Umberto Saba

 

Ciudad Vieja

A menudo, cuando regreso a casa,
tomo una oscura calle de la ciudad vieja.
En un charco se refleja un farol
amarillento, y hay bullicio en la calle.

Aquí, entre gente que viene y que va
de la fonda a su casa o al lupanar,
donde hombres y mercancías son despojos
de un gran puerto de mar,
reencuentro, caminando, lo infinito
en la humildad.
Aquí marino y prostituta, el viejo
que blasfema, la hembra que disputa,
el dragón que se sienta en la fonda
de frituras,
la alborotada joven enloquecida
de amor,
son todas creaturas de la vida
y del dolor;
en ellas palpita, como en mí, el Señor.

Aquí, entre los humildes, me parece
que mi pensamiento se purifica
donde más ignominiosa es la calle.

 

A mi mujer

Eres como una joven
y blanca gallinita.
Se le encrespan las plumas
al viento, el cuello inclina
para beber, la tierra escarba,
pero al andar tiene tu lento
paso de reina,
y entre la hierba avanza
opulenta y soberbia.
Es superior al macho,
tal y como lo son todas
las hembras de todos
los mansos animales
que nos acercan a Dios.
Si la mirada y mi juicio
no me engañan, tus iguales son ellas,
jamás otra mujer.
Adormeciéndose en el ocaso,
emiten voces semejantes a ésas
tan dulces con que a veces te quejas
de tus males, e ignoras
que hay en tu voz la delicada y triste
música de los gallineros.

Eres como la grávida
ternera,
sin pesadez y libre
todavía, incluso gozosa.
Si la acaricias, dobla
su cuello, donde un rosa
tierno tiñe su carne.
Y si la encuentras
y la oyes mugir, tan lastimero
es su mugido, que arrancas
hierba para dársela.
Así mi don te ofrezco
cuando te siento triste.

Eres como una larga
perra, siempre con tanta
dulzura en los ojos
y fiereza en el pecho.
A tus pies una santa
parece, ardiendo
en su apego indomable,
sin dejar de mirarte
como a su Dios y señor.
Si en casa o por la calle
te sigue, sus cándidos
dientes muestra a quien sólo
acercársete quiera,
y es que de celos
sufre su amor.

Eres como la pávida
coneja. En la estrechez
de la jaula se yergue
al mirarte,
dirigiendo hacia ti
las firmes y altas orejas,
porque achicoria y salvado
le llevas, y si de ellos
la privas, se acurruca
en oscuros rincones.
¿Quién podría quitarle
el alimento?, ¿quién el pelo
que ella misma se arranca
para formar el nido
en el cual parirá?
¿Quién te haría sufrir?

Eres como la golondrina
que vuelve en primavera
y parte en el otoño:
una astucia que ignoras.
De la golondrina tienes
la leve gallardía,
lo que a mí –al ser y sentirme
ya viejo–, me anunciaba otra primavera.

Eres como la hormiga
previsora. De ella le habla
la abuela al niño
que la acompaña
cuando van por el campo.
Y así vuelvo a encontrarte
en la abeja y en todas
las hembras de todos
los mansos animales
que acercan a Dios,
jamás en otra mujer.

 

Ulises

En n mi juventud navegué
todas las costas dálmatas. Islotes
brotaban a ras del agua –donde un raro
y atento pájaro acechaba a su presa–,
cubiertos de babosas algas, bellos
como esmeraldas al sol. Y cuando
la marea y la noche los borraba, naves
a sotavento los rodeaban, prudentes,
huyendo de la insidia. Hoy mi reino
es el reino de nadie. El puerto
enciende para otros su faro; hacia altamar
aún me impulsa el no domado espíritu
y de la vida el doloroso amor.

UMBERTO SABA nació en Trieste en 1883; murió en Goritzia en 1957. Renunció al apellido paterno (Poli) para adoptar el de la madre –abandonada por el marido– como prueba de gratitud y admiración por el pueblo judío (Saba, en hebreo, significa "pan"). Se formó en la Trieste mitteleuropea del imperio austro-húngaro, encrucijada cultural en la que se entreveran elementos serbo-croatas, gitanos, judíos e italianos, en una coexistencia muy difícil. De joven trabajó como mozo en un almacén de provisiones navieras, y en 1908 se enroló como voluntario en un regimiento de infantería emplazado en Salerno. Al volver a Trieste, se dedicó a la compraventa de antigüedades y libros de segunda mano, hasta que pudo abrir un bazar propio en la calle de San Nicoló, "rara tiendita de libros viejos", en la cual se reunían con frecuencia importantes figuras literarias de aquellos tiempos, como Eugenio Montale, Mario Luzi, James Joyce, Slatapper, Italo Svevo, sólo por citar a algunos. En 1946 ganó el premio "Viareggio", en 1951 el "Feltrinelli", y en 1957 el "Marzotto", que compartió con Mario Luzi. Los temas de la poesía sabiana fueron siempre las "cosas ligeras y vagantes", las pequeñas cosas cotidianas que sabía ver y amar como protagonista en el drama que constituye el insobornable amor por la vida. LC

Guillermo Fernández


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