Carlos A. Gadea

 

Vanguardias político-culturales y la prehistoria de lo posmoderno en América Latina

En las discusiones que emergieron sobre lo moderno y lo posmoderno en América Latina se ha establecido una especie de consenso acerca de que las categorías analíticas utilizadas fueron originadas y lanzadas desde Europa y los Estados Unidos, relativizando, así, su legitimidad para su aplicación en el heterogéneo contexto latinoamericano. Puede, en parte, estar acertada dicha apreciación. No obstante, el carácter interactivo y relacional de lo que define lo posmoderno, sugiere que sus implicaciones y contenidos son re-semantizados constantemente en las sociabilidades.

Si la modernidad es un fenómeno originalmente europeo, lo posmoderno o la posmodernidad no tiene un origen único. Frente a esto, algunos analistas se han visto paralizados a la hora de comprender el sentido y significado de lo posmoderno, aludiendo, simplemente, al carácter heterogéneo, híbrido y fragmentado de la realidad latinoamericana. Poco parece advertirse mediante tales conceptos. Poco parece distinguirse de lo que caracterizaría el propio devenir histórico de América Latina. Híbridos o "mezclados culturalmente" desde siempre, los latinoamericanos parece que fueran posmodernos "avant la lettre", desde el mismo choque cultural entre europeos e indígenas. Afirmaciones como estas, además de banalizar al propio debate y al concepto "posmodernidad", reducen y limitan lo que actualmente se podría afirmar sobre este debate y su recontextualización analítica en América Latina. Debe tenerse en cuenta que lo posmoderno no es únicamente análogo a la heterogeneidad social o el hibridismo cultural. Estas premisas no son la conclusión final del debate sobre el tema, sino las que permiten su eventual comienzo.

Lo que ha sucedido, es que para poder someter a crítica la modernidad y distinguir lo supuestamente posmoderno, dos aspectos no fueron suficientemente precisados. Por un lado, no se ha hecho énfasis en que lo posmoderno representa una re-utilización del valor transgresor de la crítica a la modernidad, de la crítica a los enclaves institucionales y normativos que parecen persistir a pesar de su creciente deslegitimación. Interesa destacar aquellos procesos que hacen referencia al "disciplinamiento", formalización, uniformización e institucionalización de experiencias sociales y culturales. Por otro lado, ha resultado escasa la contextualización sociocultural, así como los antecedentes históricos, del clima o ambiente entendible como posmoderno. Sin esto, dicho concepto resurge en las miradas de las sociedades latinoamericanas como algo ajeno a su realidad, propio de contextos culturales diferentes, ya sea el europeo o el norteamericano. Lo que resulta imprescindible es, entonces, abordar ambos elementos de análisis para poder comprender la especificidad de lo posmoderno latinoamericano, así como para comprender la dinámica sociocultural que daría pauta al origen de un "estado de ánimo" o sensibilidad posmoderna.

En este sentido, la tesis central es que los movimientos y procesos políticos, sociabilidades y expresiones culturales y estéticas de los años '70 y '80 pueden considerarse los eventuales antecedentes de la estética y discursividad de lo posmoderno en el complejo escenario latinoamericano.

No ha sido la efervescencia social de los años '60, a partir de la visible alianza entre la vanguardia cultural y la vanguardia política, la que habría generado un ambiente cultural definible como supuestamente posmoderno. Han sido las contradictorias sociabilidades propias de regímenes políticos y ambientes socioculturales autoritarios de los años '70, así como las que emergieron en torno a la democratización política durante los años '80, las que pueden considerarse antecedentes más próximas de la supuesta condición posmoderna en América Latina.

Los años '60 estuvieron caracterizados por un imaginario temporal que mostró un poderoso sentido del futuro y de las nuevas fronteras políticas, de ruptura y de discontinuidad, de crisis y de conflicto generacional, un imaginario cultural que pretendía trascender las particularidades históricas de cada país o región latinoamericana. En la vertiente política más radical (por ejemplo en las guerrillas) o en movimientos sociales con expresividades diferentes (de estudiantes, de derechos humanos, etcétera) era posible constatar que los fundamentos de auto-referencia colectiva y de las diferentes sociabilidades consecuentes se encontraban en el significado de la revolución cubana de 1959, en las luchas guerrilleras del Che Guevara, en el anti-imperialismo norteamericano y en el rechazo al poder generado por cierto conservadurismo político a la latinoamericana. La coyuntura histórica de los años '60 tornaba específicamente latinoamericana a esta vanguardia política, con un vocabulario de formas y técnicas estéticas radicalmente nuevo, en notoria ruptura con la nomenclatura política y cultural de generaciones anteriores. Al mismo tiempo, dejaba al descubierto una cierta homogeneidad en la forma que era comprendido el ambiente político y cultural de aquellos años, sus desafíos inminentes y sus impostergables necesidades.

Puede percibirse que existe una clara sobredimensión de lo político como ámbito aglutinador de la vida social. Quizá los años '60, como comúnmente se han representado, posibilitan una analogía entre vida social y actividad política, entre vida cotidiana y cultura de la militancia de izquierda. Esto, sin duda, no pretende desconsiderar otras formas de sociabilidades que se presentaban en aquellos años, pero interesante resulta resaltar el peso y la importancia que tenía el posicionamiento frente a los grandes temas políticos que circundaban la cotidianeidad de los latinoamericanos, desde México hasta Argentina, Brasil y Cuba. Todos aquellos temas y cuestiones socioculturales que representaron la vanguardia cultural en la década de los '50 (por ejemplo, el movimiento de teatro independiente) llegan a su madurez en los años '60.

Lo que se estaba planteando en términos de cambio cultural deviene en una masificación creciente y una politización notoriamente orientada por los destinos de los movimientos de izquierda política, movimientos que deben insertarse en un ambiente ideológico de caracter global. Los diversos movimientos políticos, juveniles o de trabajadores, parecían poseer un sentido de identidad más allá de fronteras nacionales o culturales, ya que todos parecían circunscritos a preocupaciones ideológicas y políticas estructuradoras de la heterogénea izquierda política latinoamericana (sin con esto pretender negar la fructífera presencia de una contracultura desligada a tales preocupaciones, como bien lo constata José Agustín para el caso del México de fines de los '50 y los años '60). En esto reside el fundamento por considerar la alianza fortuita en los años '60 de las vanguardias culturales con las políticas, vanguardias culturales profundamente complejas y diversificadas, y en cuyo propio desarrollo también se estaban presentando, en algunos casos, gérmenes de una crítica social que posteriormente tomarían forma en cuestiones en torno a las identidades sexuales y de género. No así, permanecían en estado de latencia, subyacentes y subordinadas, ya que podría caracterizarse a los años '60, de forma general, por la amplia incorporación del espacio de lo político-ideológico en la cotidianeidad de las personas.

Es justamente esta asociación con lo político lo que termina alejando a la perspectiva posmoderna actual, si es definida como consecuencia o producto eventual de aquel ambiente sociocultural de los años '60. Este alejamiento deslegitimaría toda supuesta analogía de lo posmoderno de los años '80 y '90 con una excesiva centralidad de lo político. Referirse de forma negativa a jóvenes conservadores, apolíticos e indiferentes, sumergidos en una crisis de la militancia de izquierda es suponer un apriorismo analítico y de concreta observación de la realidad profundamente reduccionista de las implicaciones de lo posmoderno en América Latina.

Si esto fuera todo lo que se pudiera afirmar sobre lo posmoderno, no valdría la pena considerarlo como una expresión cultural específica, "estado de ánimo", sensibilidad e, incluso, como marco epistemológico determinado. Uno podría quedarse paralizado y adherir a aquellos diagnósticos que lamentan la pérdida de calidad de la vida política y social y proclaman la crisis del potencial crítico de la política y la cultura desde los años '60. Para estas perspectivas, los años '70 estarían definidos como una especie de "edad media" entre los agitados años '60 y el renacimiento político de los años '80. Es una visión ligada a una teleología de la política moderna, y cuyo mensaje subyacente es la ideología de la modernización, la que caracteriza tales posturas. Y es esta teleología e ideología de la modernización la que resulta crecientemente problemática en cuanto a su capacidad descriptiva de los fenómenos políticos y culturales de las últimas cuatro décadas en América Latina.

La tendencia "populista" de los años '60, con su preconización de la "música popular", la "literatura de protesta" y un imaginario cotidiano repleto de referencias a la "emancipación social", obtuvo una gran parte de su energía en el abandono casi total de una tradición política e institucional en grave crisis de legitimidad. El ataque a las instituciones políticas y culturales y a los modos tradicionales de representación presuponían un accionar político que jugaba un papel central como legitimador del propio poder social.

El atrevimiento de la vanguardia política de los años '60 consistía en desmitificar y desgastar el discurso legitimador de la política de élite, entendida como profundamente dependiente de un poder hegemónico norteamericano. La música, la literatura, el arte, también parecían sumarse a esta tendencia histórica por rechazar y criticar una cierta visión moderna de la política y la cultura, una especie de modernismo elitista, autoritario e institucionalizado. Parece evidente que la característica de los años '60 es la reacción y oposición a determinados paradigmas modernos en la política y modernistas en la cultura, aportando un compendio de nuevos códigos políticos y sociales, nuevos símbolos culturales y una mayor apertura institucional a nuevas construcciones de la realidad. La reacción a una concreta institucionalización política y social era acompañada de un optimismo y creciente confianza en el potencial transgresor de la vanguardia política, signo distintivo del ambiente cultural de aquellos años.

Lo que justamente comenzará a desaparecer en el gesto crítico de los años '80 es el acompañamiento de esta confianza en las vanguardias. Es la creciente desilusión lo que marcará la división temporal y epistémica entre el modernismo radical de los años '60 con el advenimiento de lo posmoderno en los años '70 y '80 en América Latina. Va a ser en el contexto de los regímenes políticos autoritarios en varios países durante los años '70 (por ejemplo en Uruguay, Chile, Argentina y Brasil) donde se visualiza la transición hacia un creciente interés por la manipulación de los códigos culturales preexistentes y la re-escenificación de viejas fórmulas y formas culturales. Es decir, la socialización y los mecanismos de internalización de reglas sociales ofrecidos durante los modelos políticos autoritarios, en vez de intensificar un rechazo "modernista" a la institucionalidad política fueron configurando una sensibilidad generacional lo suficientemente alejada del potencial crítico de los años '60 como para asumirse un modelo de crítica cultural basado en el abandono de la vieja militancia organizada jerárquicamente y una resistencia y negación al status quo redefinidas en términos no vanguardistas. El espacio de la política se desmitificaba, sin que representase una pérdida de su terreno. Contrariamente, se redimensionaban sus fronteras, no desaparecía, aunque comenzaba a presenciar el paulatino desligamiento del espacio de la cultura otrora subordinado a sus contornos. En los años '70 y '80, ese mundo políticamente unificado comienza a desparecer.

Así como el radicalismo político de los años '60 siguió al fracaso de los modelos modernizadores, supuestamente igualitaristas e integradores de décadas anteriores, así también los recursos culturales y sociales autoritarios y uniformizadores de los años '70 dieron lugar a nuevas experiencias contraculturales en los años '80. La escisión de las vanguardias políticas y culturales es, en principio, producto del clima sociocultural y político propio de los años en que las sociabilidades en varios países latinoamericanos estuvieron pautadas por el control, el miedo, la disciplina, la uniformidad cultural y el autoritarismo político. Ante tal ambiente, "islas de resistencias" políticas y culturales fueron tomando forma y manifestándose en notoria oposición a los ritmos sociales impuestos desde una cierta élite autoritaria. Al mismo tiempo, durante los años '70 va configurándose un cambio en las motivaciones, un poco por obra de la clandestinidad política y la represión, y otro poco por la pérdida de centralidad de lo político, profundamente herido y deslegitimado. En concreto, los años '70 e inicios de los '80 son los del fin del consenso sobre la "verdad moral" y de su consecuente promesa de abundancia material. Por otro lado, son los años de un hedonismo identificado con aquellas tendencias culturales que no prefieren esperar de las energías de organización política la elaboración de ambientes más "cálidos" de interrelación social. Micro-ambientes sociales en torno de estilos musicales y estéticos como el punk rock, el heavy metal y el reggae, profundamente resemantizados en latinoamérica, además de la "comunión ética" generada, por ejemplo, en torno al consumo de marihuana, pueden ser visibles expresiones culturales que condujeron ese cambio en las motivaciones de ciertas sociabilidades a fines de los años '70 y primera mitad de los años '80. Indudablemente, estas son tendencias incipientes en el policromático escenario latinoamericano (aunque medianamente perceptibles en su faceta psicológica), que sí adquirirán contenido y forma más explícita durante los años '90. Sin embargo, actualmente parecen carecer de cualquier significación asociada a la radicalidad estética y política, tal cual sus orígenes "éticos". La difusión y "mercantilización" de sus postulados y el eventual "desgaste" por su propio agotamiento han determinado que su escenificación (cuando se hace presente) no sea otra cosa que una performance más en el caleidoscópico universo socio-cultural. Significado y significante se divorcian.

Una creciente burocratización de la vida social invadió los templos individualistas de aquellos años setenta. Esta característica condujo a que los supuestos nuevos horizontes políticos se demostraran ilusorios y los viejos sumergidos en la apatía y la indiferencia. Claro está que un elevado número de jóvenes permanecía socializado en torno a ciertas posturas políticas, principalmente aquellos en cuyo entorno familiar existía una tradición política más o menos activa y sólida. No obstante, el impulso de lo político que había caracterizado a los años '60, y que reaparecerá transformado notoriamente en los años '80, quedó oscurecido en la década de los '70, período fundamentalmente de conservadurismo político y de desconcierto cultural. Políticamente, fue un período de desilusión. Comenzó a entenderse que las viejas ideas políticas del movimiento radical se habían agotado y ya no tenían el poder de despertar adhesiones sólidas. Los códigos de comportamiento que ampliamente se transmitían durante los años '70 no parecieron permitir, como contrapartida, ningún punto positivo que ocupara ese vacío de radicalidad. Sin embargo, aunque las esperanzas políticas radicales quedaron momentáneamente ausentes, la postura cultural básica adquiere autonomía y sigue actuando, con su lógica interna, en función al rechazo a los valores moralistas y represores, anti-juveniles y "caretas", que se presentaban como hegemónicos y legítimos. En América Latina, la continuidad del radicalismo en los años '70 y comienzos de los '80 fue posible, no por la política, sino por la cultura. Se llega a comprender, entonces, que en los años '80 se materializan nuevos contenidos políticos, principalmente en torno a los procesos de democratización, entrelazados con el surgimiento de temas, problemáticas y sujetos culturales generados durante sociabilidades altamente estigmatizadas con el control, la disciplina y la obsesión por la uniformidad.

Los años '80 son más entendibles como producto de los anteriores años de disciplinamiento social que como revitalización fortuita de temas y acciones políticas propias de la década de los '60. Si bien resurgen los mecanismos discursivos utilizados por aquellos años, éstos aparecen connotando una serie de nuevas cuestiones culturales y generacionales. Si se considera el caso uruguayo, se podría afirmar, junto con Perelli y Rial (1986: 34), que los

actores preconstituidos, los existentes antes de la instalación del régimen autoritario, y aquellos que pervivieron durante él, se niegan a cambiar su vieja identidad. Sus referentes, sus mitos, su imaginario social intentan perdurar. Sin embargo, han cambiado la cara y la acentuación.

Lo más destacable es que, junto a esta aparente inmovilidad, los grupos de jóvenes que aparecieron en las etapas finales de las "transiciones democráticas" no parecían manifestarse totalmente en el campo político, como tal vez fue esperado, sino en el campo cultural. Esta especie de abandono o ruptura la van a protagonizar quienes habían sido, por ejemplo, instruidos en un sistema educativo autoritario y uniformizador durante los años '70 y primera mitad de los '80, a los que Perelli y Rial (Ibid.: 104) denominaron "dionisíacos". Estos representan una reacción a la "sobriedad cultural" de las generaciones anteriores (muchas veces en concordancia con los modelos autoritarios), en una intención por manifestar sus valores culturales: énfasis en la calidad de vida cotidiana, en la participación, en la expresión sin restricciones normativas, en la tolerancia individual y grupal, y una negación de la uniformidad social.

Análogamente a lo manifestado por Bayce (1989: 76), pueden considerarse pertenecientes a una generación que vio el fracaso acumulado de la democracia política (a través de los diagnósticos de sus mayores), de las consecuencias del intento de la izquierda armada, del modelo disciplinador y uniformizador de los regímenes políticos autoritarios, así como de los procesos de apertura política y transición hacia la democracia, por ejemplo, en aquellos países donde existían dictaduras militares. Si algo caracterizaba esta generación era la consciente ausencia de modelos socioculturales a priori, apelando a una actitud de desencanto y desconfianza hacia ellos. En Argentina, Chile y Uruguay, los años de la "transición democrática" durante la década de los '80 potencializaron esta característica, al materializarse dicho desencanto en las consecuencias culturales y sociales de nuevas campañas represivas y policiales contra ciertos jóvenes que, aparentemente, ni siquiera parecían ser encuadrables en la "nueva situación social". De forma no menos curiosa,

será la delincuencia y el consumo de drogas la excusa para declarar a los jóvenes como grupo de riesgo peligroso para la sociedad panóptica […]. Detenciones masivas de jóvenes, básicamente varones, básicamente adolescentes, básicamente de los subgrupos que lucen una apariencia alternativa […] (1989: 79)

Más allá de la previsible efervescencia política posterior a la distensión institucional, la "apertura democrática", paradójicamente, resultó incapaz de generar un clima sociocultural tolerante y plural, ya que continuarían siendo los tradicionales canales político-institucionales de expresión los mayormente existentes, tal cual puede ser observado en el caso de Uruguay. Los problemas y "desencantos" con el proceso de democratización se refieren a la

incapacidad y los intereses prácticos de un sistema político que no encontró nada mejor que tratar de acomodar la "nueva situación social" en la antigua normatividad e institucionalidad política, en lugar de intentar generar una nueva normatividad para la nueva situación real de poder […] (Krischke & Gadea, 2000)

Posteriormente al "panóptico" de modelos sociales autoritarios se expresan este tipo de procesos culturales y políticos profundamente significativos para comprender las formas de sociabilidades en los años '90. Si bien la inflexión de los años '80 estuvo definida por una cierta efervescencia política, ésta, inmediatamente, se convirtió en incertidumbre. No obstante, los años '70 consolidaron una dinámica cultural interesante, que incluso mantiene sus influencias en la actualidad y que, concretamente, adquiere forma en la específica posmodernidad latinoamericana.

La "cultura del miedo", característica de los años '70 y primera mitad de los '80, resulta ser un elemento fundamental para comprender los vestigios de posmodernidad en las sociabilidades latinoamericanas. Por ejemplo, desde México, pasando por Perú y Chile, hasta llegar a Uruguay, Argentina y Brasil, la "célula familiar" había operado como su más visible reproductora. Más allá de si fue algo voluntario o no, y frente a la amenaza del control autoritario-estatal, el "mundo adulto", responsable de la reproducción familiar, tendió a replegarse hacia los límites reconfigurados de la familia y del hogar, asumiendo (y transmitiendo) los comportamientos externos coercitivamente exigidos. Es de esta manera como el "mundo adulto", los padres de familia, introducen los dispositivos de control y represión al seno del hogar. Previsiblemente, esto conllevó cierta fractura de algunos canales de comunicación intergeneracionales, producto, sin duda, de las dificultades en la comunicación ocasionadas por el sentimiento paranoide de vivir constantemente amenazado. Si bien esta misma situación condujo a un fortalecimiento de la familia en tanto núcleo afectivo en el que se alimentan las sociabilidades cotidianas, la amenaza, la violencia y el control traducen una sensación constante de incertidumbre con relación a los límites de lo que es legítimo y lo que no lo es, y en cuanto a un orden específico normativo y su jerarquía de valoraciones morales y políticas.

Es esta incertidumbre, en parte, la que incide en la vulnerabilidad de los grupos de jóvenes socializados bajo este clima sociocultural. Y es a partir de ella, de las diversas tensiones que ha generado, donde aparece el contra-discurso de la familia atrincherada por el miedo, la inseguridad y la desconfianza, contra-discurso en que habrán de socializarse los más jóvenes, aquellos que vivirán, posteriormente, el "despertar democrático" o la supuesta finalización de los modelos autoritarios con una significativa dosis de escepticismo y distanciamiento irónico.

A mediados de los años '80, ciertos principios básicos de los años precedentes comenzaban a desaparecer o bien se habían transformado. Las posturas de las vanguardias políticas y culturales resultaron vacías y caducas, a partir de que su creciente circulación (y mercantilización) les privaba de su condición de vanguardia. Era fácil observar que los años '60 se habían terminado. Pero resulta más difícil definir los contornos de la actualidad sociocultural aparentemente más dispersa y fragmentada que la de los años '60. Puede decirse, por ejemplo, que las luchas contra las presiones normativas de los modelos autoritarios y uniformizadores habían finalmente triunfado. Asimismo, mientras que los años '60, '70 y '80 todavía podían explicarse en términos de una secuencia lógica e histórica de acontecimientos o ambientes socioculturales, estas distinciones fueron perdiendo fuerza durante los años '90. Estos años parecen caracterizarse por una mayor dispersión, diseminación y fragmentación de las sociabilidades, a partir de la deslegitimación de los modelos socioculturales anteriores y las eventuales fusiones de ellos de forma aleatoria, desordenada y no jerárquica. Así, la lógica de la vanguardia se torna contrasentido. Al no reivindicarse un pasado al que supuestamente se quiera recuperar, o un futuro que se quiera construir, lo que se expresa es la ausencia de la vanguardia, ya sea política o cultural.

A fines de los años '80 y comienzos de los años '90 se expresa una tendencia de sociabilidades claramente neo-tribal en su forma y presentista en su contenido. Las "barras de amigos" de las esquinas de medios urbanos medianos (aquellos que aún permitían mayores puntos de contactos entre los diferentes grupos) eran propias de sociabilidades poco interiorizadas con nociones como progreso y futuro. Había una preeminencia del presente, algo que denotaba, asimismo, una energía social poco vinculada con los destinos políticos, públicos y colectivos. No era un retiro hacia un nuevo individualismo lo que estaba manifestándose, sino una sociabilidad que hacía del "encuentro casual" o la salida de fin de semana motivos de su existencia.

Las preocupaciones cotidianas y los anhelos personales eran exhibidos en aquellos espacios estéticos reducidos. Al mismo tiempo, lo político parece mezclarse muy poco en este contexto, si bien eran momentos del retorno de las actividades políticas que acompañaban a los procesos de democratización social y apertura cultural. Se puede afirmar que había una diversidad de movimientos en los años '90, pero éstos eran "invisibles" porque eran, fundamentalmente, interpersonales y psicológicos. Es esta tendencia neo-tribal, de la vivencia en pequeños espacios temporales y culturales lo que caracterizaría el ambiente de los años posteriores a los modelos sociales autoritarios y uniformizadores. Vivir el ahora estaba a la orden del día. Nada podía opacar esta minimalista certeza.

Concretamente, en América Latina (atendiendo a los procesos históricos particulares en cada región) lo posmoderno se caracteriza por posicionarse ante una dinámica moderna que radicalizó los procesos de racionalizacion social, de control político, de instalación de reglas y disciplinamiento de los comportamientos. Hay un esfuerzo por desafiar y pretender desligarse del mito del autoritarismo estatal y sus diversos dispositivos de regulación social y cultural, inclusive bajo modelos democratizadores en las relaciones sociales. En tales términos, lo posmoderno, como fenómeno sociocultural, resulta "crítico". Sin duda que sí, aunque denote ambiguedad al no corresponderse con la lógica de la vanguardia. Pero la búsqueda de respuestas requeriría de un nuevo análisis.

Junto a los procesos políticos y sociales de los años '80, esta caracterización es la que permite diferenciar lo posmoderno en América Latina del que se expresa en los contextos europeo y norteamericano. A pesar de poseer bases similares, lo posmoderno en la teoría parece ir evolucionando de forma diferente en América Latina, y esto se debe a que la situación posmoderna no es la misma. Observemos, por ejemplo, que mientras jóvenes europeos parecen beber de la fuente de una modernidad todavía bondadosa en varios aspectos, en un gesto de recreación de los valores y estética de la radicalidad política y cultural de momentos pasados (lógica de la vanguardia), en el diverso escenario latinoamericano continúan y se intensifican las ironías hacia ese tipo de reacciones y actitudes. Tal vez, a través de esto, es posible comprender lo posmoderno en América Latina como de una mayor complejidad que como se expresa en otros contextos históricos y ambientes socioculturales. LC

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