Esvón Gamaliel

Acto de divorcio

 

COMO SOY UNA PERSONA muy dispersa y siempre olvido todo, nunca reparé atentamente en ti, aun a sabiendas de que siempre ibas a mi lado. Créemelo, para mí era como si no existieras. También es cierto que con sigilo, sin mala intención, fugazmente te observaba. Sobre todo en tu manera de adoptar actitudes caprichosas y deformes. Unas veces delante de mí, otras a mi lado, otras más colocándote en algún lugar del espacio elegido al azar o por tu propia voluntad. Estabas ahí a todas horas y… perdóname, pero eso no era lo importante.

Para una persona como yo, tan difusa, sumida en la rutinaria monotonía del ir y venir cotidiano, el hecho de tener un acompañante tan fiel como tú –imagino que lo mismo ha de ser para los demás– ha de ser igual tenerlo que no tenerlo. Siempre estuviste ahí sin proponértelo; sin embargo, tus razones tendrías para no desprenderte de mi lado. Además, tú sabes que nunca te lo pedí o te obligué a ello.

Yo siempre sumido en esta especie de ensimismamiento, obligado, hendido, casi sin poder dar cuenta cabal de mis actos: las llaves extraviadas de todos los días, la permanente e incumplida promesa de ir al dentista para que me tape la muela carcomida, los pasos vacilantes de danza torpe en medio de la ancha calle, sin semáforo; la indecisión de comprar estos o aquellos calcetines por más resistentes o más baratos. Toda una constante indefinición. ¿O rasurarme ante el espejo, crees que era cosa fácil? ¿Cómo crees que aparte de todo eso todavía iba a pensar en ti?

Si uno mira un sello oficial (de cualquier oficialidad que se trate), parece una cosa trivial, un hecho de nula importancia. Pero cuando uno le mira atentamente –impreso medio borroso sobre la superficie del papel rugoso de un acta de nacimiento o de un documento expedido para atestiguar legalmente el peso de una defunción–, entonces cobra su esencial aspecto y real importancia de prodigioso hecho. Es decir, dentro de las familias de los sellos adquiere su valor verdadero, su virtual apariencia. No importan tanto las inscripciones o los símbolos que detente; su fuerza está contenida en él como un todo, como un jeroglífico sagrado. Esto último, sobre todas las cosas, lo pudieron corroborar y sentir como un orden superior los ministros, hierofantes, brahamanes, ungidos, monarcas y sacerdotes antiguos.

Una suerte de tinta dispuesta a testimoniar una sentencia incondicional, inapelable. Ordenada, diseñada, calculada para asegurar algo de manera contundente. Un algo que nadie después de impuesto podría, por su fuerza y rotunda convicción, negar ni evitar.

Así, entre sello y sello, desgastado en los rigores de mi legal oficio, las personas aprendieron a conocerme y respetar de mí. En mi vida, las filas enormes de gente formada delante de mi escritorio fueron una visión tremenda de serpiente mágica, hipnótica, como emergida de un sueño inacabable. Esas columnas de seres formados ordenadamente a veces disminuían o se acrecentaban, según fuera la temporada (alta o baja), de nacimientos y defunciones, de graduaciones o matrimonios, de lluvias o secas, porque hasta el clima participaba en este suceso cósmico.

Finalmente, en la solemne pulcritud del cotidiano trabajo, el acto de fijar los sellos oficiales sobre el papel, fue, y es, una de las cosas que más me ha deleitado en la existencia. El olor a tinta fresca, la suave forma lustrosa del manguillo; el violeta, a veces cuasi morado azuloso, color derramado sobre la almohadilla apresada en la pequeña caja de lámina, continente de lo increíble.

El acto magistral de sumirse con el tacto, delicadamente, oprimiendo sobre el cojincillo para, al fin, en un acto demiúrgico, imponerlo sobre el documento con real displicencia, fue y es –te repito– la única razón fundamental que logró el milagro de concentrar mis sentidos en algún punto preciso del universo. Sin pedantería y más bien con profunda humildad, me atrevo a afirmar que el acto cotidiano de imponer los sellos me liberó de lo que toda mi vida –obsesivamente– creí cargar como mi peor fatalidad: la dispersión caótica de mi ser, de mis sentidos, de mis actos; el caos invadiendo la sutil ordenación de mis pequeños ademanes y gestos más íntimos.

Para un ser consciente de su diaria fragmentación, el tener una pequeña acción que lo lleve a conquistar el gozo de proceder no como un autómata sino como un dibujante que imprime sobre el lienzo las sabias pinceladas que en breves trazos delinearán puntualmente la figura tanto añorada, se convierte en el acceso a una experiencia ilímite, en el paso a una zona infranqueable, casi vedada de la existencia. Tal experiencia y emoción no sólo se tornarían en un hecho demiúrgico, casi sobrenatural, que sobrepasaría las cualidades comunes de los hombres, sino que se convertirían en un legado de la divinidad. Por esas razones, el acto de pagar a la cajera, contar las monedas y devolverlas al bolso, de decidir por cual o tal calle conducir los pasos, o de escoger una aguja para enhebrar el hilo remendador de los calcetines rotos, siempre me fue aterrador; en cambio, el acto de colocar el sello sobre el papel se transformaba en una acción maravillosa. Así es, cada uno de mis otros actos cotidianos, fue, es y ha sido un verdadero tormento, peor que las ilusas llamas del amenazante infierno o el potro de tortura ideado exquisitamente por el más pérfido de los Torquemadas existentes. Cómo comparar tales hechos con el delicioso acto habitual de fincar el sello y sentir amorosamente cómo se funde la tinta, la indeleble y sutil tinta en el papel.

Dirás que por qué te digo todo esto, si tú siempre permaneces callada y me ignoras, si eres incapaz de cualquier réplica, de sostener cualquier diálogo civilizado.

Cuando apenas te reprocho o te digo algo, inmediatamente vuelves a imitarme de forma tan perfecta que, en tu defensa, me haces aparecer como si fuese un loco.

Es por eso que te traje aquí, para platicar contigo, para hablar relajadamente en este cuarto de baño, lejos de la sospecha y mirada morbosa de los vecinos. Te traje a este baño que ya nadie usa, desde que murió –hace ya bastantes años– mi adorada Griselda.

Si piensas que te traje aquí para regañarte o recriminarte algo, a la hora que tú lo decidas puedes marcharte. Como ves, es claro que yo no te obligo a nada. No creas que te estoy intimidando.

Pero ponte un poco más de frente, así… un poco más hacia la derecha. Mírame sin miedo, te digo, como si fuese una persona un poco más desenvuelta y civilizada. Sabes perfectamente que de cualquier manera, si yo lo deseara, te podría obligar.

Pero mírame de frente, sin miedo, y verás que de ninguna manera te estoy acosando. Sabes que en realidad te he traído para que, en verdad, entre nosotros no haya ya ningún malentendido, como lo que sucedió esta mañana en la oficina. Sabes muy bien que me di cabalmente cuenta de todo lo que sucedió esta mañana en la oficina. Cae en la cuenta que aunque –como de costumbre– no te observara directamente, me di cuenta de mis acciones; aunque también observé secreta, subrepticiamente las tuyas. Sabes perfectamente que la oficina es el lugar en que menos me gusta estar consciente de ti, pero por tu actitud me vi obligado a ello. No, no tienes que tomar esa condición de ser indefenso que, perplejo, se sorprende y cree que actuó de manera inocente. En tu caso, el gesto escogido es idóneo para ocultar el peso de las evidencias. Conmigo no tienes por qué fingir.

Hasta ahora tú y yo no habíamos tenido un disgusto, mucho menos por una pequeña torpeza de tu parte.

Es cierto, puedes pensar que estoy evadiendo mis responsabilidades, y que en el asunto de esta mañana en gran parte tengo la culpa del error cometido.

Pero sabes perfectamente que no fue por el derrame involuntario de las gotas sobre el finísimo papel de lo que estoy hablando.

En realidad todo el día estuve tratando de evidenciártelo y decirlo. Porque yo estaba tratando de hablar de otra cosa. Deseaba aclararte que mi pensamiento estaba en otra parte.

Sí, así como lo del error que fue como un sueño, como un acto torpe, fallido, sin reflejos; como un impulso inconsciente que no pudiste contener y que es muy parecido a este que estoy conteniendo.

Si te traje aquí fue porque tú lo quisiste y deseaste que ocurriera de este modo. Incluso en tu mirada pude ver la insurrección en tus ojos.

Sabías de ante mano que no había otra solución, que todo pararía aquí como otras veces… Sí, como lo de Griselda, como lo del perro, el maldito perro faldero que tanto luchó por aullar –sin lograrlo– en el momento último de su degradada condición.

La otra vez me dijiste que fue un error de pulso emanado de tus manos. Un error de manos como éste que ahora me hace temblar el mismo pulso, porque, por más que te lo suplique, te resistes a abandonarme. De idéntica forma a las otras veces, porque no quieres dejarme aunque te lo ruegue llorosamente, aunque haga todo esto que estoy haciendo con mi propia tinta, como la tinta que tú intencionalmente derramaste ante la gente de la cola de espera esta mañana. La serpiente de ojos inyectados que por medio de un trance hipnótico suspende a su presa en el vacío, paralizándola, tornándola en una pétrea estatua gorgónica, antes de asestar el acre pinchazo final. Así como yo ahora, como tú lo creías, ansiabas y esperabas desde siempre, abro mis arterias de tinta roja –no azul, nunca azul, azul purísimo– para separarme eternamente de ti. Sabes que sin sombra ya nunca seré lo que fui. Y pensar que… cómo gozaste toda mi existencia en torturarme. LC

 

La laguna

 

EN EL RINCÓN más opaco del desván de la memoria –vago recuerdo inscrito en la pared de los sueños de nadie, grabado en la sentina del universo– se encuentra la laguna. Ahí duerme, abatida (como un antiguo espejo roto), desahuciada, tendida en cualquier sitio, abandonada por la indiferencia y el desdén de la vida.

…La laguna, vasija forjada con argenta arena, arcilla y salitre, sitiada por desérticas playas, páramos desoladores y agrietados muros de roca, tezontle, arena y caliza. Hoquedad horadada en el vientre terrestre. Recipiente precioso, suspendido en un tiempo sin tiempo, fuera del devenir humano.

Pintura desvaída; imagen difusa. Evanescente y misteriosa, hundida en los arrecifes etéreos del silencio. Falsa impresión. Mundo aparente. Sombra espectral. Acaso uno de los innumerables accesos al Hades; o una lápida acuática colocada sobre la boca del misterio.

También, se podría creer que es el cráter formado sobre la corteza terrestre por el impacto celeste de una estrella agónica, moribunda, caída de lo alto desde incontables milenios. Un fantasma ingrávido, ahíto de culpas, venido del espacio sideral. Un signo casi abstracto, indescifrable, incomprensible, arcaico; quizá, procedente de la nada, de la ausencia y el vacío.

…Sola, absolutamente sola, la laguna, entregada a su reposo rígido y severo, lacónico y carcelario, sin tregua. Entumecida y paralizada, quizá, por la orden irrestricta de una antigua sentencia; por un dictamen que nadie puede recordar. Sellada por una palabra impronunciable; por un secreto indecible, inviolable. Lacrada por una prohibición perpetua. Vigilada por un interdicto milenario, susurrado por alguien oculto en las acechantes sombras.

Reposa inmóvil, ausente de sí, ignorante de todo lo existente en derredor suyo; contenida en su indolente sueño de cristal encharcado. Huérfana en su espectral desamparo, yace ahí, con una calma deslumbrante, con una tranquilidad inaudita, sorprendente; incubando cada día, cada instante en el agua de su olvido, todos los miasmas de sus rencores, las huellas de las calamidades padecidas; heridas incurables; pústulas y dolencias; violencias soterradas y sin razones que, en su atrocidad, el caudal de la eternidad le incrustó.

En sus bordes (imprecisos, fragmentados, algebraicos) –¿quién los podría definir, medir, calcular?–, en fuga permanente, a la par terrenales y metafísicos, hay toda clase de formas intrincadas de extraña apariencia: rocas lustrosas y húmedas salpicadas de herrumbre, en las que se han arraigado férreamente una multitud de líquenes y musgos negruzcos, amarillentos, rosáceos y verdosos.

En las aguas de sus litorales (acumulados por los vendavales de periodos pretéritos) se ven flotando fragmentos de cosas ambiguas, diversas, deterioradas, manchadas y carcomidas, procedentes de múltiples lugares, épocas y rumbos. Por doquiera hay arremolinada yesca aglutinada que asemeja nidos putrefactos de serpientes, enjambres de diminutas y finísimas aparentes medusas marinas; viscosos fragmentos retorcidos de hueso y madera; restos de telas raídas, cadáveres de peces transparentes. Incluso, alguna cabeza cercenada del cuerpo de un muñeco, con su carita sonriente y maltratada –seguramente por manos inocentes–, en cuyo semblante (sin un ojo) resalta un agujero por el que se asoma la repugnante cola de una lombriz, junto a la pata peluda de, quizás, una cucaracha. Además hay basura infame y pestilente, pútrida, deleznable y maloliente, que el vaivén de una lánguida y perezosa marea, derrotada, estancada, inmisericorde, ha conducido hasta ahí.

A la distancia, tales cuerpos, objetos, volúmenes, texturas, parecen presencias inquietantes, monstruosas figuras; caparazones de antiquísimos animales muertos; piélagos conformados por la porquería dejada caer al vuelo por aves de carroña. Islotes de barro y excremento de fósiles marinos, emergidos de las oscuras e invisibles profundidades, hacia abajo, siempre más abajo, en el lecho fangoso contenido en el centro mismo de un inmenso, oceánico y vastísimo litoral.

Aquí y allá, junto a las escarpadas y salientes rocas, siempre amenazantes, peligrosas, o en las lejanas zonas pantanosas, también se divisan algunos promontorios y matorrales poblados de relucientes, irreales, fantásticas, aceradas, casi petrificadas plantas acuáticas. Hojas inmensas meciéndose como desnudas y rotas banderas después de una cruenta batalla; palmas gigantescas, agresivas, izadas sobre sus erectos tallos rugosos y cafés. Serpenteantes y profusas hiedras, encaramadas sobre restos de árboles, atizados por el fragor de un rayo incontrolable; enmohecidos y caídos. Enredaderas rampantes y trepadoras, profusas y multiformes. Maleza indómita con un aire maligno. Exóticos helechos crecidos entre madreselvas y bellísimos lirios, níveos lirios, casi translúcidos; gráciles y elegantes lirios, luctuosos lirios colocados, aquí y allá, en un caprichoso desorden por los designios de una poderosa naturaleza o la voluble ocurrencia del ciego azar.

Más allá, a la distancia, a lo lejos, donde se pierde la línea del horizonte y la laguna se confunde con los cerros del poniente, si se hace un esfuerzo, se pueden atisbar los confines de tal mundo increíble. Ahí, precisamente ahí, en la orilla pendenciera, rocosa y agrietada, unas veces fangosa y otras agreste, se perfila una hilera de árboles inmensos, asentados en el límite del estanque tornasolado.

En ocasiones, esos gigantescos árboles fulgurantes, increíblemente matizados por la luz sangrienta y mortecina de la tarde, aparecen perfilados sobre la pantalla del fondo de la escena, contrastados con el fondo maravilloso, azul plomizo, grisáceo del cielo, y aparentemente incendiados por el ocaso del mechero celeste. Recortados cual siluetas chinescas, el grupo de árboles –espejismo y ensueño– de pronto parecen el perfil de un cortejo de seres inmensos: casta de guerreros dolientes, solemnes y majestuosos, que, en el instante exacto en que caen las sombras de la poderosa noche, parecen avanzar allá, sin rumbo fijo, ejecutando un ritual misterioso, mágico, en el que simbólicamente reverencian el nacimiento de la devoradora fuerza nocturna del planeta. Con gesto hierático, sacerdotal, sacralizan la trágica muerte del fuego ígneo, la luz, el sol, y solemnizan la eterna aparición de una luna deslumbrante y plateada.

En la filigrana de sombras y tenues luces difuminadas casi hasta desvanecerse en el viento alucinante, la superficie de la laguna, ahora plateada por la luz de la triforme Hécate, en argentina fiesta, antes de que caiga la avasallante noche, recobra por un momento algo de su esplendor perdido –visión con toques de manchas violáceas, ambarinas y rojizas–. Luego, sin más ni más, se sumerge en la absoluta oscuridad y se transfigura en un retablo, casi místico, bañado por una angustiante negrura.

Al instante, la densidad del espacio intensifica el silencio. Nada, absolutamente nada se escucha en toda la gélida comarca; mas si se pone atención, es posible percibir, por un segundo, el pausado reflujo de las mustias olas y el monótono lamento proveniente del acoso del agua pesada sobre el cordón del litoral.

Junto al denso mascullar del silencio se puede escuchar el susurro inaudible del reposo perenne de los cuerpos yacientes en el fondo de la presa; cuerpos inmóviles, rígidos, centenares de cuerpos dormidos en el fondo de un sueño sin tregua. Brazos, piernas y manos transparentes y desprendidos de sus cuerpos originales. Rostros deformes y mancillados por el estrago de un tiempo acuoso, cuencas vacías, gestos en los que las interrogantes vitales de la vida han cesado para siempre. Pies y manos desprendidos de los cuerpos como si hubiesen sido tasajeados por violentas y poderosas, terroríficas y brutales manos asesinas. Incluso lazos atados a los cuellos; también cadenas suspendidas de los tobillos a alguna otra parte de los dolientes cuerpos.

Cuerpos que, en su aparente calma, musitan el sonido tenue de esa ráfaga de aire finísimo que les sacó del cuerpo el alma, que los lanzó a las entrañas de la laguna y al rincón más opaco del desván de la memoria, que los volvió un signo misterioso, indescifrable, grabado en el etéreo espacio de la muerte, la noche, el polvo de la eternidad y el agua salitrosa del olvido. LC


 
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