Javier España

 

30 años de poesía reunida de Raúl Cáceres Carenzo

 

Hace apenas veinte años conocí a Raúl Cáceres Carenzo, y en este tiempo hemos visto forjarse una amistad, basada en la complicidad de la ironía, de la cual es un eficaz maestro, para mí y otros compañeros de mi generación, donde necesariamente tenemos que incluir a Jorge Pech Casanova, fiel discípulo de Raúl en esto de utilizar los filos más finos para las disecciones diarias de la torpeza y la simulación. Jorge Pech, en su texto "Conjuros contra la adversidad" dice sobre una de las condiciones de la poesía de Cáceres Carenzo:

En esencia, la sátira es conjuro contra la adversidad. Una magia contra la ponzoña de los malvados y de los enemigos injustificados. Un encantamiento que mitiga y aun corrige la estupidez, la ignorancia y la fatuidad, esas formas del mal. Al menos, la sátira es un bálsamo contra toda época de penuria provocada por errores humanos. Cuando una ineptocracia precipita a la inerme comunidad hacia el caos, la miseria y el desamparo; cuando un tirano oprime, suprime y ensangrienta al pueblo que lo alimenta; cuando un juez prevarica con su cargo y tuerce la ley que debiera aplicar; cuando un explotador agosta la santidad del trabajo y paga con hambre y esclavitud a quienes debiera privilegiar; cuando un cerebro ruin transmite necedad y letargo en la conciencia popular, la sátira estalla como un remedio para lo inmundo, lo que atenta contra el mundo recio que alienta en cada uno y su entorno.

Para quienes tenemos la suerte de conocer a Raúl Cáceres Carenzo desde hace varias décadas, sabemos que su edad literaria suele cumplirse todos los días. Nadie ha sido más coherente con su visión de la vida que Raúl Cáceres. Su misión trazada hacia un horizonte de sentencias mordaces -casi siempre- vuelve a prolongarse hasta el sentido de su propio infinito. La voz de Raúl ha tenido la certeza de lograrse en todos sus tonos existenciales posibles: ha sido y sigue siendo el hombre lúcido que con la palabra enfrenta a la realidad y todos sus rostros.

Seguramente su infancia tiene encantos que recordar no quiere y que como buen ciudadano del infierno estético, se pregunta a cada instante: ¿Ha muerto la poesía? Para mí no. Quisiera / que en mis cantos el hombre toque su rostro: encuentre / la vida que ha vivido, el rumor de esta era, / la claridad del sueño: puerta del Ser, y que entre.

El primer libro que leí de Raúl fue su excelente poemario Para decir la noche, publicado por la UNAM en 1973. Desde su poema "Carta a la hermana", que libra la sensibilería y todo artificio declamatorio, puede encontrarse al poeta que es capaz de viajar, sin puentes falsos, de un lado a otro de lo humano. En ese mismo libro aparece el poema "Biografía de mi nombre", el cual tuve oportunidad de reseñar en una lectura pública, también hace algunos años. Reproduzco parte de ella: El fin de un poema es ser infinito, trascendental a un tiempo "de nosotros", traducirse, a través del lenguaje poético, en emoción visceral o intelectual. "Biografía de mi nombre" es un poema vasto, no sólo en su aspecto formal, sino también en el conceptual. Es un texto ambicioso que plantea en todo su discurso una realidad que puede parecer distante, pero que es definitiva. Arthur Rimbaud señala: "La literatura será realista, pero deberá renovar por el lenguaje la expresión de la realidad". Y esta premisa de recrear es parte de su arte poética, del paradigma del autor.

En la conformación de nuestra circunstancia personal no puede separarse el entorno que nos toca vivir, y esto se manifiesta en la poesía de Raúl. De ahí el sarcasmo, la diatriba justa contra los que pretenden protagonizar nuestras vidas interiores con la desfachatez de la ignorancia y de los equívocos valores del momento, del discursillo moralino dictado desde el crepé y las botas lustradas.

En Sueña el mar que es fuego, libro publicado en 1981, su poesía da testimonio del mundo sensible que el poeta intelectualiza en su matiz de desaliento y reclamo: Todas las noches vimos las miradas / y al fuego como al polvo / crecer llenar la noche / de hogueras y desastres.

Al poeta le toca ser más que el testigo de su propia vida, de su dicha o su desgracia, sobre todo cuando puede ver a través de los demás y ser la voz plural de una especie que ha roto los espejos para no reencontrarse con su esencial condición de existir: No nos queda otra cosa: / Hay que decir el fuego / y hay que arder. / Dime: ¡ya basta! / porque conozco poco / y necesito / transportar con mi cuerpo / tus palabras.

Esta declaración de un fuego que condena y que salva, al mismo tiempo, es la ineludible dualidad del fenómeno creador, donde la pasión de ser se traduce en la voz del poeta. El autor escribe: Este fuego alumbra en la memoria colectiva. Para aclarar la humanidad nuestra de cada noche. La palabra del poeta nos revela épica la aventura cotidiana.

Creo que la actividad de la poesía consiste en afirmar la vida como el único bien: en entrañarle verdad y significado La poesía sostiene a las cosas cuando la luz las desampara

Pero este dominio de las formas va más allá de la formación común de un poeta coloquial o cotidiano, es decir, nunca Raúl se separa de la tradición poética de nuestra lengua, reconociendo, así, esta tradición como parte integradora de su propia voz. El conocimiento de las formas tradicionales del verso medido y rimado, lo hace crear sonetos, odas y diferentes estructuras de la poesía hispana; sin embargo, su signo es distinto al convencionalismo de los poetas que no arriesgan, que su gestoría de asombro se reduce a la emoción inmediata y se proclaman apóstoles de "la verdadera poesía", pero más que nada por su incapacidad de trascender el texto poético a la dimensión más infinita que el lector no subestimado pueda y quiera darle. Este poeta, Raúl Cáceres, el nuestro, es aquel que traduce desde las voces universales las preocupaciones auténticas que han sido recogidas por los poetas verdaderos, por los poetas.

En este peregrinar, donde no se reconoce ya el punto de partida, ni el punto del regreso, poemarios como La flama del tiempo (1989), Secreto a voces (1993), se "incorporan" en su más estricto sentido etimológico, se hacen cuerpo, para pertenecer a la identidad del poeta, al hombre que desencadena los mitos del origen y del eterno retorno, como absoluta travesía que va descubriendo cada uno de los nombres de las cosas, del universo humano.

Pero el asombro, el real, aún no se termina, cuando surge Acinacal: La canica (1996), y el lector de Raúl Cáceres Carenzo descubre de nuevo su visión sin tiempo, la temperancia de un oficiante del lenguaje que rinde culto a la palabra como fundadora del Ser, de la existencia.

Posteriormente, Raúl publica su poemario El sarcastiricón (2001), a través del Instituto Quintanarroense de Cultura, donde el poeta parece subrayar el común denominador de su poesía toda: la presencia lúdica como una intencionalidad determinante de su obra de varias décadas.

Una vez más, el IQC en coedición con la editorial mexiquense Norte / Sur y el Ayuntamiento de Toluca, publican este imprescindible libro Para decir la noche y el día, que recoge todas estas publicaciones que se han mencionado, así como poemas que han aparecido como colaboraciones dispersas y que no habían sido reunidas en ningún libro. Bienvenida y celebrada será esta poesía reunida por todo lector que se interese por los altos valores de nuestra literatura regional, nacional y, desde luego, hispanoamericana. LC

Para decir la noche y el día (poesía reunida 1972-2002), Raúl Cáceres Carenzo, México, Norte/Sur, Instituto Quintanarroense de Cultura, H. Ayuntamiento de Toluca, 2004, 353 pp.


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