Massimo
Bontempelli

 

El secreto

Canuto piensa que cincuenta años son toda una vida. Una vida que él comenzó con un acto de vileza. Los primeros veinticinco años no cuentan: pertenecen a una vida atolondrada que es preciso desechar para luego empezar a vivir en serio. Y Canuto la desechó con un acto vil que lo alejó de su pueblo. Ya transcurrieron cincuenta años de vida seria, trabajando, enriqueciéndose y arruinándose; y a trabajar de nuevo, para enriquecerse y arruinarse una y otra vez.

Ahora tiene setenta y cinco años y vuelve a su patria. Durante medio siglo no le fue difícil olvidarse del pasado. Pero ahora vuelve a pensar en aquel lejano tiempo de su partida, cuando tenía veinticinco años y estaba a punto de casarse con Hilaria, de veintidós, que era tan hermosa. Un día antes de la realización de la boda Canuto fue presa del miedo y, de pronto, se dio cuenta de que ya no estaba enamorado, de que se habían extinguido en sus adentros todas las ambiciones amorosas que con tanto esfuerzo dominara poco antes. Le pareció que la inminente boda era un abismo que se abría a sus pies. Y le dio la espalda al abismo. Esa misma mañana preparó su partida, de prisa y a hurtadillas, como si se tratara de una fuga. Mandó su equipaje a un pueblo cercano y, antes de ir por él, dirigió sus pasos a la casa de Hilaria, dispuesto a comunicarle su decisión. Canuto iba pensando: "Tal vez Hilaria me mate. Es capaz. Ya veremos."

Al aproximarse a la casa de ella –en las afueras del pueblo, en un grupo de casas situado en una falda del monte–, vio que el lugar estaba desierto y bañado por el sol. Vio de nuevo aquella ventana, sintiendo que un nudo le cerraba la garganta. Con el propósito de recobrar el aliento, se sentó sobre una piedra que había cerca de un muro. Oyó ruidos en lo alto de la pared que tenía enfrente. Y se abrió la ventana de Hilaria. El follaje de una rama le permitía ver sin ser visto. Ella apareció en la ventana. Sus desnudos brazos resplandecían; palmeaba las manos, como si fuera un niño. Luego, dirigiéndose a alguien que debía estar en alguna ventana de enfrente, Hilaria gritó:

–¡Mañana me caso, mañana! ¡Estoy muy feliz…!

Y luego empezó a cantar.

Canuto se acobardó. En cuanto Hilaria se hubo retirado, salió huyendo hacia el pueblo cercano, y desde ahí le envió una carta de despedida; abordó el tren sin dejar ningún rastro de sí. Llegó a un puerto y se embarcó, tomando el rumbo de América del Norte, donde vivió cincuenta años.

Por algún tiempo no volvió a saber nada de ella. Dos años más tarde, un paisano suyo –que también había atravesado el océano en busca de fortuna– le dijo que Hilaria había estado luchando entre la vida y la muerte, y que después de eso se había apoderado de ella una especie de locura mansa, la cual le hizo creer que se hallaba siempre en la víspera de su boda, y que esa demencia la salvó. Pasó el tiempo y se fueron muriendo, uno tras otro, los parientes que Canuto dejara en el pueblo. Transcurrieron los años, los decenios.

A los setenta y cinco años de edad, Canuto regresa al pueblo. Piensa en que Hilaria, si no ha muerto, tiene ahora setenta y dos.

La estación del pueblo es nueva, y nuevo el hotel donde se aloja –nadie reconoció su nombre–; nuevas las calles por donde anduvo caminando al azar. No pudo hallar la casa donde nació y vivió hasta los veinticinco años. Pasado el mediodía, Canuto atravesó la última parte del pueblo para dirigirse hacia el monte. Guió sus pasos hacia el campo, donde estaba un grupo de casas, una de las cuales había sido la de Hilaria. El lugar no parecía haber cambiado mucho. El corazón de Canuto palpitaba con violencia. Al acercarse vio de nuevo la misma ventana, sintiendo que se le hinchaba el corazón, que le ardía la garganta. Vio la misma piedra en que estuvo sentado el último día de su vida en el pueblo, cuando pudo ver a Hilaria sin que ella lo viera. Se sentó en la misma piedra y miró un buen rato la ventana.

No sabe cuánto tiempo lleva sentado allí; tal vez unos cuantos minutos bajo el sol de mayo, con los ojos fijos en esa ventana. De pronto escucha un ruido y ve que se abre la ventana.

En ella aparece una muchacha. Canuto reprime el violento deseo de gritar: "¡Hilaria!" Es muy hermosa, sus largas trenzas le quemarían las manos a quien las tocara, y sus desnudos brazos resplandecen como los de Hilaria en otros tiempos. La muchacha bate las palmas de las manos como si fuera un niño. Luego, dirigiéndose a alguien que debe de estar en una ventana de enfrente, le dice, gritando:

–¡Mañana me caso, mañana! ¡Estoy muy feliz…!

Y empieza a cantar.

Canuto apretó sus manos contra sus ojos, como si quisiera mandarlos al fondo de sí mismo. Volvió a mirar, temblando de miedo. Era ella. La muchacha se alejó de la ventana, pero aún podía oírse su canto lleno de alegría.

"No es alucinación", pensó Canuto. "Una nieta de Hilaria, de seguro. Lo asombroso es que se case mañana, que lo anuncie del mismo modo que lo hizo Hilaria."

Se propuso mantenerse tranquilo. Subió las escaleras y tocó a la puerta, decidido.

Salió a abrirle la misma muchacha que acababa de ver en la ventana. Aun de cerca, el parecido era extraordinario. Y él, que había preparado mentalmente las palabras, le dijo con franqueza:

–Acabo de llegar… Soy un viejo amigo de la familia.

La joven lo interrumpió, sin mostrar ningún asombro, y, con espíritu jovial, le dijo:

–Pase usted, pase usted. Mil gracias por venir a mi boda. Pero haga el favor de pasar. ¡Estoy muy feliz!

Los mismos ojos, la misma voz. Las mismas facciones de aquella mujer, de la abuela. Y le preguntó:

–¿Cómo se llama usted, señorita?

–¿No sabe cómo me llamo? Me llamo Hilaria.

Y con el mismo nombre de la abuela. Canuto empalidece. Quiere saber si aún vive la abuela. Y le pregunta:

–¿Cuántos años tiene usted, señorita?

–Veintidós. ¿Cómo es que sabe usted que me caso mañana?

En vez de responder, Canuto le pregunta:

–¿Cómo se llama el prometido?

Hilaria se ilumina de felicidad:

–Tiene un nombre muy bello: el nombre de un gran rey, de un antiguo rey de Dinamarca. Se llama Canuto.

Para no caer, Canuto se apoyó de inmediato en el brazo de un sillón, mientras sentía que un gran zumbido le barrenaba la cabeza. La muchacha no se dio cuenta del malestar de Canuto. Ligera como una nube, corrió hacia una de las ventanas por donde entraba el sol a torrentes, y, gritando, le dijo a alguien:

–¡Mañana me caso, mañana! ¡Estoy muy feliz…!

Se alejó de la ventana para entrar en otro cuarto, cantando.

En ese momento se abrió una puerta y entró una anciana. Canuto le dijo, tartamudeando:

–Soy un viejo amigo de la casa… Vengo de muy lejos… Estuve lejos del pueblo durante muchos años, muchos años… La familia…

–¡Oh, señor! –gimió la mujer–. Ya no queda nadie de la vieja familia, sólo ella –y señaló con un movimiento de cabeza el otro cuarto, del cual llegaban las notas más agudas de aquel canto de alegría–. Soy una sobrina lejana. Siendo todavía muy joven, vine a vivir aquí con la tía, para cuidarla…

–¿La tía?

–Sí; la tía Hilaria. ¿No la vio usted? Hace muchos años sufrió una pena muy grande. El novio la abandonó un día antes de su boda… y ella se volvió loca.

–Pero… ¿esta jovencita?

–Es la tía Hilaria. Tiene setenta y dos años, pero nunca ha podido recuperarse desde aquel día. Ya pasaron cincuenta años y ella sigue creyendo que aquel día no se acaba, que va a casarse al día siguiente. Por eso parece tener la misma edad que tenía entonces. Yo no sabría cómo explicarle…

Canuto no le respondió. Estaba temblando. Y se alejó de allí sin volver a mirar la ventana de Hilaria, de la Hilaria que supo suprimir el tiempo en sí misma, y que, sin ayuda alguna, había descubierto el desesperado secreto de la juventud.

MASSIMO BONTEMPELLI nació en Como el 12 de mayo de 1878; su vida se apagó el 21 de julio de 1960, tras una larga enfermedad que lo obligó a renunciar a la creación literaria. En 1926 fundó, con Curzio Malaparte, la revista 900, que suscitó de inmediato acaloradas polémicas en los círculos literarios.

Además de su larga trayectoria de poeta, crítico, dramaturgo y periodista, la mejor parte de su obra pertenece a la narrativa, género que enriqueció con su peculiar ironía y pureza estilística en el descubrimiento de nuevos filones de lo irreal y de lo extraordinario, inextricablemente unidos a la sencillez de los hechos cotidianos. Bontempelli analiza la realidad como generadora de lo insólito, de lo que él acuñó como "realismo mágico".

De entre sus 25 libros de cuentos y novelas, destacan Settesavi (1912); La vita intensa (1920); La vita operosa (1921); La scacchiera davanti lo specchio (1922); Il figlio di due madri (1929) y L'amante fedele (1953), del cual presentamos este cuento. LC

Guillermo Fernández


 
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