, aventura del pensamiento, como diría Arturo Souto (Cfr. Souto, 1973).

Desde esta óptica me aproximo a la Ilíada de Homero, el llamado "educador de la Grecia antigua", para rescatar de ella algunos aspectos que, considero, le son inherentes. Parto de una hipótesis muy sencilla: las experiencias del lector que se enfrenta a este texto, sus prenociones, prejuicios, ideas, creencias y, sobre todo, su formación disciplinaria sesgan la interpretación, la enmarcan y delinean. En este sentido, al leer esta obra busco rescatar algunos aspectos referentes al mito y sus características, a la educación y sus posibilidades, al tiempo que señaló algunas temáticas, las cuales pueden ser abordadas con mayor profundidad. Busco, entonces, señalar en alguna medida el valor histórico, literario, educativo, moral y estético de este poema homérico, y mi empresa, más que histórica, es en cierta medida pedagógica.

* * *

Cada lector busca algo en el poema. Y no es insólito que lo
encuentre: ya lo
llevaba dentro.
OCTAVIO PAZ, El arco y la lira.

Octavio Paz decía que cada poema es único. Y no se equivocaba. La Ilíada, como recreación de la guerra, es una obra sin igual. Representa, junto con la Odisea, la base de la literatura griega y un modelo de escritura para la literatura universal. De ambas, los literatos han exaltado su excelencia y perfección, su estilo y vigor. C. M. Bowra, por ejemplo, en su Historia de la literatura griega, expresa lo siguiente: "Comparada con la mayoría de las modernas literaturas, la griega asombra por su sencillez y falta de adornos […] Esta condición resulta de omitir cuanto no parece esencial y de insistir en cuanto parece importante para la emoción o la estructura de la obra […]" (Bowra, 2005: 10). Los griegos poseían, señala Bowra, "un tacto instintivo y seguro para escoger lo significativo y prescindir de lo ocioso". Anamari Gomís, por su parte, menciona que ambos poemas épicos son símbolo de la unidad y del heroísmo, al mismo tiempo que representan una fuente de moral práctica (Cfr. Gomís, 2005).

Esta idea anterior me parece importante. Esta moral práctica que refiere Gomís, evidencia la riqueza de las costumbres de una época y, además, permite una reflexión ética, en el sentido más amplio de la expresión. La moral, precisa Nicola Abbagnano, "es el objeto de estudio de la ética" (Abbagnano, 1994: 818). Ésta, derivada de la expresión griega éthos, significa morada, refugio, residencia, lugar donde se vive. Al respecto, José Rubén Sanabria, interpretando a Martin Heidegger, expone que el éthos "[…] ya no se trata del lugar exterior, del país donde vive el hombre, sino del lugar interior, de su actitud, de su referirse a sí mismo y a los demás" (Sanabria, 2001: 19). Para este autor, la ética tiene que ver entonces con la morada del hombre; y el éthos se entiende propiamente como un modo de ser o actuar habitual del ser.

Volvamos al punto. Tanto la Ilíada como la Odisea son considerados textos clásicos. Thomas Stearns Eliot expresa, para aclarar esta noción, que "el efecto de lo clásico en la literatura […] no proviene de la naturaleza de la obra sino simplemente de su grandeza" (Cfr. Stearns Eliot, 2004). Él mismo añade que un clásico sólo se reconoce retrospectivamente, esto es, volviendo los ojos al pasado y descubriendo en la obra cualidades que le son propias: madurez del intelecto, de las costumbres, de la lengua; simplicidad, economía o concisión en el decir; estilo, entre otras.

Yendo un poco más allá, Borges afirma que "clásico es aquel libro que una nación o un grupo de naciones o el largo tiempo han decidido leer como si en sus páginas todo fuera deliberado, fatal, profundo como el cosmos y capaz de interpretaciones sin término" (Borges, 1960: 260). Para él, el carácter de 'clásico' no es consustancial a un texto sino que responde a los intereses y gustos de un pueblo, y la obra se perpetúa por ser considerada un modelo, un paradigma. "Clásico no es un libro que necesariamente posee tales o cuales méritos; es un libro que las generaciones de los hombres, urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y con misteriosa lealtad" (Borges, 1960: 261-262). Hay, entonces, algo en los clásicos, y particularmente en la Ilíada, que nos entusiasma y produce apego: un ardor, una devoción que mezcla convicción con afecto y nos conduce a ellos interminablemente.

Volviendo al autor de El laberinto de la soledad, él afirma que cada poema es único, irreductible, irrepetible. El poema, dice Paz, es mediación; gracias a él, el tiempo original, el padre de los tiempos, encarna en un instante. El poema, agrega, "[…] es una posibilidad abierta a todos los hombres, cualquiera que sea su temperamento, su ánimo o su disposición" (Paz, 2003: 25). En el poema prevalece la participación; al respecto, Johannes Pfeiffer señala que toda participación (de pars capere) invita a que otros tomen parte en lo que tenemos dentro. Para él, sólo podemos apreciar el arte que anida en la poesía a través de una participación sentimental y emotiva. Pfeiffer afirma que "todo complejo verbal tiene dos aspectos, el audible y el inteligible: sonido y sentido" (Pfeiffer, 2001: 17), vale recordar esto cuando hablamos de la Ilíada pues, como se sabe, es un texto que, en su lengua original, evidencia la musicalidad del lenguaje.

La Ilíada entraña un valor histórico, literario, educativo, moral y estético que parece innegable. Como obra histórica, relata sucesos considerados dignos de memoria. La historia, justamente, describe hechos memorables, relevantes social y políticamente; en este sentido, el historiador juega un papel central, ya que "la Historia es un registro de acontecimientos y relaciones exactamente tal como fueron. [Pero] el historiador interpreta este registro a conciencia, o así lo esperamos. En historia, los hechos no hablan por sí mismos, sino que su significado ha de interpretarlo el historiador" (Holmes, 1965: 1). Recordemos, no obstante, como subraya Henri-Irénée Marrou, que Homero no fue historiador sino poeta, y que su cometido, más que mostrarnos la realidad como era, se centró en evocar una gesta heroica. Sin embargo, el mismo autor sugiere lo siguiente:

[…] tomándola tal como ante nosotros se presenta, es decir en tanto que construcción poética, la epopeya homérica constituye en sí misma un objeto histórico, pues la imagen que da del "tiempo de los héroes", aunque artificial en parte, ha ejercido una enorme influencia sobre aquel pueblo griego, sobre aquel mundo antiguo que la recibió como un presente ofrecido ante la cuna misma de la historia. (Marrou, 1998: 26)

Como obra literaria, he mencionado basándome en Bowra, la Ilíada posee varias cualidades. A las ya señaladas agrego otras: sobriedad, ausencia de sentimentalismo y ornamentos redundantes, austeridad, vigor, misterio, imaginación, pasión, seriedad y energía intelectuales (Cfr. Bowra, 2005).2 Por otro lado, cabe decir que la obra no niega la tradición oral sino que se nutre de ella. Bowra precisa que Homero compuso para oyentes y no para lectores. Y es que, como sostiene César Santomé, "[…] la palabra oral para los antiguos tenía algo de alado y sagrado, liviano y fácil de transportar de generación en generación" (Santomé, 2005: 14).3

La épica, como la entiende Petrie, es "aquella poesía hablada o recitada ('épos, épee', versos), contrastada con la lírica (mélica), que era una poesía cantada, y con la dramática, que era representada. Como tal, la épica era especialmente apropiada a las hazañas de los héroes, y se la redactaba en verso hexámetro llamado 'heroico'" (Petrie, 1978: 148).

Otros autores, como Giovanni Comotti, apuntan que entre la poesía cantada prehomérica y la recitación de los poemas épicos, más que continuidad, hay una exigencia de normalización métrica que se desprende de la integración de los Estado-Nación y de nuevas exigencias sociales y políticas.

Durante las fiestas públicas son habitualmente ejecutadas las composiciones corales, que adquieren formas particulares según la destinación del canto: a los géneros más antiguos, el paian en honor de Apolo, el linos, el hyménaios, canto de bodas, y el threnos, canto fúnebre, de los cuales hallamos mención ya en Homero, se añaden otros como el hymnos, el canto en honor de los dioses y de los hombres; el prosódion, melodía procesional; el Partenón, ejecutado por un coro de doncellas; el dithýrambos dionisiaco. (Comotti, 1999: 15)

El libro vendrá a ser un sucedáneo de la palabra oral; pero ésta va a ser aceptada y asumida durante mucho tiempo por su carácter, vitalidad y energía. El libro, en tanto, se rechazó en gran medida conforme una idea: Scripta maner verba volat (la palabra escrita es algo duradero y muerto). No obstante, la superación de esta visión nos ha permitido tener en nuestras manos la Ilíada. Ésta, como obra literaria, va más allá de sí misma. Alfonso Reyes, por ejemplo, expresó que la perfección de este poema está precisamente en su continuidad sostenida.4 Porque esta obra, como apunta Carmen Chuaqui, no sólo representa un ejercicio literario, también forma parte de una memoria colectiva que aglutina las hazañas de grandes hombres y destaca el ánimo militar de sus protagonistas. Esto condujo a la autora a afirmar que la Ilíada "es una recreación lúdica de la guerra" (Chuaqui, 2005: 23). Así, más allá de cuestionar la autenticidad del relato, Chuaqui subrayó que entre los griegos no existía la menor duda respecto a la veracidad del asedio contra Troya.

Ahora bien, más allá del episodio de guerra narrado, la Ilíada da cuenta de un estrecho contacto entre hombres y dioses. Expresa, según lo entiende Mircea Eliade, la importancia de un "mito vivo"; esto es, de un relato verdadero, valioso, sagrado, ejemplar y significativo (Eliade, 1992). Para el novelista e historiador rumano, la "viveza" de un mito radica en proporcionar modelos a la conducta humana, al mismo tiempo que brinda significado y valor a la existencia. De esta manera, según Eliade:

El mito cuenta una historia sagrada; relata un acontecimiento que ha tenido lugar en el tiempo primordial, el tiempo fabuloso de los «comienzos». Dicho de otro modo: el mito cuenta cómo, gracias a las hazañas de los Seres Sobrenaturales, una realidad ha venido a la existencia, sea ésta la realidad total, el Cosmos, o solamente un fragmento: una isla, una especie vegetal, un comportamiento humano, una institución. Es, pues, siempre el relato de una «creación»: se narra cómo algo ha sido producido, ha comenzado a ser. (Eliade, 1992: 12)

Así, como se reconoce en el propio texto, la relación entre hombres y dioses es auténtica. En la Ilíada irrumpe lo sagrado; o, mejor dicho, deviene toda ella de él. Esto explica por qué algunas conductas de los protagonistas resultan cotidianas y otras extraordinarias. La Ilíada, por tanto, al ser originalmente transmitida de forma oral y legada a nosotros en un texto escrito, reactualiza una historia y logra, gracias a la remembranza, mantener presentes las costumbres y acciones de aquellos hombres, los valores y virtudes que los distinguieron.

Por otra parte, la Ilíada sugiere el ideal del héroe, y los héroes persiguen honor y gloria. Son éstos, afirma Joseph Campbell (2001), quienes tienen en sus manos el destino del mundo. Los héroes, agrega el mismo autor, parecen tener fuerzas extraordinarias desde el momento de su nacimiento o, aun más, desde su concepción misma. El heroísmo, entonces, está ligado con la predestinación, con la aventura y la tragedia. Esto es la Ilíada: una narración de sucesos que cuenta cómo un hombre, Aquiles, ha de convertirse, por designio divino y voluntad propia, en héroe; y cómo, para lograrlo, ha de enfrentar lo indecible y finalmente morir para vivir eternamente.

La Ilíada, como obra literaria, presenta en algún sentido el paso del que podemos llamar mito a la leyenda propiamente dicha. Cabe decir que en la obra de Homero, como señala con tino Helena Beristáin, no hay desconfianza respecto a los relatos: "[…] el mito no es una ficción para la sociedad que lo crea, porque ve en él una realidad pretérita" (Beristáin, 2004: 335). Hay en el mito, menciona Beristáin, una "[…] narración de acontecimientos sagrados y primordiales ocurridos en el principio de los tiempos entre seres de calidad superior: dioses y héroes arquetípicos, civilizadores, legendarios y simbólicos de aspectos de la naturaleza humana o del universo" (Beristáin, 2004: 334). Pero la Ilíada presenta justamente el paso del relato popular basado en dioses y seres sobrenaturales al relato de hombres cargados de una fuerza cósmica con un destino superior en el mundo: los héroes.

Respecto al mito, vale apuntar que éste entraña, además de una representación del mundo, la añoranza de un pasado glorioso. Ofrece, asimismo, modelos de conducta, prototipos gracias a los cuales los hombres y las mujeres buscan parecerse a los dioses o a otros seres, humanos o no. Al respecto Mircea Eliade expresa lo siguiente:

[…] el símbolo, el mito, el rito, a diferentes niveles y con los medios que les son propios, expresan un complejo sistema de afirmaciones coherentes sobre la realidad última de las cosas [En este sentido] Si nos tomamos la molestia de penetrar en el significado auténtico de un mito o de un símbolo arcaico, nos veremos en la obligación de comprobar que esta significación revela la toma de consciencia [sic] de una cierta situación en el cosmos y que, en consecuencia, implica una posición metafísica. (Eliade, 2000: 13-14)

Dicho de otra manera: el mito devela la realidad última de las cosas, transforma el caos en cosmos y, sobre todo, le permite al hombre formar parte de este último. El hombre se aloja en el cosmos y encuentra en él lo que Eliade llama las tres regiones cósmicas: cielo, Tierra e infierno. Así, Aquiles, personaje principal de la Ilíada, entiende que el infierno está en el anonimato que da una vida larga pero desabrida; sabe que la aventura está en la Tierra y que en ésta debe buscar la "montaña más alta". Aquiles mora en la Tierra pero persigue su destino; reside en ésta, sí, pero a la vez vaga para alcanzar la gloria, la cual se halla en el cielo, es decir, en la inmortalidad.

Lo propio de Aquiles es precisamente ese trayecto de lo profano a lo sagrado. Su vida, por tanto, está marcada por la lucha. Eliade precisa: "El camino es arduo, está sembrado de peligros, porque, de hecho, es un rito del paso de lo profano a lo sagrado; de lo efímero y lo ilusorio a la realidad y la eternidad; de la muerte a la vida; del hombre a la divinidad" (Eliade, 2000: 26). La Ilíada muestra cómo Aquiles alcanza una existencia real, duradera y eficaz, luego de tener una vida ilusoria y fugaz.

Ahora bien, como texto educativo, el valor de la Ilíada es evidente. No sólo proporciona un plan de estudio para Aquiles, como señala Marrou, también muestra modelos de personas y maestros, y subraya los temperamentos y las actitudes de los protagonistas. Respecto al primer aspecto, cabe recordar que Aquiles no sólo aprendió deportes (cazar, montar a caballo, lanzar la jabalina, "bailar la pelota", box, lucha, lanzamiento de peso, tiro con arco, carrera de carros, etcétera) y diversiones musicales (tañer la lira, cantar y danzar), también se adiestró sobre todo en realizar grandes hazañas. Aquiles recibió, entonces, una formación política y militar que se reforzó con el conocimiento referente a la medicina, particularmente la cirugía y la farmacología.

Robert Holmes Beck menciona en su Historia social de la educación que el ideal educativo griego "[…] combinaba la excelencia del carácter o voluntad (moral) con la física (cuerpo) y la mental (razón)" (Holmes, 1965: 15). Yendo un poco más allá, Octavi Fullat señala que la labor educativa en Grecia no se llevaba a cabo individualmente, sino en la pólis, y que los griegos veían en la paideia un poder salvífico (Fullat, 2001).

El siguiente esquema5 intenta resumir ese ideal educativo:

Según Fullat, y como narra la tradición mítica, antes de que existiera todo prevalecía el caos, es decir, el desorden, la inestabilidad, la desarmonía. Luego vino el cosmos, el orden, la estabilidad y la armonía. Como parte del cosmos está la naturaleza, y dentro de ella, la naturaleza humana. El hombre, señala Fullat, es el único animal que necesita ser educado, pero esta educación —que se opone a la ignorancia— sólo puede darse en una estructura político-social. Es en la pólis donde se fija el ideal de persona y de ciudadano. El Estado forma a los ciudadanos deseables y promueve que la persona, gracias a la formación de ésta, logre separar lo mejor que hay en ella de lo peor. Quien lo consigue alcanza la purificación. Quien no, está condenado a creer saber no sabiendo. La educación, entonces, es un proceso de purificación gracias al cual el hombre persigue la belleza y la excelencia; éstas conllevan un equilibrio entre mente, espíritu y cuerpo. A esto los pedagogos contemporáneos le llaman educación integral, y se identifica claramente desde los orígenes mismos de la educación. Así, como señala Moacir Gadotti, "la educación del hombre integral consistía en la formación del cuerpo por la gimnasia, en la de la mente por la filosofía y por las ciencias, y en la de la moral y de los sentimientos por la música y las artes" (Gadotti, 2002: 17).

Como se puede advertir, las raíces de este ideal educativo se hallan en la Ilíada y se prolongan en algún grado en la Odisea. Esto, quizá, condujo a Alfonso Reyes a expresar que "[…] los Poemas Homéricos son el primer repertorio de las virtudes occidentales o características de nuestra civilización" (Reyes, 2000: 342). Por su parte, Beck afirmó que "la importancia de Homero desde el punto de vista de la educación reside en el hecho de que las virtudes y los ideales ensalzados en sus poemas épicos fueron aceptados como objetivos de la educación griega" (Holmes, 1965: 16).

En este sentido, Marrou distingue en la educación homérica dos aspectos centrales: uno técnico y otro ético. El primero tiene que ver con la adquisición de conocimientos, habilidades y destrezas necesarias para adoptar una forma de vida en el seno de la sociedad. El segundo está más orientado a la formación del carácter en aras de un ideal humano; esto es, la mezcla de valores y actitudes deseables para alcanzar el ideal de hombre propuesto por Homero. Esto último llevó al autor a señalar que la Ilíada, además de un texto básico de la educación griega, es un "manual de ética". Al respecto, Mario Alighiero Manacorda expresa lo siguiente:

En esta educación griega arcaica […] encontramos, de una manera más o menos documentada, la aculturación (moral, religiosa, patriótica) y la adquisición de técnicas, sobre todo la de gobierno, pero también la de la producción. Las "palabras" y las "acciones" de Homero y de Fénix, reaparecerán después en la Grecia histórica como educación a través de la "música" (mousiké) y la "gimnasia" (gymnastiké), en donde por música se entiende precisamente la aculturación hacia el patrimonio ideal, transmitido a través de himnos religiosos y militares cantados coralmente por los jóvenes […] y por gimnasia se entiende la preparación del guerrero. (Alighiero Manacorda, 1998: 71)

La Ilíada es un manual de ética en tanto que representa un texto con las nociones básicas de un modo de ser deseable entre los hombres. Entraña un ideal de hombre y de ciudadano. No obstante, Homero también deja entrever supuestos que subyacen en su obra y es preciso considerar: 1) la educación pule y perfecciona sólo los talentos nativos, 2) está reservada a los hombres y 3) no es para todos. Esto quiere decir que el poeta de Quíos planteó, conscientemente o no, los cimientos de una educación aristocrática, que más tarde enaltecerían Platón y Aristóteles.6

Respecto a su valor moral, es importante destacar un aspecto de la Ilíada señalado por el propio Marrou: los modelos de maestros que presenta el poema. Aquí rescata al centauro Quirón y a Fénix. Homero fue cuidadoso al aclarar que el héroe puede ser educado, de ahí que Robert Holmes Beck mencione que en el poema se evidencia lo que él llama "las virtudes homéricas": valor personal, lealtad y reverencia a los dioses. Por su parte, Carmen Chuaqui (Cfr. Chuaqui, 2005) señala que los griegos comparten cuatro aspectos: la misma sangre (homaimón), lengua (homóglosson), religión (theón) y cultura (homótropa). Y agrega cuatro virtudes que serán enaltecidas más tarde por Platón en La República: sabiduría (sophía), valor (andréia),7 mesura, moderación o templanza (sophrosýne) y sentido de la justicia (dikaiosýne).

Estas virtudes, si bien se muestran en el texto, también se dan a conocer de forma elusiva. En el poema homérico, las virtudes antes referidas se acentúan más o menos dependiendo de los personajes o, bien, se muestran por vía negativa. Así, en la primera parte de la Ilíada vemos a un Aquiles que sabe su destino, que lo sufre; un Aquiles colérico que abomina la avaricia de Agamenón, a quien llama sinvergüenza y cara de perro (Cfr. Homero, 2001, I: 155-160); un Aquiles que se siente deshonrado y ofendido por un rey arrogante y pendenciero, pues le ha robado a Briseida, su botín de guerra, y al cual acusa de ebrio y de tener un corazón de cuervo (Cfr. Homero, 2001, I: 225). Y así empieza la Ilíada, relatando cómo un héroe lucha para recuperar su honor.

Más adelante, se ve a un Aquiles que desafía a los dioses y que intenta, como precisa Alfonso Reyes, "tentar su destino" yendo a una guerra de la que, lo sabe bien, no regresará jamás. Y es que su madre, Tetis, diosa marina e hija de Nereo, le ha dicho que su "sino es breve y nada duradero" (Cfr. Homero, 2001, I: 415). También se ve a Héctor, quien enaltece su patriotismo; a Néstor, un anciano sabio y diligente; a Príamo, quien se refugia en su reino bajo la protección de Apolo (un rey que abriga a sus hijos aun cuando éstos se han equivocado, y que vive en carne propia la pérdida de su primogénito y sucesor); a Paris, quien se muestra débil de carácter y mediocre como guerrero; a Helena, que padece las consecuencias de sus pasiones y arrebatos; a Andrómeda, a quien Héctor le es fiel y quien simboliza, como Penélope en la Odisea, la mujer abnegada, sufrida y leal.

La Ilíada es, pues, un texto que refleja una moral; ésta, señala Alfonso Reyes, se refiere a las costumbres o mores, condiciones y convenciones variables respecto a las épocas. Pero el autor de La Ilíada de Homero (en Cuernavaca) y otros textos va más allá, pues sostiene que muchas de las virtudes homéricas no sólo son respetadas por nosotros en la actualidad, como el afecto a la mujer y a los vástagos, y la bravura para protegerlos y defenderlos, ya que aquéllas también son patrimonio de muchos animales y fieras. Quizá esta cuestión también sea una figura retórica de la que Homero se vale para lograr mayor eficacia en la expresión. Recordemos que el símil consiste, justamente, en realizar una comparación entre dos cosas para dar una idea más eficaz de alguna de ellas. Pero ésta no es la única figura del pensamiento de la que se vale Homero; recurre a otras: la antítesis, la paradoja, la concesión, la anticipación, la alusión y la ironía. Todas ellas son parte del lenguaje figurado o de la manera de hablar que Homero usa para aumentar o matizar la expresividad. Como Carmen Chuaqui señala:

[Al leer la Ilíada] Uno esperaría encontrar una serie de características positivas en los combatientes griegos: heroísmo, disciplina, valor, y negativas en los enemigos: desorden, cobardía, crueldad. Pero no es así, y la razón radica en la técnica de composición de la poesía épica, basada en las llamadas "expresiones formulares". Éstas no se limitan al empleo de epítetos, sino que permean toda la estructura del poema: la descripción de los héroes y de las batallas está codificada y, por lo tanto, se aplica por igual a ambos adversarios. (Chuaqui, 2005: 20)

Finalmente, es preciso señalar que sería difícil ahondar aquí en cada uno de los aspectos o temas que se pueden hallar en la Ilíada. Sin embargo, es importante mencionar algunos con el propósito de realizar, en otro momento, un estudio detallado sobre ellos. En este sentido, destacan entre los asuntos que trata el poema: el crimen, el rapto y el robo como causantes de desastres y desavenencias; la cólera como sentimiento de malestar; la naturaleza y el sentido de la guerra; las monstruosidades que ésta entraña; el papel del destino humano y la intervención de los dioses en él; la libertad, la responsabilidad y la culpa; la paradoja de tener una vida larga pero insípida, o una vida corta y gloriosa; la "locura destructora", como la califica Alfonso Reyes; la relación entre los hombres y los dioses; el despojo, entendido éste como el arrebato que se hace a los vencidos de sus armas, provisiones y bienes;8 el honor del héroe y la indignación que siente cuando se sabe ofendido;9 la conciencia de la muerte como hado, como futuro irreversible, como destinación; el mito y el simbolismo que éste encierra; el amor filial y el dolor que experimentan los padres por los hijos; la suerte de los reinos a manos de soldados; el papel del huésped y el anfitrión; la hospitalidad mal correspondida; la retentiva como capacidad para atesorar el pasado; la indulgencia; la resignación ante lo irremediable; la inmortalidad y la trascendencia; los rituales; la importancia de las exequias; la muerte del otro experimentada como pérdida propia; la usurpación; el embuste como medio para lograr los fines; la espera vuelta esperanza; la intriga como recurso literario; la virtud heroica; la derrota y la aflicción; el rescate o liberación; la crueldad y el egoísmo. Asimismo, el enamoramiento y el amor; el apego a la madre; el miedo a morir matando; los sueños y las ensoñaciones; el arrepentimiento y el perdón; la vergüenza y el remordimiento; la soledad, la desesperación…

Ésta es la riqueza de la Ilíada. Éstas son algunas de las sensaciones y percepciones que de ella se desprenden. Éste es su valor estético. Porque, como dice Jean Château, "lo propio de las grandes obras […] es justamente expresar más de lo que dicen" (Château, 1996: 11). LC

Notas

1 Puede consultarse la siguiente dirección en Internet: http://www.uaemex.mx/plin/colmena/home.html

2 Es importante señalar, como lo han hecho algunos autores, la repetición de epítetos aplicados a los mismos sustantivos; la repetición de partes de verso, de versos y de series de versos. Eso que los críticos literarios llaman "fórmulas" o "figuras de dicción", y que constituyen recursos estilísticos para dar mayor fuerza a lo que se dice o escribe. También cabe apuntar aquí la repetición de escenas denominadas "típicas": batallas, visitas, duelos, reuniones, viajes, juramentos, discursos, momentos de soledad, reflexión, llanto, etcétera; o el uso frecuente de las denominadas "figuras del pensamiento", que pueden ser lógicas o patéticas, pero que generalmente se emplean para hacer más eficaz la comunicación. Así, la comparación, la ironía y la anticipación, tanto como la exclamación, la imprecación o execración, resultan evidentes en la Ilíada.

3 Respecto a este punto, cabe recordar que Emilio Crespo, en la introducción general que hace a la Ilíada, destaca el mérito de M. Parry, quien en 1928 describe los sistemas de fórmulas y la causa de su existencia. Según Crespo, "los poemas se componían de memoria y se difundían oralmente. El aedo no redactaba y luego memorizaba, sino que improvisaba […] Había [por lo tanto] versiones diferentes transmitidas de unos poetas a otros [y] las fórmulas y los sistemas de fórmulas evolucionaban y se acomodaban a la lengua y a los gustos del poeta y de su auditorio" (Homero, 2001: XVI).

4 Cfr. Alfonso Reyes (2000), "Breve comentario de la Ilíada", en Obras completas, Vol. XIX, p. 30.

5 Elaboración propia a partir del libro de Octavi Fullat (v. supra).

6 Puede ampliarse lo anterior si se revisa el texto La educación en la perspectiva de la historia, de Edward D. Myers, publicado por el Fondo de Cultura Económica, en la colección Breviarios.

7 La autora señala que el término sólo incluye la virilidad. Esto es explicable si consideramos la situación de la mujer en esa época.

8 Aquí cabe recordar las palabras de Alfonso Reyes al respecto: "Las mujeres son consideradas como parte del botín de guerra [son] las mujeres violentamente sujetas al estado de esclavas y concubinas de los vencedores, sean o no solteros. [De esta manera] la actitud ante la mujer es de franco naturalismo sexual, y en este sentido, se explica la cínica actitud de Paris con Helena (y aun de Zeus con Hera)". Cfr. "Negruras y lejanías de Homero", en Obras completas, vol. XIX.

9 Joseph Campbell mencionó que una de las tareas del héroe es justamente luchar contra el status quo. Por eso vemos, al inicio del poema homérico, a un Aquiles que se enfrenta a Agamenón y se resiste a acudir a una guerra que considera ajena.

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