Juan María Parent Jacquemin

 

La no-violencia
también es ética

 

Aun cuando no sea aceptado por la Real Academia de la Lengua, es preciso escribir no-violencia con un guión para indicar que este conjunto de dos palabras es el nombre de una filosofía, una filosofía de la verdad, una filosofía de la acción comprometida.

Es necesario distinguir dos facetas para evitar las equivocaciones frecuentes en torno a este modo de abordar la vida y sus problemas. Por una parte, está la exigencia filosófica y, por la otra, la estrategia de la acción.

Desde el punto de vista filosófico, la no-violencia es la búsqueda de un sentido para la vida; como método de acción, es la búsqueda de la eficacia.

Si nos referimos al término utilizado por Gandhi, la no-violencia es el reconocimiento, el dominio y la transferencia del deseo de violencia que se encuentra en el hombre, en cada ser humano y que lo conduce a separar, excluir, eliminar, dañar al otro hombre.

Jean-Marie Müller (2004: 42-44), quien me inspira en esta reflexión, aporta otra traducción del sánscrito que sería "inocencia", la cual tiene el mismo origen etimológico que nocere, en latín, y quiere decir dañar; más profundamente proviene de nex, necis, que significa muerte violenta. Y siguiendo esta etimología, podemos afirmar que el "inocente" es aquel que no se hace culpable de ninguna violencia asesina. En este momento, y para evitar la confusión, debemos referirnos al sentido actual de la palabra inocencia, referido más bien al ignorante o al impotente, y no al hombre virtuoso, que oculta la palabra en su sentido original.

La opción filosófica y moral por la no-violencia ofrece un retorno al sentido genuino de la palabra, creando en el hombre que así se identifica la virtud del hombre fuerte y la sabiduría del hombre sabio.

Podemos referirnos igualmente al sentido de la palabra prudencia, pues sufre el mismo fenómeno. La prudencia es frónesis. "El hombre prudente no es el puramente empírico que vive al día, sin principios, ni perspectivas; es el hombre de la vista de conjunto […] ve la totalidad concreta, el bien total de la comunidad y del individuo" (Aubenque: 1963: 57). Ser responsable de su conciencia es investigar lo que debe hacerse para actuar moralmente; esta tarea es propia de la prudencia en Tomás de Aquino. "El término no puede tomarse en el sentido corriente que tiene en español y que indica la falta de audacia, la circunspección excesiva de un temperamento pusilánime. En su sentido filosófico técnico, designa la aptitud del sujeto para este discernimiento práctico por el cual aplica la ley universal a los casos particulares […] (Vaillant, 1990: 161). La prudencia es, por consiguiente, una capacidad de juicio que realiza una especie de intermediario en la medida en que está orientada a la vez hacia el precepto y la situación, hacia la universalidad del valor y la singularidad del caso concreto (Léonard, 1991: 161-162).

La experiencia de la violencia vivida en uno mismo o en otro hace manifiesto para este testigo que estamos ante la violación de la dignidad del ser humano y en él, de la dignidad de la humanidad. Si logra reflexionar sobre esta experiencia descubre dentro de sí la necesidad de actuar contra esta violencia como demanda interior de su ser "humano". Descubre dentro de sí esta necesidad de la no-violencia; por consiguiente, esta exigencia de no-violencia es anterior a la experiencia de la violencia. La exigencia de no-violencia es superior al deseo de violencia. Müller afirma que es original y se encuentra en el inicio.

La realidad es que el hombre descubre esta situación solamente después de haber hecho la experiencia de la violencia y así toma conciencia de la sinrazón de esta violencia, de su inhumanidad.

Al ser "humana", la persona se hace consciente y se convence que debe actuar porque debe construir la humanidad en sí misma y en los demás, oponiendo un no categórico a toda violencia porque le niega legitimidad.

Tocamos un punto medular de esta reflexión ética. Como lo afirma Ricœur, "el requisito ético más profundo es el de la reciprocidad que instituye al otro como mi semejante y a mí mismo como el semejante del otro" (1989: 100). Instituir, es decir, crear, construir, edificar al otro como un igual a mí. El otro no es un igual a mí sino hasta el momento en que le doy esta significación y lo transformo de un alienus, otro, en un ipse, afirma el mismo autor.

Esta construcción de la humanidad en mí y en el otro solamente podrá darse en un medio no-violento, y de nuevo sólo si nos negamos a la sumisión de la violencia como determinación o necesidad. Finalmente, es negar nuestra libertad como ser humano. Somos capaces de romper las leyes del determinismo y libertarnos de la fatalidad a fin de alcanzar nuestra verdadera razón.

El hombre o la mujer que descubre la violencia escondida dentro de sí o fuera de sí es una persona que se extraña de esta situación y opta por la no-violencia porque ha sido herido por este descubrimiento. Las imágenes de esta violencia que vienen a su mente le parecen insoportables e inaceptables, si nos referimos a la humanidad de quien hace esta experiencia. Pueden llevarlo a la rebelión contra la violencia, en todas sus manifestaciones, cuando ésta conduce al asesinato y es parte de esta espiral de la que es difícil salir.

Se ha criticado la forma negativa del término no-violencia: debería buscarse un vocablo positivo. Sin embargo, después de reflexionar, como lo hace Müller, sobre el sentido profundo del descubrimiento de la violencia, podemos no sólo aceptar sino promover este término porque su misma negación deslegitima la violencia. Es la negación de todos los procesos de justificación que hacen de la violencia un derecho del hombre. Afirmémoslo una vez más: no tenemos derecho a la violencia.

Adentrémonos. En su negación, la no-violencia no quiere ser simplemente una negación de la violencia, sino que establece una relación de oposición a la violencia. La simple negación es frecuente; la mayoría de los seres humanos adoptarían sin dificultad esta negación: no quiero la violencia. Aquí vamos más lejos: la oposición real a la violencia significa que quien adopta esta filosofía se opone a ella buscando sus causas, su alcance, sus consecuencias. Implica una acción que será precisamente la segunda fase de este análisis del concepto de no-violencia. La negación es una negación de resistencia.

La base universal de esta posición se encuentra en el mandamiento "No matarás", que expresa una conciencia razonable. Esta prohibición es universal porque el deseo del asesinato nos es propio. Todos tenemos en algún momento el deseo de matar; siempre es posible que nos atraiga el impulso de muerte. Es el aspecto negativo de nuestro respeto a nuestra humanidad y a la humanidad de los que nos rodean; también es la inhumanidad de que somos capaces. El bien y el mal no se encuentran dentro o fuera de nosotros, sino que la línea divisoria entre estas dos facetas de nuestro ser nos parte por la mitad. Es prudente reconocer este otro impulso hacia el mal que reside en nosotros.

La no-violencia es negativa porque demanda del hombre desarmar esta tendencia asesina; es desarmar los afectos negativos, los deseos necrófilos, los sentimientos de destrucción y hasta su inteligencia para que elimine este seudoderecho a la muerte; deberá desarmar sus brazos para no caer en la maldad que destruye al otro, y así alcanzar la libertad de demostrar su benevolencia.

Antes que un método de acción social, la no-violencia es primeramente una actitud en la que debemos educarnos y adiestrarnos; demanda una conversión hasta las raíces del mal profundamente ancladas en nuestro ser.

Es la actitud del que, al haber descubierto la inhumanidad de la violencia, decide negarse a la sumisión a la ley de la violencia porque quiere salvar la humanidad que está en él como está en el otro. Actitud espiritual y moral manifiesta en la resistencia a la violencia. Esta convicción nace del descubrimiento de que una violencia atrae a otra violencia. Es una espiral, decía monseñor Helder Cámara, Obispo de Recife, Brasil. La no-violencia quiere romper este sistema.

Notemos que existe la contra-violencia, la cual mantiene la violencia viva porque recurre a los mismos mecanismos que queremos desmontar. No es posible aceptarla como acción contra la violencia. Optar por la no-violencia es elegir no reaccionar con violencia ante la violencia sufrida. Es decidir actuar para interrumpir la cadena de venganzas y desquites. Esta elección es libre y nace de las convicciones ya manifiestas y que demandan una nueva educación opuesta a las enseñanzas del medio social en que nos desenvolvemos.

Una vez que la violencia ha perdido su ímpetu, y ha sido negada y rechazada por el no-violento, empieza la acción positiva expresada en la benevolencia y la bondad para con el otro.

Nos acercamos así a las virtudes fundamentales enseñadas por la filosofía: el valor y la sabiduría. La no-violencia se impone desde dentro al hombre que se descubre violento y le crea la posibilidad de ser bueno. Nos introducimos así en los más altos valores, la fuente de la humanidad que encarno en mi modo de existir.

Y como lo decía Cristo: amar a los que me aman no presenta mucha dificultad; amar a mis enemigos es mucho más valioso. Del mismo modo, la no-violencia se aplica más bien a los enemigos, los violentos. La no-violencia es una puerta abierta hacia el respeto y la compasión, tema tan caro al Dalai Lama, figura excelsa de la no-violencia.

Llamados como lo estamos a la trascendencia por nuestra dimensión espiritual, encontramos aquí un camino hacia ella. Trascender es ir más allá; y en este caso, más allá de las limitaciones que sufrimos al ser violentos o tentados a actuar violentamente. La trascendencia está en la bondad y en el amor.

Una vez introyectadas en nosotros, estas convicciones nos conducen a la acción.

Pero si la exigencia espiritual de la no-violencia es universal porque nace de la humanidad del hombre, no es así con la acción política de la no-violencia. Esta acción es siempre relativa y ambigua. La exigencia interna no nos indica con claridad cuáles son los cauces de la acción; cómo actuar concretamente dada la relatividad del lugar y del tiempo. Nunca alcanzamos la certeza de la calidad de la acción, ni de las consecuencias que provendrán de ella. La situación concreta no impone de manera evidente el quehacer propio. Cada acción es una experiencia o una experimentación, y de los resultados aleatorios y contingentes aprenderemos para inventar cada vez de nuevo, sin tener jamás la certeza de haber encontrado el mejor método. La acción no-violenta es una lección de humildad. LC

Bibliografía

Aubenque, Pierre (1963), La prudence, chez Aristote, París, PUF.
Léonard, André (1991), Le fondement de la morale; essai d'éthique philosophique, París, Le Cerf.
Müller, Jean-Marie (2004), "Non-violence, philosophie et stratégie", en Alternatives non-violentes, 3er trim.
Ricœur, Paul (1989), "Approches de la personne", Approches, París, CDR, 4º trim.
Vaillant, François (1990), La no-violence; essai de morale fondamentale, París, Le Cerf.


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