Robert Desnos

 

TAL VEZ NADIE COMO Robert Desnos (París, 1900) encarnó con mayor audacia el espíritu inicial del surrealismo. El mismo André Breton —con quien luego tendría diferencias irreconciliables— lo designó como el "profeta" del movimiento y el gran mago del lenguaje. Lo cierto es que Desnos fue quien con mayor éxito incursionó en las experiencias de la escritura automática y del sueño hipnótico que se constituyeron en las principales herramientas creativas de la vanguardia. Era célebre por su enorme facilidad para sumirse en estado de trance y dictar o garabatear frases cargadas de una extraña belleza y de insólita energía. Enamorado —como buen surrealista— de la imposible cantante Yvonne George, le escribe algunos de sus poemas más recordados, que aparecerán reunidos en el libro A la misteriosa, del que existe una traducción al español publicada por la editorial Hiperión; este libro, junto con La libertad o el amor (Cabaret Voltaire), constituyen las únicas traducciones de la vasta obra de Desnos publicadas hasta ahora en nuestro idioma. Espíritu irreductible como muy pocos, Robert Desnos participa activamente en la Resistencia francesa y muere en el campo de exterminio de Terezín en la República Checa el 8 de junio de 1945. Sus restos reposan en el cementerio parisino de Montparnasse.

 

Los espacios del sueño

 

En la noche están naturalmente las siete maravillas del mundo y la grandeza y la tragedia y el encanto.

Los bosques chocan en confusión con las criaturas de leyenda escondidas en la maleza.

Estás tú.

En la noche está el paso del caminante y el paso del asesino y el paso del policía y la luz de la farola y la luz de la lámpara en la cómoda.

Estás tú.

En la noche pasan los trenes y los barcos y el espejismo de los países donde es de día. El último aliento del crepúsculo y los primeros temblores del alba.

Estás tú.

Un aire de piano, un destello de voz.

Una puerta que se cierra. Un reloj de pared.

Y no solamente los seres y las cosas y los ruidos materiales.

Sino también yo que me persigo y sin cesar me rebaso.

Estás tú, ofrendada. Tú, a quien espero.

A veces extrañas figuras nacen al instante en el sueño y desaparecen.

Cuando cierro los ojos surgen floraciones fosforescentes y se marchitan y renacen como encarnados fuegos de artificio.

Países desconocidos que recorro en compañía de criaturas.

Estás tú, sin duda, bella y discreta espía.

Y el alma palpable de la vastedad.

Y los perfumes del cielo y las estrellas y el canto del gallo de hace 2 000 años y el grito del pavo real en los parques incendiados y los besos.

Las manos que se cierran siniestramente en una luz pálida y los ejes que chirrían en las carreteras medusantes.

Estás tú sin duda, a quien no conozco y a quien, por el contrario, conozco.

Pero tú, presente en mis sueños, te obstinas en dejarte adivinar sin aparecer.

Tú que permaneces inasible en la realidad y en el sueño.

Tú que por mi voluntad de poseerte me perteneces en ilusión, pero que acercas tu rostro al mío sólo cuando mis ojos están cerrados tanto al sueño como a la realidad.

Tú que a pesar de una retórica fácil como la ola que muere sobre la playa,

donde la corneja vuela en las fábricas destruidas,

donde la madera se pudre y revienta bajo un sol de plomo,

Tú que eres la base de mis sueños y sacudes mi espíritu lleno de metamorfosis y me dejas tu guante cuando beso tu mano.

En la noche están las estrellas y el movimiento tenebroso del mar, de los ríos, de los bosques, de las ciudades, de las hierbas, de los pulmones de miles y miles de seres.

En la noche están las maravillas del mundo.

En la noche no hay ángeles guardianes pero está el sueño.

En la noche estás tú.

En el día también.

Versión de Jorge Esquinca y Barbara Vial


Regresar al sumario
Volver a página principal