Pliego de poesía

 

Pues ¿acaso son los Atridas los únicos
hombres, de voz articulada, que aman a sus
esposas? Todo hombre bueno y sensato quiere
y cuida a la suya, y yo apreciaba
cordialmente a la mía, aunque la había
adquirido por medio de la lanza.

HOMERO, ILÍADA, CANTO IX.

Del proyecto de la beca otorgada por el Fondo para la Cultura
y las Artes del Estado de México, 2003.

 

Oliverio Arreola

 

NOSTALGIA DE TROYA

 

Límites

«No te prohibo, te limito» —dijo

tu voz un día—. Aquella tarde, Luna,

secretas horas comulgamos y una

sombra —tal vez un sueño— nos maldijo.

 

No es traición, ¡ay!, ni fatuo amor —corrijo—

esta dicha secreta y mía. Alguna

suerte postergada —como ninguna

luz inmaculada— traerá otro hijo

 

entre los dos, en otra noche vaga,

en que ya no nos veamos grises. Hoy,

los Límites crecieron. (Yo no voy,

 

jamás, a detenerte). Nada que haga

podrá salvar el Tiempo. ¿Acaso un mundo,

sepulte en ti, mi Luna, Amor Profundo?

 

Nostalgia de Troya

I

Jugamos siempre

a ser los buenos hijos.

Las rutas buenas,

las mejores veredas

siempre caminamos.

 

Ni lodos, ni afiladas piedras

ni sofocantes polvos… Nada.

Jamás atravesamos.

 

Sobre suaves pastos y canteras,

sobre pulidas piedras

siempre caminamos.

 

Más de uno nos llamó: felices,

«los bienaventurados siempre».

 

¿Qué habrían de saber ellos?

¿A cuánto ascenderá la suma de todo lo ignorado?

 

¡Ay!, sobre estos lechos, me pregunto.

 

II

Y yo diré tu nombre por la infinita tierra.
HOMERO, ODISEA, CANTO XVII.


Hoy te amo aquí

sobre esta cama desvencijada

por el tremor de nuestros cuerpos,

por el peso del amor

y la pasión —me dices—.

 

Otros, nuestros hijos,

cuidados por doncellas

nos esperan allá, en casa.

 

Ellos jugarán. Reirán.

Y fieles a nosotros

—felices— por siempre

ignorarán todo.

 

O quién sabe…

 

III

¡Sarpedón, príncipe de los licios! ¿Qué necesidad
tienes, no estando ejercitado en la guerra, de venir
a temblar?
HOMERO, ILÍADA, CANTO V.


Mas si en esta tarde

aquí me encuentran,

contigo, juntos.

 

Qué tendré de ti.

¿Qué explicación nefasta

me batiría para este duelo?

 

Y nuestros hijos…

¿con qué asombro,

con qué tremor

nos mirarán la cara?

 

IV

Haciendo cuentas

gastamos el amor.

 

Tú —como yo—

tienes quien te espere

allá en casa.

Tiempo hace ya

que nos hemos venido dando al abandono

entre las cuatro paredes de este terrible cuarto.

 

Contadas están las horas,

los goces,

los placeres todos,

y la humedad de tus tobillos.

 

Mas si en este acto, así de pronto

una sorpresa, sin pensar, nos deparara…

 

Nada justificaría éste, nuestro acto

ni el fortuito encuentro que yace

entre los dos en las rodillas.

 

¿Cómo explicar tu vivo vientre,

en mí,

apretado,

tus ingles vacilantes,

sin rubor

y tus mejillas,

y las muecas en tu cara?

 

¿Cómo explicar —si no hay manera—

el franco amor que por las tardes nos deja tiritando,

las hondas cicatrices de mis dientes en tus uñas?

 

¿A cuánto ascenderán los saldos?

 

Y a ellos, nuestros hijos,

¡ay, estas cuentas!, ¡terribles cuentas!

¿Cómo se las iremos a saldar?

 

Deslíos

Iré a ver al hijo querido y me dirá qué
pesar le aflige ahora que no interviene
en las batallas.

HOMERO, ILÍADA, CANTO XVIII.

No me digas más.

 

Si acaso —como dices—

pesara la traición en nuestros hijos,

será mejor no vernos.

 

¡Por Dios, no me lo digas!

 

Otro día —mañana—

nuestros vástagos de ahora

inventarán una mentira,

harán de nosotros suave escarnio,

cuando también ellos, convulsos y acezantes

en alcobas pasajeras,

de ellos tan ajenas,

retozando, exhaustos, moribundos,

cada uno por su lado

lo descubra

a su manera.

 

I


Y cantad con júbilo todos vosotros
los rectos de corazón

SALMOS 32, 11.

Vendrán a ellos.

 

Y entonces les dirán

que de nosotros abjuramos,

que los dejamos sin esperanza

y abandonados al olvido.

 

Que un día, en una tarde de pasión

nos encontraron retozando

y solazados al amor —¡desvergonzados!—,

dijimos todo.

 

II

Y después de tanto amor,

juegas a irte,

los andamios el suelo ya han tocado.

 

Pierdo el paso,

zozobra el río suelto de tu piel enlunarada,

las sábanas blanquísimas de verte se ennegrecen,

la alcoba se demuda ante tus pies.

 

Te vas.

 

¿Qué queda ya de ti?

Una alcoba revuelta, sucia, enmarañada.

 

¿Qué queda ya de mí?

Revueltos saldos de la tarde

y enmohecido amor, joven senil,

entregado a la desazón y al desaliento.

 

III

Y mi corazón ya no quería vivir
ni volver a contemplar la luz del sol.

HOMERO, ODISEA, CANTO X.

Te vas.

 

Podrás pedir que no te nombre,

y que te ahuyente si por la calle

me seduce algún teléfono.

Que sea yo quien se destroce y se emponzoñe

y no vuelva ni a mirar hacia el poniente.

 

Mas me pides —una vez más—

que no te toque

y que me evite las miradas al Pacífico.

 

Y que te olvide.

 

Y que ojalá no sea ésta, la última ocasión,

—con tanto amor, lo dices—, «Triste destino»

en que ya no nos veamos más.

 


IV

Está bien.

No me llames.

Deja descolgado —por si acaso— tu teléfono.

No consultes el buzón,

tampoco acudas al correo.

 

Esta noche, absorto en ti

me vestirán las putas de Reforma

y dejaré unas lágrimas

con las canciones más vulgares.

Los burdeles de Las Lomas

terminarán saciados

y no me cansaré de ti

en todo el resto de la tarde

y ya en la noche, con dos, tres tragos,

escupiré tus tres sílabas extrañas

en las vecinas mesas

y también a aquellos guardias

que callarán tu nombre

en mi boca a puñetazos.

 

Pausas

I

De repente uno besa

otra boca y se enamora.

Y va cambiando mundos como detalles en el cuerpo.

 

Se asoma uno a la ventana y ya no se sabe solo.

 

Se asoma a la ventana y ya no se sabe lo que busca.

Ya no hay luz, no hay paz, tampoco cielo.

Los brazos se acorralan enredados en el cuerpo.

No saben lo que buscan ni lo que hallan.

Uno besa otros labios más sedientos que los propios,

y llora

y se asoma

y no hay nada.


Volver a página principal

Regresar al sumario