Maricruz Castro Ricalde

 

Hibridismo y otredad en Nadie me verá llorar de Cristina Rivera Garza

 

Nómada de alguna manera como su protagonista más conocida, Matilda Burgos, la escritora Cristina Rivera Garza es oriunda de Tamaulipas, pero ha sido vecina de Toluca, la ciudad de México, Houston y San Diego, en distintos periodos de su vida. Su vocación literaria se manifestó con claridad desde la adolescencia y fue cosechando satisfacciones desde ese momento, al ver publicados sus primeros textos, recibir a los veinte años la beca Salvador Novo y luego ir acopiando reconocimientos. Por ejemplo, en 1987, con el volumen de relatos La guerra no importa, obtuvo el Premio Nacional de Cuento; con su primera novela, Desconocer, fue finalista del Premio Juan Rulfo en 1994. Sin embargo, con Nadie me verá llorar ha obtenido el aplauso unánime de la crítica, encabezada por el asentimiento público de Carlos Fuentes, y galardones como el Nacional de Novela José Rubén Romero y el Sor Juana Inés de la Cruz.

Publicada originalmente en la colección "La flauta mágica", en una coedición de Tusquets Editores y Conaculta, en 1999, lo fue de nuevo en solitario por Tusquets México que la ha reeditado tres veces. Ha sido traducida al inglés y, en el 2003, fue reeditada para el público europeo y de habla hispana en la prestigiada colección "Andanzas", de la editorial Tusquets. Esto habla de la buena acogida de los lectores, quienes pudieron haber confiado en el juicio de Carlos Fuentes ("Una auténtica revelación de las letras hispánicas") o en el más reciente de Jorge Volpi, quien la declaró su escritora favorita.

En Nadie me verá llorar se aborda de manera frontal un campo temático que aparece también en su hermoso poemario La más mía y en su novela La cresta de Ilión: la enfermedad, la locura y la muerte. La acción se sitúa en las primeras décadas del siglo XX y a través de la narración, el lector se sumerge en la vida de todos los días de la ciudad de México, cuando Mixcoac, Tacubaya y San Ángel eran villas; Santa María de la Ribera una colonia de la clase media alta; el Bosque de Chapultepec era el límite oriental de la ciudad, y la capital del país apenas tenía 368, 898 habitantes.

En esta obra, Cristina también opta por recurrir a una de sus estrategias favoritas: convertir sus escritos en híbridos textuales. El origen de Nadie me verá llorar es la tesis doctoral de la autora. Aun cuando en la obra literaria es evidente la profusión de detalles propios de una investigación acuciosa alrededor de La Castañeda, el manicomio que es uno de los escenarios del relato, los hay también sobre Papantla y un paseo por el Tajín, desde el momento en el que los totonacas arribaron a la zona. Por su lado, de la mano del ingeniero de ficción Paul Kamàck viajaremos hasta San Luis Potosí y viviremos el esplendor y la decadencia de Real de Catorce. Sus personajes son habilidosos aprendices de historiador, pues el ansia de conocer más sobre las personas o los lugares que aman los hace pasar mañanas enteras leyendo expedientes, libros, artículos y desempolvando mapas, lo mismo en la Sociedad Mexicana de Historia Natural que en la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística o en la Biblioteca Nacional.

Pero éste, sin lugar a dudas, no es un texto de historia. En él, las referencias que se corresponden a un pasado real, nombres, lugares, fechas o acontecimientos, se subordinan a una trama y, sobre todo, a la poeticidad del lenguaje que anida en cada uno de los destinos de los individuos que pueblan el relato. Por ejemplo, cuando Matilda le cuenta a Joaquín una historia que él ya casi conoce del todo, se la refiere de la siguiente manera:

La vainilla es una orquídea, ¿lo sabía? Xanat. Yo he hablado con ella, conozco todos los secretos de sus vainas. Su voz es de mujer. Sólo de olerla, aún de lejos, puedo distinguir si es cimarrona, mestiza, mansa o de tarro. […] La vainilla, aunque se alimenta de su raíz, necesita, como las mujeres, de un árbol sostén para enredarse en él y no morir. (66-67)

O bien, cuando cuenta la vida en el desierto potosino, la autora opta por desacompasar la narración, a través de la alternancia de oraciones largas y cortas, simulando el jadeo de la respiración, las largas aspiraciones que intentan nutrirse del aire escaso del lugar. Este vaivén se interrumpe, cuando muerta la esperanza, Paul Kamàck le anuncia:

–Me voy a matar, Matilda.

Cuando lo ve incorporarse de la silla, ella se queda sentada. Después, la figura masculina cruza el umbral de la puerta y, desde allí, la mujer ve cómo su cuerpo avanza y se empequeñece en la distancia. Más tarde sólo puede avizorar su sombrero tras las lomas y luego ya no ve nada. El cielo sobre Catorce es azul cobalto. Cuando escucha los ecos lejanos de la explosión hay tres estrellas sobre su cabeza. Detrás, donde no puede verla, la circunferencia de la luna llena es anaranjada. (208)

Las cuatro últimas oraciones de este párrafo se asemejan por la brevedad de su extensión y, junto con el ritmo impreso en ellas, actúan como elementos de apoyo al aturdimiento de Matilda quien, de pronto, debe volver a asumir su soledad, su otredad, su diferencia.

El hibridismo del texto de Rivera Garza también se trasluce en los múltiples testimonios incluidos en la novela. Son fragmentos de los estudios psico-patológicos de los reclusos de La Castañeda que, dentro de su autenticidad (presumiblemente la autora modificó nombres, pero conservó los datos esenciales), revelan lo anunciado en el epígrafe de Antonio Porchia que abre el primer capítulo: "Vemos por algo que nos ilumina; por algo que no vemos." Nadie me verá llorar permite ver aquello que, a fuerza de estar ahí, deja de percibirse. Así, la cientificidad del discurso médico oculta lo insinuado por Cristina: la fusión de la normatividad social con la biología. De ahí que los diagnósticos de locura estén ligados con la moralidad de la época. O bien, que no haya una división real entre el loco, el alcohólico, el drogadicto y el anarquista, por citar algunos casos.

Dividida en ocho capítulos, la novela arranca en el intento de Joaquín Buitrago por recordar en dónde vio por primera vez a Matilda Burgos, y con los ires y venires en el tiempo, el lector conoce el trágico devenir de cada uno de los personajes. En ella permea un tono trágico y dulce, que permite centrar la mirada en quienes suelen permanecer en los márgenes. Así, la prostituta no es la víctima que se ha arrojado en los brazos de la concupiscencia, al estilo de Santa de Federico Gamboa, una novela parodiada repetidamente en Nadie me verá llorar, sino una mujer que por distintas circunstancias ejerce ese oficio e intenta construir su propio destino. Nadie me verá llorar permite escuchar la voz de personajes extraños en relación con lo que se considera "normalidad", y por eso cambia, capítulo a capítulo, tanto la mirada del narrador como los recursos narrativos. Ese movimiento dota al texto de un sentido subversivo, a contracorriente, como el título mismo de la novela, y la convierte en una pieza rara, en un delicioso y extraño artefacto literario. LC

Nadie me verá llorar, Cristina Rivera Garza, Barcelona, Tusquets (Colección Andanzas), 2003.


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